De las minas bolivianas a la literatura

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De las minas bolivianas a la literatura
Fecha de publicación: 
19 Enero 2026
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Serán testigos de la reunión entre Harris Burton, gerente de la Boliviana Minas Corporation, y Pablo Lizarazu, el maestro de la escuela obrera elemental, pactada para las cuatro de esta tarde tensa de 1947, debido a las peticiones obreras y las negaciones de la patronal, según la novela Socavones de angustia, de Fernando Ramírez Velarde (8 de mayo de 1913 - Sucre, Argentina, 23 de agosto de 1948), publicada por primera vez un año antes del fallecimiento de su autor. En 1992, un filme partió de esta narración. 

Quien convocó a la entrevista fue el funcionario gringo, y si aquello asombró a Pablo, le es más sorpresivo lo que le propone ahora, después de tratarlo con una amabilidad a la altura de la exquisitez de la oficina donde conversan: “El señor Medina debe pasar a una empresa afiliada a la nuestra y, por consiguiente, quedará vacante la Secretaría General de la Compañía, que tiene asignado un haber mensual de seis mil bolivianos. Yo le ofrezco a usted este cargo”.

“Realmente, señor Burton, debo manifestarle que me sorprende y me turba su oferta, porque yo me encontraba muy contento con el cargo de profesor de escuela”. Y rechaza la propuesta. La negativa no sorprende al magnate: “Tengo conocimiento de su dedicación a la enseñanza, y también estaba informado de los cursos extraordinarios que da usted a los obreros en forma gratuita y desinteresada, y que me habían hecho pensar en separar a usted de la empresa, velando por la estabilidad de esta”.

Ante cierta protesta del aludido -“me considera como un agitador político o cosa parecida”-, replicó que los agitadores políticos lo tienen sin cuidado, “porque nunca los he considerado peligrosos. En cambio, sí me preocupan los que no siendo agitadores tienen la rebelión en las almas. Estos y no aquellos son los capaces de llevar a cabo las grandes sublevaciones”.
 
“Yo no he hecho otra cosa que enseñar a los obreros”, aclara el profesor. Opina entonces Burton: “Mala costumbre la de abrir los ojos a los obreros con la enseñanza”. En medio de la conversación, la hiena muestra sus conceptos sobre los indígenas: “Es una raza infeliz. Llena de taras y de vicios, y no creo que su instrucción pueda redimirlos. Usted pierde su tiempo, lamentablemente, tratando de enseñar a estos indios ignorantes”. El mentor corta esa verborrea estúpida, le demuestra con ejemplos la falsedad de esa apreciación y hasta lo llama cínico.
   
El funcionario no se ofende, sonríe y le aclara: La empresa me paga para obtener el máximo rendimiento de las minas y no para convertirse en un laboratorio experimental de culturización de indígenas. Y vuelve a su propuesta original, aunque con un extra entonces: “Su alternativa es la siguiente: o usted acepta la Secretaría de la Empresa bajo compromiso de abandonar totalmente sus actividades pedagógicas, o bien me presenta su renuncia”.  

El texto de la renuncia de Lizarazu estuvo en manos de Burton la mañana siguiente.

Mientras, de nuevo un drama golpea en las minas: varios trabajadores mueren debido a un derrumbe por las malas condiciones de labor. El obrero Juan Calle encabezó los intentos de rescate, en los que fue floja la participación de la patronal, y esos esfuerzos agravaron sus enfermedades adquiridas en tantos años de batirse en los socavones. Ya no podrían continuar en su puesto. Los ocuparían sus hijos. No serían el único relevo.

Al salir de la casa después de dolerse en una breve conversación con Calle, su esposa, Sebastiana, comenta con la vecina, Donata: “También ellos entrarán fuertes y lozanos para ser devorados por la mina… Para siempre es noche oscura para nuestro país. ¿Cuándo llegará el alba?”

Y si el alba llega, cultívenla, cultívense, defiéndanla y no permitan que la desunión los destroce.

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