MARZO: Mujeres en el arte

En la historia del arte hay mujeres pintoras que sufrieron censura y discriminación, aquí, tres ejemplos. Recuperar a las silenciadas no es un simple ejercicio de corrección, es contar bien la historia, es justicia.
Fuente:
CubaSí

Estamos en marzo, momento que aprovechamos para exponer una serie de textos sobre las mujeres desde diversas aristas. Comenzamos por su presencia en las artes plásticas porque la historia del arte, escrita desde el inicio por hombres y para disfrute del público masculino, ha promovido una de las violencias simbólicas más efectivas al borrar el rastro femenino o inducir que las mismas mujeres opten por esconder su identidad para que su obra pueda ser apreciada.

Pensemos, por ejemplo, en el arte del Renacimiento. ¿Quiénes son los creadores que acuden a nuestras mentes? Con seguridad en primer lugar aparecen nombres como Leonardo, Miguel Ángel, Rafael o Caravaggio. Los más famosos genios de la época por sus indiscutibles trayectorias y porque en la actualidad sus piezas adornan los principales libros del mundo, las paredes de los museos y el imaginario colectivo.

Son esos y a una inmensa lista de artistas varones a quienes primero estudiamos. Es más, si hacemos un ejercicio rápido y nos preguntamos ¿cuántas pintoras de esa época podemos nombrar? Sin estrujarnos mucho la memoria ¿realmente cuántas conocemos, una, dos, alguna? Quizás ninguna, y así sucede con otros períodos y otras materias porque siempre la humanidad ha estado bajo la mira varonil y han sido los hombres los encargados de casi todo, de contar la historia, de decidir qué se dice o escribe, y por tanto para ello no solo a veces censuró, también castigó a la mujer por sus habilidades, engavetó legados al punto de la desaparición.

Es sospechoso, por eso deberíamos cuestionar si es real esa inexistencia en las distintas áreas de la vida porque la ausencia no es posible, no es real. Hoy, gracias a tener mayor acceso a la información, podemos comprobar que no solo las mujeres sí pintaron también desde el inicio de la historia del arte, sino que lo hicieron con maestría y sensibilidad, y por tanto fueron incómodas y minusvaloradas por sus contemporáneos.

Es cierto que no fueron muchísimas porque estamos hablando de un mundo de dominación masculina en el cual no era fácil destacar, no solo por el riesgo a la ignominia y el silencio posterior, sino por la falta de valor para atreverse a seguir el impulso pictórico. Pocas lo hicieron, la mayoría reprimió sus habilidades para seguir con sus papeles de doncellas-floreros, casamenteras, madres de familia, amas de casa sin actividad fuera del hogar.

Afortunadamente alguna huella quedó y burló la supresión o constante minimización, pero ¿a qué precio? Al mutismo porque muchas de las obras que no fueron confinadas al olvido en su momento fueron atribuidas a identidades de varones o de talleres sin nombre.

Sin embargo, hoy hablaremos de tres mujeres que pudieron abrirse camino contra toda prohibición, aunque no del todo y tampoco tan sencillo. En primer lugar tenemos a Sofonisba Anguissola (Italia, 1532-1625), una artista singular que destacó en el siglo XVI, fundamentalmente como retratista, en un momento conocido por la exclusión de las mujeres del estudio académico.

Fue gracias a su ascendencia noble en una familia progresista interesada en el aprendizaje de sus hijos que pudo recibir educación en artes y perfeccionar su vocación con maestros de altura, incluso coincidir con el gran Miguel Ángel (Italia, 1475-1564) de quien, dicen, quedó prendado con sus facultades.

Desde muy temprano en su juventud ya era bastante conocida en los circuitos del arte, y quizás fue de las primeras pintoras del Renacimiento, no obstante, no vivió de ello. Su especialidad fue el retrato en ambiente familiar, cotidiano y con matices cándidos y suaves. Sus escenas llaman la atención porque para esa etapa lo más digno de pintar era lo mitológico o religioso.

Tal vez lo más rimbombante de su vida es el vínculo con la corte del español Felipe II, de quien se conserva el siguiente retrato, asociado, en principio, a Alonso Sánchez Coello, el verdadero pintor de la cámara.
 

Sofonisba ya tenía prestigio en el arte cuando por varios años fue dama de honor de la Reina consorte Isabel de Valois, primero, y luego en otras funciones, mientras realizó numerosas pinturas de los integrantes del séquito, siempre sin firmarlas, lo cual contribuyó a que su obra estuviera dispersa sin su identidad real.

En la actualidad se conocen muchos de sus cuadros expuestos en museos europeos de renombre y todavía otros discuten su autoría, pero indudable es su habilidad. A pesar del inmenso recorrido de Sofonisba, podemos preguntar y pocos mencionarán a esta mujer porque le tocó vivir un tiempo en el que las mujeres no podían destacar en labores, usualmente, vinculadas a los hombres. Pero ahí está y su legado existe, sirvió de inspiración para muchísimas artistas.

Si Sofonisba es conocida como la primera gran dama del retrato, Lavinia Fontana (Italia, 1552-1614) fue la primera en pintar cuadros de altar para iglesias y en recibir encargos públicos, evidentemente un territorio vedado para las mujeres. Pero se trata de una pintora a quien le corrió el arte por las venas y aprovechó cierta apertura intelectual, además de inteligencia, para convertir su talento en un negocio próspero.  
 

Lavinia fue hija de un pintor y esposa de otro, de modo que constantemente tuvo esa influencia de creación que materializó en un taller que gestionaba personalmente. De acuerdo con las referencias, fue una mujer de perspicacia y también de carácter. Esto se evidencia en que pudo dedicarse al arte, hacerlo su labor, mientras su pareja se encargaba de la casa y de los once hijos que tuvieron.

La llaman pionera de los encargos públicos, firmaba contratos y también sus pinturas de la misma forma que lo hacían sus colegas masculinos. Su obra es vastísima, más de cien cuadros reconocidos entre retratos de la nobleza hasta grandes lienzos religiosos y mitológicos con especial interés en los detalles y dominio absoluto de la composición y el color.

Otros datos importantes de su biografía son su admisión en la Academia de San Lucas de Roma y haber sido pintora oficial de la corte del papa Clemente VIII. No obstante, tras su muerte su nombre se diluyó porque la mayoría de sus piezas se quedaron en colecciones privadas o atribuidas a discípulos varones. Hubo que esperar hasta finales del siglo XX para que una exposición monográfica en el Museo de Brooklyn devolviera a Lavinia al lugar que le corresponde.

Con la siguiente obra podemos ver que también trató el desnudo relacionado con la mitología, justo como sus semejantes.

 

Si hay un nombre que merece estar entre los primeros de la historia del arte universal, es Artemisia Gentileschi (Italia, 1593-1656), otra poco conocida y genial artista del siglo XVII, quien vivió el machismo en su estado más puro y los resultados, además de traumas, los expresó en su obra pictórica.

Artemisia fue hija del pintor Orazio Gentileschi y desde su infancia demostró una agudeza artística superior a la de sus hermanos, por eso su padre la formó en su taller y siendo adolescente ya era una artista consumada.

Hasta ahí está bien, una niña feliz que pintaba excelente, pero su vida cambió con un episodio brutal que luego condicionaría toda su obra. Siendo muy joven fue violada y lo que le siguió fue un juicio humillante que incluyó tortura para "verificar" su testimonio, más un examen ginecológico público. Además de eso, su violador tuvo una condena ínfima y ella estuvo marcada para siempre por tal experiencia.

A partir de entonces sus pinturas fueron tenebrosas, como si buscara venganza. Comprobémoslo con la que escogimos para este segmento.

 

Como podemos ver, de tal conmoción nació su obra más sobrecogedora "Judith decapitando a Holofernes". Observe bien, no es la escena pintada por Caravaggio (Italia, 1571-1610), que, aun con sangre, se nota contenida y elegante. La de Artemisia es despiadada, con roña, parece real porque vemos a una Judith que no duda sino que aprieta la espada con determinación.

Durante siglos la crítica interpretó esta pieza como el desahogo de Artemisia, su deseo de buscar escarmiento por su propia mano. En la actualidad muchos consideran que se trata del primer "me too" de la historia del arte.

A pesar de su destreza demostrada en gran cantidad de obras, Artemisia fue considerada una "pintora menor". Sus cuadros llegaron a atribuirse a su padre o a otros hombres de su círculo. Hoy, afortunadamente, se encuentra reivindicada.

Son solo tres ejemplos, y como estos existen muchas otras mujeres que sufrieron censura y discriminación, tuvieron prohibido el acceso a talleres gremiales, academias de bellas artes, al estudio del desnudo masculino y, por supuesto, a los grandes encargos públicos. Y quienes lograron pintar lo hicieron desde los márgenes, aunque tuvieran éxito sus obras, sus nombres eran absorbidos por el sistema patriarcal hasta quedar en el anonimato.

Por eso, recuperar a las artistas mujeres no es un simple ejercicio de corrección, es contar bien la historia, devolverle voz, es justicia.
 

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