Un día, un nombre: ¡El rey Manrique!

Un día, un nombre: ¡El rey Manrique!
Fecha de publicación: 
16 Julio 2015
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Es pequeño. La seriedad impresiona y sus nervios parecen operados para resistir las mayores tensiones. Es gimnasta. La alta calidad de sus ejecuciones busca siempre aplausos y medallas. Es rey. Se llama Manrique Larduet y es santiaguero, cubano. Llegó hasta Toronto hace solo unos días y regresa de allí con medallas, reconocimientos, pero sobre todo con el cariño de miles de personas que lo vieron ganar más veces que lo dicho por los jueces.

 

Pero podemos hacer la historia más rica en acontecimientos. Al rey Manrique todos querían saludarlo sin apenas competir. Desde el primer día impuso su maestría sin arrogancia ni falsas promesas. Sus rivales le adjudicaron por adelantado el título de máximo acumulador, y a la hora de la verdad terminó con plata por la apreciación veleidosa de quienes califican, aunque el propio campeón, Samuel Mikulak, le regaló una frase inolvidable: «tú eres el rey».

 

Luego vendría la pelea por cada aparato, menos el caballo con arzones, ese que aún se le resiste a una máxima puntuación, pero que lo logrará algún día. Otra vez disertó, otra vez la complejidad de su selección impresionó, otra vez la simpatía de los espectadores se la robó el heredero de otro gran rey de la gimnasia cubana y de América, Erick López.

 

Sin embargo, solo un oro en caballo de salto, una plata en barras paralelas y un bronce en anillas le dejaron recibir los que califican. ¿Acaso debía recibir semejante castigo: cuarto lugar en manos libres y barra fija, el más espectacular de los gimnastas en competencia? ¿Perdió credibilidad el rey Manrique o el arbitraje del evento, con puntuaciones alejadas de lo que sucedió en el escenario de competencia?

 

Luego del último evento, las cámaras de la televisión no pudieron evitarlo. Lo siguieron desde el abrazo con su entrenador, Carlos Gil, hasta que se sentó en el piso para firmar autógrafos a los niños canadienses que corrían detrás del verdadero rey de la gimnasia en los XVII Juegos Panamericanos, los primeros en que impuso su sello, sus condiciones físicas y técnicas, su sencilla manera de triunfar, a pesar de los obstáculos.

 

En cada una de sus declaraciones nunca demostró la impotencia por una calificación inmerecida, tampoco se justificó por algo que pudo haber salido mejor. Fue directo, claro y sin rodeos. «Estoy contento con lo alcanzado y se lo dedico a mi familia y a mi pueblo, que tanto estaba esperando el renacer de la gimnasia, pues no se ganaba un título desde el 2003».

 

Ahí creció, saltó, brilló más su condición de rey. Nadie reparó entonces que desde los nueve años practica un deporte que exigió dejar su natal Santiago de Cuba para anclar horas, semanas, meses y años en La Habana. Nadie le preguntó por esa escuela de gimnasia que lo vio formarse y ganar en las categorías escolares, juveniles y de mayores. Nadie lo pudo ver llorar de rabia por los oros escamoteados ahora (al menos dos).

 

Al gimnasta, al rey Manrique, le debía una crónica desde hace mucho tiempo, y quizás la inspiración de estas líneas llevan también ese orgullo de ser cubano, de volver a ver en la élite del continente y del mundo a un compatriota, como antes estuvieron Erick López, Casimiro Suárez, Roberto León Richard, Jorge Cuervo, Félix Aguilera, Charles León, y otros tantos que también fueron reyes.

 

De regreso a casa, volverá a abrazar a sus padres y amigos. No faltará ahora quien lo reconozca en las calles y vuelva a pedirle un autógrafo. Así es el camino de los reyes cuando se pretende dar luz, solo luz, a través de los hechos y también de los sentimientos. ¡Viva el rey Manrique!

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