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Lacrónica: El globo cautivo

En Remedios hay una línea imaginaria que divide el pueblo en dos. Nadie puede verla, pero está ahí y —cuando alguno de los dos barrios la transgrede— se considera una afrenta, una falta de respeto.
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Remedios

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CubaSí

Nadie sabe por qué aquel globo fue a dar al otro lado. Quizás por traición de los dioses, por fatalidad del destino o ironía. O por todo eso a la vez. Se suponía que lo iban a amarrar con fuerza, que sus piezas estarían sujetas al suelo y que cuando se elevara sobre los tejados solo hubiese vítores, gloria. Aquella madrugada del 24 de diciembre todo dio un vuelco y hasta los símbolos ancestrales cambiaron.

Desde que la villa se dividió, el norte era rojo y el sur carmelita. En aquel entonces todo parecía claro. San Salvador se inspiraba en lo moderno, en el fuego, la tradición reciente de los vuelos aerostáticos. Su bandera adoptó ese tono escarlata subido que se abría paso por las calles como una bola incandescente. Era un magma prometeico, renovador, en cierta medida aburguesado. En la calle San José, medular en esa porción de la ciudad, estaban los comercios. Allí se podía comprar hasta un huevo de avestruz. Los carteles llenaban la vista e impedían ver el otro extremo. Quincallas, tiendas de ropa, restaurantes, hoteles, bodegas. Y casi al final, el paradero de los trenes, la marca mayor de la modernidad en un pueblo atrasado, conservador, que se mantuvo fiel a España todo el tiempo. Un sitio donde la monotonía era rota por el retumbar de los tambores de estos barrios parranderos. San Salvador usó como símbolo tres globos echando a volar, los sacaba en lo más alto de un palo. Era un espectáculo curioso ver cómo los globos llevaban tres velas encendidas que se iban apagando a medida que la parranda transcurría. Era un viaje de la luz a lo oscuro.

El Carmen, compuesto por el elemento más rancio de la ciudad, con su centro en la calle Nazareno, tuvo como símbolo las tres estrellas de seis puntas de la Orden de Las Carmelitas. El color del barrio era obvio. Todo conformaba una simbología sencilla, contundente, pero, a la vez, un poco simplista comparada con la creatividad y el desafuero de los contrarios sansarices. El barrio El Carmen era más sobrio, calmado, solemne, católico. También, sufrido, en cierta medida deseoso de revancha. Los carmelitas habían sobrellevado con dignidad un conjunto de “derrotas” que los del barrio contrario les infligieron en los últimos años. Había cierto resentimiento, incluso una nube de violencia contenida, una enemistad creciente y peligrosa.

Las derrotas eran algo simbólico, pero también dolían. Precisamente porque no se trataba de afrentas reales, que se resolvieran en duelos a espada. Por ejemplo, cuando algún carmelita ilustre llegaba en tren, los de San Salvador colocaban sus banderas para que la persona non grata tuviera que pasar por debajo y así “reverenciar” las insignias enemigas. Esto llevó a que, en más de una ocasión El Carmen y su directiva intervinieran el curso del tren en pleno campo y, tras bajar a su miembro distinguido, lo llevaran a través de la maleza hacia Remedios para evitar que fuera denigrado. Los sansarices se burlaron largamente de un monumento que hicieron los carmelitas, el cual era una fuente luminosa. El asunto fue que el aire comenzó a soplar de manera sorpresiva y con fuerza y toda la parte central de la ciudad quedó hecha un fanguero. Las calles remedianas fueron de tierra rojiza hasta bien entrado el siglo XX. Aquel año pasó a la historia como “el chiquero de puercos”.

La paciencia de los carmelitas era constantemente tentada. A cada provocación de San Salvador, debían reunir paciencia para no desembocar en la ofensa o cualquier otra tragedia.

En Remedios hay una línea imaginaria que divide el pueblo en dos. Nadie puede verla, pero está ahí y —cuando alguno de los dos barrios la transgrede— se considera una afrenta, una falta de respeto. Por eso, los sansarices, durante las madrugadas previas a las parrandas hacían incursiones en territorio enemigo y paseaban su bandera por delante de las puertas de las casas de los directivos del Carmen. Entre palabrotas, desafíos, empujones, los músicos sansarices, los fanáticos y demás iban como leones, sin que atendiesen a la ley, ni a las buenas costumbres. Un carmelita de una de las familias más aristocráticas llamó aquellas incursiones con el mote de “mongofieras”. Por ese entonces ya las autoridades españolas habían tratado, inútilmente, detener las partidas de parranderos. “Costumbres bárbaras” bufaba la prensa leal a la corona en la villa, pero los criollos no le hacían caso. Entre los sansarices más feroces estaba el futuro General Francisco Carrillo, quien más tarde pelearía en las tres guerras al frente del Ejército Libertador en el departamento central de Cuba. Él era uno de los que más desafiaba, uno de los que sonaba sus instrumentos ensordecedores: maracas, bandurrias, latas con piedras, arados, rejas, palanganas.

Entonces alguien dijo que lo ideal era que uno de los globos sansarices se izara por encima de la villa y sobrevolara el territorio enemigo, quien sabe si tirando octavillas subversivas contra la directiva del Carmen. La iniciativa era chotear al contrario, llevarlo a la exasperación. Para eso, se mantuvo en total secreto. El globo se fabricó en una de las casas más apartadas del centro. El pegamento se compró en Camajuaní bajo el más absoluto misterio en una tienda de chinos. Todo el papel se trajo de La Habana en tren, proveniente de los lotes que entraban por el puerto. Las autoridades se percataron y estuvieron siguiendo de cerca la operación mediante informes que llegaban al Ayuntamiento. Algo grande se estaba cocinando en la villa. Varias mujeres de San Salvador se dieron a la tarea de preparar el globo. Cosían día y noche. Finalmente, cuando estuvo listo era una hermosa obra, grande, con los símbolos del barrio zurcidos a un lado y un enorme mechero que le daba luz.

En los días previos a ese 24 de diciembre, los sansarices salieron en una de sus tantas incursiones y —cuando ya estaban a la altura de la Iglesia Mayor— se toparon con un grupo de carmelitas que los esperaron con la luz apagada. Entonces se dio un combate de patadas, trompones, codazos y ofensas. Además, un baile para recaudar fondos a favor de la causa del Carmen fue saboteado, cuando un espía publicó los datos de los asistentes y el dinero recogido en la prensa local. La tensión entre un bando y otro era creciente. Por eso, cuando llegaron al día de las parrandas, se respiraba una atmósfera opresiva, incómoda.

En una esquina de la plaza, atado con cuerdas a los edificios, el inmenso globo era algo totalmente llamativo. Las personas se detenían a verlo. Era rojo y blanco, con detalles dorados. Toda su decoración fue hecha con esmero. Los carmelitas miraban en silencio, le daban la vuelta y se iban. Un evidente gesto de desprecio. Entonces, justo a las doce de la noche, las amarras se soltaron y, entre vítores y toques de trompeta, el símbolo del barrio se fue elevando. Los aplausos atronaron Remedios. Más que la raya imaginaria que divide la ciudad, el globo traspasó la dignidad de los oponentes, humillándolos con su vuelo magistral. 
Allí, justo en lo más hondo del barrio El Carmen, las amarras se soltaron, una de las sogas se zafó, luego otra, como si un dios las hubiese quitado. El globo a la deriva se elevó con una corriente de aire, ladeándose un poco, inclinando su dirección al suroeste, más allá de las últimas casitas de la calle La Palma. Luego se perdió en el horizonte. Los carmelitas, revueltos en una bulla sin final, salieron a buscar el globo. Corrían con su bandera en alto, aullando. Eran fieras vengativas. En San Salvador, solo silencio, caras largas, consternación. 

Más allá de la villa, en medio de una finca conocida como La puerta de hierro, el globo cayó formando un descampado entre la maleza. Los del Carmen lo levantaron, lo zurcieron y, en las madrugadas subsiguientes, lo mostraban como un símbolo cautivo. En las batallas reales, capturar las banderas o signos del enemigo es visto como una victoria. En las parrandas comenzó a pasar lo mismo y cuando San Salvador se atrevía a sacar sus tres globos siempre hubo alguien que recordaba aquel suceso. “Por ahí van los del globo perdido” decían. 

—Los hemos convocado para elegir un nuevo símbolo del barrio —cuentan que dijo Niceto Veranes en aquella madrugada, cuando los vecinos de la barriada de La Laguna (una zona de San Salvador) fueron reunidos en una casa. 

Veranes era uno de los fanáticos más entusiastas. Estaba al frente de la sargentería en dicha barriada. Varias fueron las propuestas, ya que el globo estaba choteado y no podían seguir usándolo. Entonces alguien sugirió un gallo, en señal de pelea, de persistencia en la victoria. A fin de cuentas ese era el espíritu de San Salvador: el fuego, lo indomable, la impasividad. Alguien propuso, además, colocar el gallo dentro de un cuadrante azul en la bandera roja. El contraste pareció hermoso a todos los presentes. Rojo, blanco y azul. Tres colores que desde entonces estuvieron en el magma cromático de los sansarices en sus partidas e incursiones. 

Como todo en parrandas, el nuevo símbolo se trató con sumo secreto, pero siempre hay traidores y El Carmen se enteró, por lo cual en una reunión de emergencia adoptaron un gavilán para que supuestamente se comiera al gallo. Por eso los carmelitas poseen dos símbolos: el animal plumífero y la globa cautiva. Ambos son exhibidos hasta hoy en la plaza durante los días de jolgorio. En las batallas subsiguientes, los enemigos sacaron los nuevos símbolos y se dieron nuevas formas de choteo. Los de San Salvador, con su bandera lujosa de flecos dorados, les decían a los del Carmen que la suya era un trapo de cocina, porque constituía en una tela carmelita y nada más. Volvieron los choques, las ofensas. “Ustedes van a quedar como el gallo de Morón, sin plumas y cacareando” ripostaban los del lado sur de la villa, airados. 

A medida que pasaron los años, las parrandas se extendieron por todo el centro norte de Cuba y los símbolos del gallo y el gavilán fueron adoptados por barrios de varios de los poblados. La tradición era replicada. Sin embargo, muchos no sabían el origen de la adopción de ambas aves como divisa de pelea. Cuando se produjo la independencia de Cuba y se legalizó la enseña cubana, El Carmen tomó de allí el triángulo rojo, dentro colocó el globo cautivo, todo eso sobre una tela de color carmelita. 
Aún hoy, cuando suben las discusiones, se oyen las mismas frases en la plaza de Remedios. “Nosotros les robamos el globo”, dicen unos. “Sí, pero tu bandera es un trapo de cocina comparada con la mía”. El bucle es interminable, como si una estela fantasmal se repitiera en el tiempo.
 

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