MARZO: Mujeres en la literatura

Entre los logros del feminismo por la equidad tenemos que investigar y debatir sobre la presencia histórica de las mujeres, e impulsar el conocimiento sobre aquellas silenciadas.
Fuente:
CubaSí

Una revisión del panorama literario nos indica que en esta manifestación del arte también las mujeres fueron censuradas. Si estudiamos encontraremos milenios de creación femenina silenciadas y podremos entender las grietas que el feminismo abrió. Todo responde a un sistema diseñado para excluir no por falta de talento sino de modo ex profeso por un entramado de prohibiciones, prejuicios y mecanismos de omisión que operaban en todos los niveles. El fenómeno no fue accidental sino estructural.

En primer lugar, para que el propósito fuera efectivo debía estar pensado de manera global, desde los cimientos. Por eso prohibir el aprendizaje fue fundamental porque ya sabemos que el conocimiento abre horizontes y eso es lo que no se quería.

En el mundo de la literatura se fomentaba el prejuicio de la incapacidad erudita entorno a las mujeres. Se pretendía asegurar sus carencias intelectuales únicamente por el género y en una segunda fase, cuando ya un poco podían expresar su destreza, se consideraba digno de mujer otras tendencias "más nobles", "menos profundas" como las cartas, los diarios y la poesía ligera, jamás en filosofía, épica o tragedia.

Por eso, cuando alguna se dignaba a escribir novelas serias o ensayos, sus obras recibían condescendencia o directamente eran ignoradas, guardadas en una gaveta para siempre, incluso rotas y quemadas. Un ejemplo ilustrativo es el caso de las hermanas Brontë (Reino Unido, s. XIX), quienes publicaron con seudónimos masculinos (hermanos Bell) para ser tomadas en serio, y ya vemos que el éxito de sus libros se ha mantenido por casi dos siglos, aunque cuando revelaron sus identidades cambió el tono de la crítica literaria y casi de inmediato lo que se consideraba genialidad pasó a ser una categoría menor con el cartelito de "femenino", como "suavecito".

Como ellas muchas fueron empujadas a esconderse de una sociedad patriarcal y sus identidades prestadas permitieron que la literatura femenina sobreviviera y floreciera en la clandestinidad.

Mary Ann Evans (Reino Unido, 1819-1880) fue George Eliot aun teniendo prestigio intelectual, pues con tal nombre quiso salirse del exclusivo marco romántico y superficial. Le sucedió justo como a las Brontë luego de descubrir su nombre la crítica fue modificada de elogiosa a negativa. Otro caso, Amantine Dupin (Francia, 1804-1876) se llamó George Sand y fue transgresora para la sociedad decimonónica por su valentía y pensamiento, también por su manera no convencional para vestir.

La lista es extendida, Cecilia Böhl de Faber (Suiza, 1796-1877) fue Fernán Caballero, Sidonie-Gabrielle Colette (Francia, 1873-1954) publicaba con el nombre de su esposo Henry Gauthier-Villars; mientras la autora de la famosa novela Mujercitas (1868), Louisa May Alcott, firmó como A. M. Barnard numerosos relatos de suspenso, historias góticas y novelas de terror.

Este fenómeno continuó durante el siglo XX y con menor fuerza en la actualidad todavía es un recurso utilizado, los motivos son de variable naturaleza. La célebre escritora Joanne Rowling (Reino Unido, 1965) conocida por la saga de Harry Potter eligió publicar desde la ambigüedad como J. K. Rowling y también fue Robert Galbraith.

Los prejuicios y el machismo, por un lado, y la maldad por el otro, es lo único que justifica el secuestro de la autoría. No pocas mujeres debieron acudir a esa estrategia de forma voluntaria y firmar su trabajo como varón para evitar el sesgo y tener el mismo tratamiento y privilegio. Tal es el caso también de la española María de la O Lejárraga García (1874-1974), quien durante décadas optó por la identidad de su esposo, Gregorio Martínez Sierra (España, 1881-1947).

No obstante de decidir un nombre falso, el caso de Lejárraga es interesante por sus ideas progresistas y el contenido feminista de sus textos que, para la época, no era complaciente del todo. La escritora le dedicó tiempo a la presencia de las mujeres en la sociedad, sobre todo a la libertad sexual y social, la maternidad, entre otros aspectos que hablaban de nuestros derechos.

Además de las limitaciones para recibir formación profesional, también las mujeres carecían falta de redes y mecenazgo, pues no tenían entonces acceso a esos circuitos y nadie quería patrocinarlas. Tampoco eran bien recibidas en las tertulias de literatura donde se dialogaba y eran debatidas obras, un ejercicio enriquecedor para un escritor.

Se suponía que la mujer se debía a su hogar, a la familia y la maternidad. La carga del cuidado y la gestión de todo ocupaba la mayor parte del tiempo y también la energía, por eso era doblemente difícil que tuvieran el impulso, aun teniendo talento.

En este sentido el feminismo ha sido instrumento fundamental para desmontar el entramado machista de exclusiones. Ha sido un proceso extendido, demasiado lento y no de forma lineal ni completo, como ocurre con cualquier cambio de mentalidad, pero sus logros son innegables. El primer ejemplo es que con los primeros movimientos por los derechos de las mujeres y el sufragismo, se amplió el acceso a educación superior y academias, además del voto, que empoderó.

A regañadientes el mundo se resignó al ímpetu femenino de querer superarse, expresar inquietudes y demostrar capacidades, a menudo con suspicacia y malicia viril, desde entornos separados y sin acceso libre en su totalidad, pero las mujeres empezaron a ocupar espacios hasta entonces vedados.

Y ocurrió un boom, una revolución de escritoras con obras de valor para todos los gustos. El camino ha sido de siglos de resistencia, primero silenciosa, luego a gritos, pero ahí están los resultados. A la par fueron creados proyectos de recuperación para reeditar textos con sus nombres verdaderos y sacar a la luz a sus autoras que se vieron forzadas a suprimir sus identidades. Además, el feminismo puso el foco en la visibilización masiva y la denuncia de estructuras que siguen operando en favor de los hombres; y a su vez en el debate público sobre los criterios de las instituciones, los premios literarios y los planes de estudios.

Aunque insuficiente, el avance es real y los datos muestran una mejora sustancial en este campo porque para las mujeres la brecha se redujo notablemente. Sin embargo, la persistencia del dominio masculino es muy fuerte desde la propia docencia pues la historia de la literatura que se enseña quizás sea la misma de hace décadas, con mayor presencia varonil hasta cuando se enseñan épocas en las que ya destacaban mujeres escritoras. De modo que el problema no es solo el uso de nombres falsos sino que en el imaginario popular se cree que solo ahora es que hay gran cantidad de literatas.

La literatura no la hicieron los hombres y el peso del canon llega a nuestros días. De hecho, desde muy temprano en la humanidad ya existían escritoras. El caso de Enheduanna (Imperio acadio, 2285-2250 a. C.) es paradigmático porque es considerada la primera escritora de la historia y aunque vivió hace miles de años, firmaba sus textos. No obstante poco se habla de ella y es desconocida para la mayoría.

Asimismo, los estudios de recepción demuestran que las mujeres siguen siendo leídas con un sesgo de género. La crítica es diferencial y con frecuencia las califica con adjetivos asumidos como menores, con falta de peso. ¿Cuántas veces no ha escuchado "sensibilidad femenina", "literatura doméstica"? Y mientras lo que para un hombre es "visión trágica de la existencia" para una mujer es "melancolía". Piense.

El feminismo ha logrado que el mundo avance en el camino por la equidad, que podamos, incluso, plantearnos estas cuestiones, investigar y debatir sobre la presencia histórica de las mujeres, e impulsar el conocimiento sobre aquellas silenciadas porque escritoras hubo en todas las épocas a pesar de los lastres, los prejuicios y la eterna lucha de demostrar valor.

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