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VIVIR: Escuchar a nuestros mayores

Para los adultos mayores, compartir con los más jóvenes les permite sentirse útiles, activos, comprometidos con su entorno.
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Abuelita

Convendría propiciar espacios para que los niños compartan con los ancianos mayores. Imagen generada con IA.

Fuente:
CubaSí

Hace siglos, incluso, hace décadas, la clave de la vitalidad de ciertos valores era escuchar a los ancianos. La voz de la experiencia, se decía. Ahora a algunos parece bastarles con atender a sus pantallas. Pero en el diálogo intergeneracional hay posibilidades de aprendizaje no siempre aprovechadas. 

En ese intercambio se juega una parte esencial de la cohesión humana, de la continuidad de saberes y de la comprensión profunda del mundo. 

El respeto y la valoración son claves para este diálogo. No se trata de una cortesía superficial ni de un gesto automático, sino de una actitud consciente que reconoce en el otro —en el mayor— una vida marcada por desafíos, aprendizajes y decisiones. 

Escuchar implica detenerse, conceder tiempo, abrir espacio a relatos que no siempre siguen el ritmo acelerado de la contemporaneidad, pero que contienen una densidad que difícilmente se encuentra en otros ámbitos. 

Ese respeto, además, no siempre surge de manera espontánea: es preciso inculcarlo desde temprano, en la familia. Es en el hogar donde los niños aprenden a mirar a sus abuelos —o a cualquier adulto mayor cercano— no como figuras distantes, sino como fuentes de afecto, conocimiento y memoria. 

Cuando se fomenta el diálogo cotidiano, cuando se propician preguntas y se legitiman las historias, se construye un puente que luego puede extenderse al barrio, a la escuela, a la vida en sociedad. 

Los jóvenes, muchas veces inmersos en dinámicas vertiginosas, pudieran encontrar en ese intercambio momentos sorprendentemente enriquecedores. No se trata solo de escuchar anécdotas del pasado, sino de descubrir perspectivas distintas sobre problemas actuales, maneras alternativas de enfrentar conflictos o, incluso, relatos que ayudan a dimensionar el presente. 

En ese cruce, también los jóvenes pueden compartir sus códigos, sus lenguajes, sus herramientas tecnológicas, generando un flujo bidireccional. 

Para los adultos mayores, esa interacción resulta igualmente vital. Les permite sentirse útiles, activos, comprometidos con su entorno. En un mundo que con frecuencia margina o invisibiliza la vejez, el simple acto de ser escuchados puede convertirse en un gesto profundamente reparador. 

No es solo una cuestión emocional: es también una forma de integración social que contribuye a su bienestar y a su sentido de pertenencia. 

La vieja tradición del “viejo sabio” no tendría que desaparecer, habría que reinventarla. En tiempos de permanente renovación tecnológica y de expansión de la inteligencia artificial, esa figura puede encontrar nuevos espacios, integrarse a las dinámicas contemporáneas, dialogar con ellas. 

No se trata de oponer generaciones, sino de articularlas: permitir que la experiencia aporte matices, que la memoria dialogue con la innovación, y que, en ese encuentro, todos seamos más plenos.

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