Duque, inmóvil. Hervidero colombiano

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Duque, inmóvil. Hervidero colombiano
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Fecha de publicación: 
17 Octubre 2020
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No tuvo que mover ni un dedo para liberar a su mentor Uribe de la prisión domiciliara por delitos de sobornos a diez testigos y tráfico de influencias, algo irrisorio en su extenso caudal de crímenes.

Ni precisó asistir en Cali a una reunión con más de 2 000 integrantes de un movimiento social indígena denominado Minga que reclaman su presencia y una respuesta a la petición de que detenga los asesinatos de líderes políticos y sindicales y el cumplimiento del acuerdo de paz firmado hace cuatro años en La Habana, entre otras propuestas, y que ahora seguirán hacia Bogotá, la capital, para que los reciba, mientras rechazan que entre sus filas haya miembros de grupos armados.

Ni se ha preocupado por la epidemia de la COVID-19, tan mal atendida por su régimen neoliberal, que antepone las ganancias a la vida, por lo cual Colombia ocupa ya uno de los primeros lugares en contagio y muerte.

Para Duque y sus seguidores, todos con mucho dinero y no bien habido y bajo el amparo imperial, la vida de los pobres de la tierra no vale nada, y así, además de los sistemáticos asesinatos individuales- cumpliendo un programa que atañe al Ministerio de Defensa y la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos-, se suceden masacre tras masacre, que incluye familias enteras, en varias regiones del país donde los latifundistas quieren expandir sus cultivos y fortalecer los vínculos con el narcotráfico.

De todo ello se nutre Iván Duque, muy preocupado de su atuendo personal, que vende “carita” para la televisión y otros medios de comunicación que controla, cumpliendo una estudiada política elaborada por Estados Unidos.

Para ello cuenta con una muy activa presencia del paramilitarismo, que ha ido subiendo sus apuestas para lograr dinero fácil en base, subrayo, al asesinato metódico de líderes comunitarios, sindicales e indígenas, además de los ex combatientes.

ILUSIONES VANAS

Era iluso pensar que el gobierno intentará acabar con el paramilitarismo, cuando este es un fuerte instrumento de su quehacer para terminar con la vida de quienes considera sus principales enemigos.

Si hubiera voluntad política se hubiera acabado con el problema paramilitar, adoptando un conjunto de iniciativas encaminadas hacia ese fin. Con acciones aisladas y parciales, sólo se obtuvo un reciclaje de unos paramilitares por otros, de unos nombres por otros, usualmente en las mismas regiones y con acumulación de víctimas y deterioro de la democracia y de las libertades públicas.

La situación actual no va a resolver a fondo el problema, sino, más bien, lo va a reproducir. Lo peor que le puede pasar al país es quedar varado en un asunto que requiere de un timón firme, de unas medidas de amplio espectro y de largo aliento.

Pero todo ha quedado a medio camino y en retroceso, por lo cual combatientes desmovilizados volvieron a tomar las armas, porque, además de no encontrar oportunidades para rehacer sus vidas, estaban siendo asesinados metódicamente, mediante un plan elaborado por las inteligencias norteamericana y local. 

El gobierno de Iván Duque es culpable también de que los más de tres millones de colombianos víctimas del conflicto se vean frustrados en sus expectativas de reconocimiento y reparación por falta de un programa que dé satisfacción a las deudas sociales.

Las principales demandas sociales en la campaña electoral fueron el cambio del sistema de salud, la ampliación del presupuesto educativo, la modificación del régimen pensional y el desarrollo de la Reforma Rural Integral derivada de los Acuerdos de Paz. 

SERVICIOS, NO DERECHOS

Pero la elección de Duque de un gabinete tecnocrático y neoliberal supone que estos temas serán abordados desde la perspectiva de que esas demandas son servicios y no derechos de la ciudadanía, empeorando así las condiciones actuales del sistema de seguridad social y educación, mucho más para las comunidades rurales.

Asimismo, hay muchos colombianos que están inconformes con la participación de su país en las conspiraciones relativas a una agresión en gran escala a Venezuela, nunca desmentida por Duque, quien se siente respaldado por las nueve bases militares concedidas a Estados Unidos en el territorio nacional, bajo el pretexto de ayudar a obras de paz, como el combate a una droga que cada día es más abundante y se exporta abierta e impunemente al mayor consumidor en el mundo, Estados Unidos.

La realidad en cifras de disminución o control del narcotráfico nunca se ve afectada por estos aparatosos y mediáticos hechos. Como coinciden en afirmar algunos estudiosos de la cuestión: “el narcotráfico sí existe y la guerra la perdimos hace rato”.
 

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