Lacrónica: El hombre que hablaba con los girasoles

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Lacrónica: El hombre que hablaba con los girasoles
Fecha de publicación: 
23 Enero 2026
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Celestino había soñado con los girasoles de Van Gogh. En una ventana, bañado por la luz solar, un ramo de flores se deshacía dentro de un jarrón. La persistencia de esa imagen a lo largo del tiempo marcó sus inquietudes artísticas, sin embargo, había nacido en una villa que por su lejanía con respecto a las grandes escuelas de arte estaba condenada al aislamiento. Él, llevado por sus elucubraciones, realizó una incipiente obra pictórica en la cual dibujaba personajes, casas, estampas, y siempre colocaba en alguna esquina un jarrón con girasoles. Sin conocimiento de la perspectiva, ni de la luz o de las técnicas, cada cuadro era más original que los demás. Para algunos se trataba de un genio; para otros, de un artista popular sin importancia, y la mayoría optaba por ignorarlo. Organizó exposiciones en las esquinas de los parques, en las terminales de ómnibus, en casas particulares. El éxito le era esquivo, si bien no pocas personas adquirieron esas pequeñas estampas a precio de gallina enferma y las pusieron en las cocinas y comedores a manera de decoración doméstica.  

Los girasoles lo perseguían, al punto de que en el patio de su casa comenzaron a crecer de manera silvestre. Celestino no trajo las semillas, sino que estas se trasladaron por obra del viento o de algún ave que anidó en las palanganas llenas de tierra. Los tallos se elevaban, y justo en el punto en que la cerca dividía la propiedad con respecto a otros terrenos, se producía una explosión de flores amarillas. Cada mañana, él las regaba, incluso llegó a hablarles. Su relación con las flores trascendió el vecindario y a las personas más cercanas. Muchos dijeron que Celestino estaba mal de la cabeza, que creía en espíritus que vivían en los girasoles o que practicaba algún tipo de magia. Por aquellos años, en la villa de Remedios cualquier comentario crecía, se transformaba en verdad mitológica para tapar cualquier atisbo de lógica. El hombre que hablaba con los girasoles se volvió famoso.

A pesar del aislamiento, la villa recibía todo tipo de influencias a través de dos vías fundamentales: el telégrafo y la carretera repleta de baches y piedras que unía el pueblo con la capital provincial. Era imposible que mediante mensajes cifrados llegaran enfermedades, sin embargo, sí se recibían noticias de que algo estaba pasando en el mundo exterior y se había iniciado en las trincheras de la guerra de Europa. Un virus que mataba a millones de manera rápida e implacable, tupiendo las vías respiratorias, desgranando los conductos del cuerpo y creando caos de sangre y ahogo. El telégrafo servía para llenar las secciones de noticias de los diarios locales, los cuales no paraban de hablar sobre la fiebre española. Era 1918, la Primera Guerra Mundial tocaba a su final y Remedios apenas había recibido los efectos de un choque bélico tan lejano. Todos parecían convencidos de que el virus no iba a llegar hasta allí. Las fiestas se seguían haciendo, los bailes, los conciertos, las trochas donde se bailaba y bebía, los jolgorios de parrandas. Incluso el personal médico estaba confiado y —a pesar de que a nivel nacional se advirtió y se hizo hincapié en el uso de mascarillas— nadie le puso atención. El submundo que era Remedios parecía totalmente al margen. 

Entretanto, el mundo cerraba restaurantes, clausuraba ferias, los teatros se iban a pique con sus programaciones pospuestas no se sabía para cuándo. Los hospitales no daban abasto, en las salas de ingreso se colocaron personas en el suelo con sábanas. Rápidamente, lo que se pensó que iba a ser un período de paz tras años de guerra se transformó en un infierno por una pandemia de influenza que nadie supo explicar: ¿un arma secreta?, ¿un castigo divino?, ¿una maldición por los años de masacre en los frentes europeos? Las artes, sobre todo las galerías, tuvieron que detenerse. Los pintores y escultores comenzaron a padecer las consecuencias de no vender sus obras. Solo en pequeños circuitos marginalizados se mantuvo cierto comercio de trueque de manera elemental, pero la gente no estaba pensando en la belleza, ni en poner una estampa en la sala de su casa, sino en sobrevivir. Las leyendas de la Edad Media en torno a la epidemia de la peste retornaron. Muchos se fueron de las grandes ciudades hacia los pueblos y las zonas rurales. Otros se recluyeron con provisiones en mansiones y castillos. En Cuba, que por entonces aún no disponía de grandes carreteras a lo largo del país, se paralizó gran parte del intercambio y se obstruyeron los caminos y cañadas que conducían las comunicaciones precarias. 

En Remedios no había personas enfermas, pero dejaron de venir las ferias de otros pueblos, se paralizó el comercio, y —lo que les pareció peor— el circo, que varias veces en el año los visitaba, se ausentó. La nostalgia por los malabaristas, los payasos y los animales fue in crescendo. La gente se paraba en la explanada del sur de la villa y miraba con anhelo hacia el sitio donde siempre se colocó la inmensa carpa durante sus visitas, las cuales duraban una semana. Se corrió el rumor de que varios de los artistas del circo murieron con la fiebre y que el dueño de la empresa había quebrado al endeudarse comprando medicinas para sostener la vida de los domadores de leones, quienes finalmente tampoco se salvaron. 

Celestino hizo un cocimiento con los pétalos de los girasoles cuya receta encontró leyendo una enciclopedia heredada de su padre. Se decía que las propiedades de la planta podían mantener la inmunidad ante la ocurrencia de enfermedades ambientales. Los vecinos, una vez más, se burlaron de él, ya que veían en todos esos remedios una marca de brujería vinculada con las creencias afrocubanas. Lo cierto es que la vida en la villa seguía como si nada, incluso con cierto desdén hacia el poder del virus. Las autoridades dejaron de emitir los avisos de emergencia que venían desde el gobierno nacional, los negocios no cerraron, incluso se convocaron las habituales parrandas del mes de diciembre en las cuales los barrios iban a hacer gala de sus mejores diseños y de las iniciativas más estruendosas. 

Celestino había llevado a las directivas de ambos bandos contendientes en las fiestas la idea de diseñar un girasol gigante. «Puede ser que de esa manera veamos algo novedoso en las fiestas», dijo él, ya que desde hacía años los trabajos de plaza versaban de los mismos temas: pagodas, faros, edificios, arcos de triunfo. Sin embargo, esa idea fue desestimada y los presidentes de los barrios El Carmen y San Salvador se decantaron por proyectos más convencionales. «Este hombre todo lo compone con girasoles», sentenció alguien al respecto. Lo cierto es que, llegado diciembre, el pueblo seguía aislado, la ausencia de comercio impidió que se pudieran comprar las maderas para hacer las carrozas y los trabajos. Apenas dio para hacer dos colecciones de faroles a los cuales se les pusieron dentro unos cabos de vela vencida. Durante las noches de salida de los barrios, hubo una sombra que varios vieron caminar y detenerse en las esquinas. Los más crédulos dijeron que se trataba de un mal presagio; los que no creían en nada solo se burlaron. Las fiestas siguieron su curso y Celestino guardó en un jarrón seco los últimos pétalos de girasol para si los necesitaba ante la ocurrencia de algún contagio con el virus.

Fue en la mañana del 24 de diciembre. Los barrios no iban a hacer ni carrozas ni trabajos, pero sí salieron en tropel para la calle y se enfrentaron. En la esquina de la farmacia de Enriquito del Río se dieron golpes con las banderas del gallo y de la globa. A la altura de la Iglesia Mayor, se llegó incluso a los piñazos y los empujones. La tradición estaba en su punto de mayor efervescencia. Sin embargo, faltaban los elementos competitivos y todo quedaba en las ofensas, en los desafíos verbales. Ninguno de los dos barrios se sentía realmente vencedor. Celestino había diseñado en una cartulina blanca un proyecto de trabajo de plaza que era un inmenso girasol. Los pétalos caían sobre los tejados de Remedios y el tallo era un gigantesco elemento que se alzaba varios metros sobre el suelo dándole dimensión a la obra. Apesadumbrado, guardó su sueño en un librero, entre papeles y otros documentos. Al detenerse delante de su ventana y mirar por el postigo, vio pasar el circo con toda su fanfarria. La comitiva comenzó a hacer gran cantidad de bulla y marchó hacia la plaza, uniéndose a los barrios en su celebración. Al frente, el maestro de ceremonia visiblemente más delgado. Faltaban los domadores y en el rostro de varios de los miembros se veían las huellas de una dolencia. La bailarina traía marcados los huesos de la cara. El payaso, además de flaco, ostentaba unos granos de color violáceo que le cubrían parte de los cachetes y lo hacían lucir grotesco. Algo en el tono de la bulla circense sonaba tétrico, a pesar de las fanfarrias de siempre. Celestino advirtió a los vecinos que no fueran a las funciones, que ese circo venía de otros pueblos en los cuales había incidencia del virus, pero una vez más lo ignoraron. 

Lo primero fue la tos. Insistente, se sentía sobre las muchedumbres. Las rejas y los cencerros dejaron de sonar. La tos subió el tono, tapando todo tipo de conversación. Era un aluvión de ruido, un repique accidentado, una confrontación constante con el sentido de las palabras que cortaba cualquier discurso coherente. La tos paraba la respiración, marcaba el ritmo de las caídas de los cuerpos y se adentraba en las casas generando charcos de sangre en los camastros. No era una tos normal. Iba acompañada de líquidos que se expectoraban con dificultad y cuyo olor estaba entre lo nauseabundo y los cementerios. Pronto fue identificado como el sello de la muerte, cuando los ataúdes de la funeraria se agotaron y tuvieron que comenzar a enterrar en sacos sellados. La tos seguía su paso a través de las filas de los enfermos en el hospital, cruzaba por encima de los cuerpos temblorosos. Era un ser cubierto de un vestido invisible, como de la sustancia de las almas cautivas para siempre. Esa tos, además, se robaba todas las voces, lo mismo de niños que de ancianos. Su esencia coral imponía el silencio a todo aquel que tocaba. Llegado a este punto, el alcalde de Remedios, ataviado de negro y con una máscara que simulaba la presencia de un demonio, leyó un bando en medio de la plaza en el cual se decía que la cuarentena quedaba impuesta. Ni un solo baile, ni un solo barrio en la calle, ni un farol. La tos entonces era lo único y su reinado pareció eterno, continuo, como el de una emperatriz caprichosa. 

Celestino se había quedado solo con sus sueños. El proyecto, ya carcomido por polillas, seguía en lo más hondo de los libros. Los girasoles florecieron varias veces y él estuvo haciendo el cocimiento para no contraer la enfermedad. En efecto, ni un solo día se sintió mal, e incluso llevó su pócima a los vecinos, quienes mostraban una invariable mejoría. Poco a poco, la fama de este brebaje se fue extendiendo. Sin embargo, a pesar de que llamaban a Celestino para que se lo preparara, a nadie le importó oír sus charlas sobre arte o acerca de su visión de un inmenso trabajo de plaza en medio de Remedios, que representara la curación y el fin de tantas calamidades. El alcalde incluso solicitó tomar el cocimiento. Lo hicieron tanto familias encumbradas como humildes. El nombre de Celestino sonaba en los solares y las casonas señoriales. Y pronto no se concebía el enfrentamiento a la enfermedad sin los girasoles. 

Así llegó diciembre de 1921 y el barrio San Salvador no tenía nada hecho. La pobreza de la crisis económica mundial estaba golpeando a las puertas de los donantes que en otras ocasiones dieron sus dineros para hacer obras de gran peso artístico. El fiasco era visible en el horizonte. Entonces ya la enfermedad iba amainando, pero los efectos en una villa confundida, llena de luto, eran perennes. Ahora, la escasez se adentraba como si fuera otro virus incurable. «Yo tengo la cura», dijo Celestino cuando los de San Salvador lo visitaron. Fueron a pedirle que hiciera un cocimiento para los obreros de la casa de trabajo, que presentaban algunos síntomas de la influenza. Sin embargo, en lugar de llevarles el brebaje, se apareció con su proyecto. El papel, extendido sobre una de las mesas del local, mostraba una pieza sencilla en exceso. Un simple girasol que costaría el módico precio de 45 pesos. No había para más y en la noche sería la celebración. Los carpinteros se pusieron manos a la obra y, ya casi cuando estuvo todo terminado a la altura de las siete de la noche, Celestino instaló un pequeño corazón de hierro al interior del trabajo de plaza y lo conectó a las bombillas incandescentes. La pieza se llevó para la plaza. En el camino, las personas veían las hojas del girasol y se santiguaban en señal de respeto. Era evidente que la magia de Celestino estaba detrás de aquel proyecto. 

En la medida que la pieza avanzaba, la tos iba disminuyendo, se perdía en los callejones y se marchaba por el camino de piedras que conducía más allá, a las montañas del oriente. La tos que había marcado con su paso y su vestido oscuro tantos meses, estaba cabizbaja y sabía que su sitio junto a la alegría de los parranderos le era impropio. Como un ser que abandona para siempre su ciclo, tomó conciencia de su debilidad y de que ya había segado suficiente. Un aliento de resignación y amargura pudo olerse cuando dobló por la calle de Ánimas y se perdió como aullando.

Los pétalos encendieron primero, luego el tallo, después hubo un rejuego feliz entre las piezas y se dio una especie de sinfonía. La intermitencia eléctrica —movida por el corazón de hierro del trabajo de plaza— le dio la victoria a Celestino y su barrio. En medio de la plaza y en todo su esplendor, el monumento a la vida acababa de establecer un nuevo sello de felicidad para un pueblo golpeado por la muerte. 

No fue el último trabajo de plaza que hizo Celestino. Vinieron otros y el corazón de hierro, un pequeño dinamo traído de los Estados Unidos, lo acompañó en tales victorias. Se dice que siempre, cada vez que los girasoles florecían, él se sentaba durante horas y allí conversaban. Durante meses, no hubo tos en la villa, casi nadie recordaba el color de los ataúdes. Solo algunas muertes de forma natural y por la edad. Los trabajos de las parrandas evolucionaron y, a la combinación elemental del dinamo, le sucedieron otras más complejas. Los electricistas se perfeccionaron. El pequeño corazón de hierro, no obstante, descansa en una vitrina de cristal en un museo, su apariencia es como la del primer día, y casi se puede decir que está acabado de usar en alguno de los tantos sueños que concibiera el hombre que hablaba con los girasoles.

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