Nadie lo dude, Fidel vive

Nadie lo dude, Fidel vive
Fecha de publicación: 
24 Noviembre 2020
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Después de tantos intentos infructuosos de nuestros enemigos de acabar con su vida, los cubanos nos acogimos a la idea de su posible inmortalidad y lo sabíamos ahí, con su nombre de pueblo: Fidel, eterno e incorruptible para los mínimos poderes del tiempo.

Así permanecerá siempre, sin posibilidad alguna de que la llama de su intelecto irradiando luces sobre las más temibles adversidades se apague alguna vez.

Sigue poniendo al alcance de un pensamiento los necesarios razonamientos humanistas para vencer cada batalla que el pueblo cubano ha debido enfrentar desde su partida.

Al amanecer del 28 de enero de 2019, cuando la luz del sol develó los desmanes del tornado a su paso por La Habana, nos pareció verlo recorriendo la ciudad junto a las autoridades.

Hubo quien aseguró ser testigo de su mano sobre la frente de un  desconsolado, y ahí donde nuevas casas se erigieron, allá donde un hospital o una industria se reanimó en solo días para continuar trabajando, estaba su aliento de gigante.

Asimismo retumbaban sus palabras sobre la fuerza titánica de un ideal en los meses en que la administración de Donald Trump hacía hasta lo indecible por evitar el atraque de buques petroleros en puertos cubanos, y muchos comenzaban a temer el retorno de los años más oscuros del Período Especial.

Si los servicios básicos a la población no se detuvieron, si fue posible reajustar de tal modo el consumo de combustibles en el país para que a los hogares nunca les faltara el fluido eléctrico, fue porque Fidel vive en el alma de quienes hoy son continuidad.

Es posible palpar su impronta en los candidatos vacunales contra la COVID-19, frutos de un trabajo sistematizado en función del desarrollo científico de la nación, sobre todo vinculado a la esfera de la biotecnología.

Lo sabemos en cada proceso abierto para la certificación de una empresa de alta tecnología, en la creación de los consejos técnicos asesores en los ministerios y en el interés del Presidente Miguel Díaz-Canel en aplicar la ciencia y la innovación  a cada esfera de la vida nacional.

 A la luz de las exigencias epidemiológicas que representa el SARS-CoV-2 para un Estado en vías de desarrollo como este, vuelven a brillar con más sentido las estructuras base de la atención primaria de Salud, que también tuvieron en él un lúcido impulsor.

De tal suerte los consultorios del médico y la enfermera de la familia vuelven a convertirse en espacio clave al interior de las comunidades para enfrentar al nuevo coronavirus.

Los jóvenes, herederos en tantos sentidos de su ideario, juegan hoy un papel esencial y entre tantos, Fidel acompañó en cada recorrido a aquellos estudiantes de Ciencias Médicas que ocuparon sus vacaciones en apoyar la pesquisa en los barrios, luego de intensos meses dedicados a esa misma labor.

Y llegó de igual modo hasta cada rincón del planeta adonde un médico cubano arribó para ayudar a combatir la pandemia, con el mismo espíritu altruista que predicó siempre.

Continúa presente también en cada debate de la Federación de Mujeres Cubanas y fue su mirada de futuro la que brindó muchas claves para la elaboración del recién aprobado Programa Nacional para el Adelanto de la Mujer en Cuba.

Pervive en los programas priorizados de construcción de viviendas y producción de alimentos, en la agricultura urbana, suburbana y familiar, en la creación de las condiciones constitucionales para la autonomía municipal y el desarrollo local.

Él está, asimismo, a cada paso de la titánica tarea del ordenamiento monetario: una revolución dentro de otra... y en la certeza de que nadie quedará desamparado ante las medidas de reajuste que deberán asumirse.

Tan grande, y humano a la vez, puso su alma en cada detalle: el sistema de presas y embalses a todo lo largo del territorio, en la estructura de la Defensa Civil y en el corazón mismo de los cubanos que hacen que el paso de un huracán no deje la estela de muerte y desolación que Eta e Iota dejaron hace solo semanas en Centroamérica.

Extender aún más la lista de ejemplos en los cuales es posible verlo sobresalir en esa mezcla de padre y profeta sobre nuestras vidas, no terminaría de resumir la inagotable fuente de inspiración que representa o el compromiso moral que impone de ser cada jornada mejores seres humanos.

Su presencia (nadie lo dude, él vive) nunca será motivo de tristeza, sino de incontenibles esperanzas, pues nos legó para siempre uno de los más grandes tesoros a los que un pueblo pueda aspirar: la inamovible confianza en que toda victoria es posible. 
 

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Estas líneas las escribí, el 30 de noviembre 2016, acabado de llegar de compartir con mis compañeros de trabajo el tributo final al Jefe, el saludo ante el armón que transportaba sus restos. Como otros tantos testimonios de esos luctuosos días, sea este mi homenaje al Comandante, en el cuarto aniversario de su partida física. Estamos desplegados a lo largo de la carretera que une al poblado de Coliseo con Cárdenas. Algunos están siguiendo por sus celulares las noticias del paso de la caravana y las nuevas se repiten de boca en boca. Nos tiramos unos a otros fotos con la bandera o sosteniendo una de sus imágenes más conocidas, la misma que ha presidido los múltiples lugares habilitados desde días antes para que reafirmemos nuestro compromiso, la que lo muestra de pie sobre la montaña, fusil y mochila al hombro, victorioso. Todos estamos expectantes. Será la última vez de tenerlo cerca, tener el honor de vivir este momento, del paso de la Historia frente a nosotros. Alguien divisa al helicóptero que precede y acompaña por aire al cortejo. Todos lo vemos. Retrocedo mentalmente casi medio siglo en el tiempo… Unos niños del barrio juegan conmigo a las bolas. Nos disputamos las esferas de vidrio en cada juego, probando suerte y puntería. Un ruido a lo lejos en el cielo nos interrumpe. Es un helicóptero. No sabemos ni siquiera su rumbo ni que tripulantes alberga en su vuelo, sin embargo, como siempre, hacemos lo mismo: Dejamos a un lado los juegos y nos ponemos a saludar al helicóptero y vocear lo más alto que pueden nuestras voces infantiles: - ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Adiós, Fidel! El helicóptero describe un semicírculo y después retrocede, casi paralelo a la carretera, sobre nuestras cabezas, rumbo a Coliseo. Pasa una patrulla indicando bajar a la cuneta de la carretera. La gente se ordena en una línea que serpentea a ambos lados del camino. Nadie quiera estar en segunda fila. Preparan sus móviles para grabar el momento. Para ellos. Para los que no pudieron venir o tuvieron que quedarse asegurando las tareas en sus puestos. Para sus hijos. Para el futuro. El niño que fui yo crece. Ya para él el nombre no es sólo una referencia en labios de los mayores. Comienza a identificar Su imagen, a oír Su voz en sus discursos, a escuchar anécdotas de los privilegiados que lo han visto personalmente (en su pueblo viven varios combatientes de Girón). Más tarde, en la escuela, comienza a entender la relación del Hombre y la Historia. Pide y encuentra explicaciones. Bebe de sus primeros libros. Ya se acerca el cortejo. El silencio es total. Respetuosamente, no se agitan las banderas ni se gritan consignas. Las cabezas descubiertas, los pechos henchidos en la mezcla de emociones de agradecimiento, dolor y coraje, las manos sujetando una bandera. Pasan los primeros vehículos, el jeep con los generales y detrás, el armón con la caja de cedro cubierta con la bandera. Sencillamente, un nombre: Fidel Castro Ruz. Seguimos el cortejo con la vista hasta que se pierde. El niño se hace joven. Ya conoce lo suficiente para saber de la grandeza del Hombre, del nombre que repiten plazas y naranjales, aquí y allá, también en Jagüey, donde está becado. Un día, se entera que se ha cosechado un millón de quintales de cítricos y, como les ha sido habitual a sus compatriotas, lo mismo ante cada desafío, del enemigo o de la naturaleza, ante cada hazaña, ante cada conmemoración, ahí está Fidel. Y va, como todos sus condiscípulos, al acto en la Vilo Acuña. Lo ve de muy cerca y reafirma, para siempre, su fidelidad. Se había anunciado que tendríamos la oportunidad de presenciar la caravana de regreso de Cárdenas. Todos queremos volver a verlo. Algunos, para precisar detalles no clarificados la primera vez. Es un momento para grabar en lo más íntimo con la mayor precisión, para poder recordarlo después, con todos sus pormenores. Poder decir, contar: ¡Yo estuve allí! Ante la demora, surgen los comentarios. No se ve el helicóptero. Al fin, anuncian que regresa el cortejo. Poco a poco, nos volvemos a alinear al borde de la carretera. El joven es ya adulto. Se gradúa de profesional. Conoce de ejército y de movilizaciones, de cortes y siembra de caña, de papa y de nuevo, de naranjas. Por doquier acrisola la obra del Hombre. No solo conoce la historia, en su pequeño espacio participativo, la vive. Conoce de Angola y de Etiopía, se enorgullece de su tiempo y de la participación de su generación, que sigue con firmeza las huellas de sus mayores. Acrecienta su admiración, respeto y comprometimiento con la obra mayor del Hombre. La Revolución. Recibe emocionado un carnet con Su firma. Llega el Periodo Especial y Baraguá revive en Si se puede. La Batalla de Ideas y Elián. El retorno del Ché y su siembra final en Santa Clara. Las Marchas Combatientes y Los Cinco. Una de las Tribunas Abiertas coincide con un aniversario de Girón. Allá en el Central Australia lo ve y escucha, a solo unos metros. Es la tercera vez que lo ve en persona. El Hombre, al frente de cada combate. Cada vez más universal. Cada vez más preocupado por el futuro de la Humanidad. Una luz entre las tinieblas que crece y crece. Chávez, Petrocaribe y el Alba. La unidad latinoamericana, al fin. Un primer contratiempo y Cagüairán muestra la firmeza de Su obra y de su pueblo. Después el Hombre entrega los cargos públicos, pero no la primera línea. Continúa su labor formadora, esta vez a través de la pluma. El adulto que fue joven y niño una vez devora con avidez cada Reflexión, sigue con apetencia cada aparición en la prensa o las referencias de quienes tienen la suerte de visitarlo. Se emociona hasta las lágrimas con su última comparecencia en el Congreso. Nos pasa la caravana por delante. Se repite el silencio y las muestras de respeto. Se nos antoja que esta vez va más rápido. Nos cuesta pensar que todo termina. Se va perdiendo en el camino. Sin embargo, la imagen de la urna con su nombre permanece en la retina, aún después de que ya no se divisa siquiera el cortejo. La gente va rompiendo la alineación y se dirige hacia los ómnibus apartados en un entronque lateral. El ómnibus atraviesa la ciudad de Cárdenas. Como en todo el país en estos luctuosos días, impera el silencio. Pasan algunos jóvenes y otros no tan jóvenes, apenas hablan, sobrecogidos por el impacto y la solemnidad del tributo en que han participado momentos antes. En una esquina juegan niños. Vuelvo a retroceder mentalmente medio siglo atrás y me veo con ellos, jugando. No, no es juego. Repiten entre ellos algo que han recién gritado y que quizás apenas aquilatan en todo su significado: - ¡Yo soy Fidel!, ¡Yo soy Fidel!, ¡Yo soy Fidel!
energetico@blauvaradero.tur.cu

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