Kast: Otro hijo de Trump
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El presidente electo de Chile José Antonio Kast saluda a periodistas y simpatizantes luego de terminar su reunión con el mandatario argentino Javier Milei en la casa de gobierno en Buenos Aires, Argentina, el martes 16 de diciembre de 2025 (AP Foto/Rodrigo Abd)
No quería que lo compararan con Milei y Trump, pero apenas bastaron unas horas para que la oreja pinochetista le picara y raudo partió a celebrar su victoria con el melenudo libertario argentino y rezongar su odio hacia Venezuela, pidiéndole al titiritero norteamericano que invadiera al país suramericano y depusiera a Nicolás Maduro, porque así le hacía un favor a todos.
Las declaraciones de Kast ocurren en momentos en que Washington ha redoblado su presencia militar en la región en décadas y ha lanzado una serie de ataques mortales contra presuntas embarcaciones de contrabando de drogas en el mar Caribe y el Pacífico oriental, toda una violación de los derechos humanos, con el fin de derrocar al gobierno de Nicolás Maduro y apoderarse de las riquezas de Venezuela.
José Antonio Kast, un hijo de Dios, como se proclama, pero pienso que más de Trump -por lo que hereda-, aún sin acceder a la presidencia que ganó holgadamente en Chile, ya amenaza con hacer añicos sus promesas de campaña de gobernar sin suscitar odios, al genuflexarse ante el imperialismo.
Un gobernante más que coloca la mayoría de los mandos latinoamericanos en la esfera no de la derecha, sino de una ultra que va rayando en el fascismo.
De esta manera el colorado presidente estadounidense recibe un respaldo más a su política de fuerza contra Venezuela, bloqueándola navalmente, para impedir que entren o salgan barcos petroleros, y amenazándola con una agresión en gran escala, con consecuencias imprevisibles, con el avieso fin de robar su petróleo, tierras y otros recursos que alega falsamente de que les fueron arrebatados.
Así se desprende otra mentira, que va más allá de la justificación de sus acciones en represalia contra el narcotráfico.
Venezuela, Cuba, Nicaragua y ahora la Colombia de Petro son los objetivos del Imperio que pondera Kast a pocas horas de una victoria que el pueblo chileno concedió al pinochetista, olvidando el pasado histórico, tras un gobierno que se calificó de izquierda, pero fue muy endeble ante la oligarquía local.
RECHAZO AL PINOCHETISMO
El presidente de Colombia, Gustavo Petro, al responderle a un parlamentario que ponderó el triunfo de Kast, auguró que vienen vientos de la muerte, aseveró que el fascismo avanza y jamás le dará la mano a un nazi y a un hijo de nazi, y aseveró: “Triste que Pinochet tuvo que imponerse a la fuerza, pero más triste ahora es que los pueblos elijan su Pinochet: elegidos o no, son hijos de Hitler y Hitler mata los pueblos”.
A su vez, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, instó a reflexionar sobre la historia y la democracia tras la reciente elección presidencial en Chile y en referencia a las declaraciones del candidato ultraderechista electo, José Antonio Kast, quien ha defendido la figura del dictador Augusto Pinochet.
La mandataria criticó con firmeza la reivindicación de regímenes autoritarios al aludir a la victoria electoral de Kast, al tiempo que señaló que aun así el resultado electoral, “debe ser respetado por tratarse de una decisión democrática del pueblo chileno”.
Recordó que, al ganar democráticamente, Salvador Allende realiza una serie de acciones como, por ejemplo, la nacionalización del cobre, que no le gustó a grupos de la oligarquía chilena ni a Estados Unidos, y viene un golpe de Estado; primer problema, porque el gobierno de Allende había sido elegido democráticamente por el pueblo chileno”.
Insistió que en la dictadura “hay escenas muy difíciles de olvidar, terribles, de asesinatos en un estadio, en donde iban colocando los cuerpos de aquellos que habían detenido y los aniquilaban sin juicio, por el solo hecho de pensar distinto, más allá del modelo económico”. “Es decir, un régimen absolutamente autoritario, dictatorial, que duró muchos años”, agregó.
HILO CONDUCTOR
Para entender la actual política estadounidense hacia Venezuela –especialmente la lógica que guía tanto el actual despliegue militar como la narrativa de “narcoterrorismo”– es imprescindible situar el papel del exsenador Marco Rubio, secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional. Desde la primera Administración Trump, y con mucha más fuerza en la segunda, Rubio se ha convertido en el principal arquitecto político e ideológico de la estrategia de Washington hacia el “eje del mal” latinoamericano (Cuba, Nicaragua y Venezuela) y en especial contra el gobierno de Maduro.
Rubio ha impulsado sanciones, la narrativa del “eje del mal” latinoamericano y ahora la designación del Cártel de los Soles como organización terrorista, ampliando el margen de acción militar. Además, la campaña militar contra el “narcoterrorismo” ha generado tensiones entre la Casa Blanca y los líderes del Capitolio, ya que podría sentar un precedente legal significativo.
Su visión, marcada por su origen en la diáspora gusaneril cubana de Miami y por una lectura tergiversada del autoritarismo latinoamericano, ha moldeado durante más de una década las sanciones, la presión diplomática, la narrativa internacional sobre Venezuela, y ahora también la manera en que la Administración estadounidense interpreta legalmente el uso de la fuerza. En la práctica, Rubio es el hilo conductor que conecta el giro duro contra Maduro desde el 2017, la expansión del régimen de sanciones, la instrumentalización del crimen transnacional y –más recientemente– la justificación de operaciones militares sin autorización del Congreso.
LA AMBICIÓN
Y es que Estados Unidos perdió la hegemonía en su patio trasero hace años. Y hace mucho tiempo que no se había visto en Washington tanto interés en América Latina. De este modo, el “America First” se ha transformado en “Americas First”, reflejando el objetivo de recuperar el control de esa parte del mundo. Este es un objetivo ambicioso para Trump.
El fuerte despliegue militar estadounidense en el Caribe con la vista puesta en Venezuela, justificado inicialmente como una operación contra el narcotráfico, apunta a objetivos políticos mayores dado el tamaño, coste y sofisticación del dispositivo. Entre ellos, presionar al gobierno de Maduro o prepararse para un escenario sangriento si decide ir por el camino de la agresión, cada vez más posible.
Expertos apuntan a que la droga que llega a las ciudades estadounidenses a través de Venezuela es marginal. La mayor parte de la cocaína que se produce en Colombia y arriba a EE.UU. lo hace a través de Ecuador y el Pacífico, mientras la gran proporción del fentanilo y de las drogas sintéticas con el mismo destino, la verdadera batalla de Donald Trump y una verdadera cuestión de salud pública en EEUU, se producen en laboratorios de México y América Central.
Lo que está claro es que la concentración de armamento y personal desplegada en el Caribe sólo serviría para matar moscas a cañonazos si el verdadero objetivo del dispositivo es el combate contra el crimen organizado. Si no se atacan directamente las fuentes de financiación del narcotráfico -enquistadas en territorio norteamericano- es muy probable que los cárteles reemerjan con fuerza renovada tras un período de letargo, que puede ser más o menos prolongado, dependiendo de la duración del operativo, el cual, por otro lado, tiene un coste, subrayo, elevadísimo.
Por lo tanto, más allá de la justificación inicial de frenar el narcotráfico –que no requiere de un portaaviones– el nivel y la naturaleza del despliegue militar apuntan a un objetivo más político y estratégico, desde ejercer presión militar sobre Nicolás Maduro para provocar un cambio de régimen, hasta preparar opciones ante un posible deterioro de la situación interna venezolana o acceder en condiciones ventajosas a su petróleo.
Saber el verdadero objetivo es una tarea ardua, no sólo porque los designios de Trump son inescrutables, más allá de su aparente transparencia, sino también porque éstos pueden cambiar de un día para otro. A pesar de ello, el belicoso mandatario ha declarado en varias ocasiones que cree que los días de Maduro están contados. La falta de ambición nunca ha sido el punto débil del inquilino de la Casa Blanca.












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