Volver a Giselle

Este fin de semana regresa el clásico al Teatro Nacional.
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Giselle, por el Ballet Nacional de Cuba

El cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba en Giselle. Foto: Cortesía de la compañía.

El ballet Giselle regresa a la sala Avellaneda del Teatro Nacional en una corta temporada de dos funciones: sábado y domingo, 5:00 p.m. No se trata de un título cualquiera en la cartelera del Ballet Nacional de Cuba, sino del clásico por excelencia de la compañía, uno de los grandes pilares del repertorio universal que en este país adquirió una dimensión singular gracias al magisterio de Alicia Alonso. 

Estamos ante una obra cumbre del romanticismo danzario que, en manos de Alicia, encontró una lectura capaz de conjugar respeto y renovación. Fue, sin discusión, una intérprete extraordinaria del rol protagónico: para muchos, la más grande Giselle del siglo XX. Más allá de esas comparaciones inevitables, lo cierto es que su aporte mayor consistió en traer la obra a la contemporaneidad sin traicionar sus esencias, preservando la pureza del estilo y, al mismo tiempo, tendiendo puentes hacia el presente. 

En su versión, Alicia afinó el tejido dramatúrgico concebido por Jules Perrot y Jean Coralli. No alteró la arquitectura original, pero sí depuró situaciones, clarificó motivaciones y eliminó elementos superfluos para que el conflicto amoroso y la dimensión sobrenatural convivieran con mayor coherencia. Esa limpieza narrativa, que hace más orgánica la progresión escénica, es una de las claves de la perdurabilidad de la versión cubana. 

Desde el punto de vista estilístico, la exigencia fue igualmente rigurosa. Alicia defendió las marcas del primer romanticismo: la línea precisa, la curva delicada de la pose, la sutileza del gesto y de la pantomima. No se baila Giselle como se asume El lago de los cisnes; son universos expresivos distintos, y en esa diferencia se juega buena parte de la autenticidad del repertorio. Ella lo entendió y lo defendió con firmeza pedagógica. 

Aunque la historia de la campesina engañada y las wilis no brote de matrices culturales cubanas, existe una manera cubana de asumirla. Se advierte en la intensidad dramática, en la entrega emocional, en la hondura con que se encarna el conflicto. Esa impronta no contradice el canon europeo: lo revitaliza desde otra sensibilidad. Ahí se cifra uno de los mayores logros de la escuela cubana, capaz de dialogar con la tradición sin mimetizarse. 

Volver a Giselle es, para la compañía que hoy dirige Viengsay Valdés, un ejercicio saludable y necesario. Significa poner en valor el gran repertorio, retar a los nuevos elencos y medir la madurez artística frente a un personaje que exige técnica depurada y verdad escénica. Cada reposición es también una prueba de continuidad y de rigor. 

La Giselle de Alicia no es solo la obra de una repositora brillante: es la cristalización de una escuela y, por derecho propio, patrimonio indiscutible de la cultura nacional.

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