De la doctrina Monroe al buque de guerra: dos siglos de agresión en Nuestra América
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Imagen tomada de PanAm Post
El reciente despliegue de fuerzas militares estadounidenses en el mar Caribe ha encendido las alarmas en América Latina. Esta acción, promovida por el gobierno de Estados Unidos bajo el mandato de Donald Trump y figuras como el secretario de Estado Marco Rubio, representa una amenaza directa a la integridad territorial de Venezuela y a la estabilidad de la región. Diversas voces en el continente han calificado la maniobra como una escalada inaceptable del intervencionismo yanqui.
Desde una perspectiva latinoamericana, este tipo de provocaciones no puede entenderse como hechos aislados. Forman parte de una estrategia más amplia de recolonización y control sobre los recursos naturales, las rutas comerciales y constituyen una amenaza adicional a los procesos políticos emancipadores que se desarrollan en la región. La historia reciente de Venezuela lo confirma: sanciones económicas, sabotajes financieros, intentos de golpe de Estado, campañas mediáticas de desinformación y hasta planes de magnicidio han sido utilizados para quebrar la voluntad de un pueblo que ha decidido construir su destino sin ataduras al norte.
Aun así, la Revolución Bolivariana, iniciada por el comandante Hugo Chávez Frías, se mantiene como un proceso activo de transformación social y resistencia frente a las pretensiones hegemónicas. Su fuerza se expresa en la lucha cotidiana de gran parte del pueblo venezolano, en los esfuerzos de integración regional y en la defensa de los valores comunes de Nuestra América.
Dos siglos después, la doctrina Monroe, formulada en 1823 bajo el lema “América para los americanos”, continúa presente en la política de Estados Unidos para el hemisferio. Desde su postulación, los círculos de poder imperialista no han renunciado a erigirse en árbitros de los destinos latinoamericanos, subordinando gobiernos, imponiendo modelos económicos y saboteando esfuerzos emancipadores.
Entre los ejemplos más icónicos de resistencia a esa dominación se encuentra el caso cubano. Más de media centuria vivió la Mayor de las Antillas bajo una relación neocolonial con Estados Unidos, que controlaba sus principales recursos e influía notablemente en su política interna. Fue la Revolución de 1959, encabezada por Fidel Castro y los barbudos de las montañas, la que logró romper esa dependencia, instaurando un modelo antimperialista, socialista y profundamente latinoamericanista. Desde entonces, Cuba ha enfrentado múltiples agresiones, pero también ha mantenido una postura firme en defensa de la soberanía regional.
Esa tensión entre dos proyectos —uno imperial y otro liberador— no ha quedado meramente en el ámbito ideológico. La región de América Latina y el Caribe ha sido escenario de múltiples intervenciones militares, económicas y políticas por parte de Estados Unidos. Algunos ejemplos han sido la ocupación de Haití en 1915, el golpe contra Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 o el respaldo a dictaduras sanguinarias en Chile, Argentina y otros países del área.
Así, el actual despliegue militar en el Caribe debe entenderse como parte de esa continuidad histórica. Diversas organizaciones, movimientos sociales y otros actores regionales han exigido el cese inmediato de las provocaciones y el respeto al derecho internacional. La paz en esta parte del mundo no se debe construir con buques de guerra, sino con diálogo, cooperación y respeto mutuo entre los pueblos.
La defensa de Venezuela no es solo una cuestión nacional de ese país: es la defensa de la dignidad latinoamericana y caribeña frente a las pretensiones hegemónicas del imperialismo. En tiempos de amenaza, la solidaridad activa y la memoria histórica se convierten en herramientas imprescindibles para resistir y avanzar.












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