OPINIÓN | Ferrer, un merecido paréntesis
Armando Ferrer
Cuando supe que Armando Ferrer volvía al frente de los Cocodrilos de Matanzas en la pasada Serie Nacional de Béisbol me dio mucha alegría, porque cuando sabes que alguien tiene una pasión, lo más lindo del mundo es que la pueda disfrutar, y al mentor le podrán gustar muchísimas otras cosas, pero ninguna la disfruta tanto como estar en un diamante.
Hay personas que pasan por la vida y nunca descubren su verdadera pasión, por eso de entrada ya tenerla es un éxito, porque servirá siempre de faro en medio de la más densa neblina.
Para algunos está en un pincel, un instrumento musical, un baile, el don de la palabra o cualquiera de las actividades que nos hacen especiales, pero más aún, dependientes de esa adrenalina como si fuese el oxígeno que respiramos, el aliento que sostiene al caminante cansado en su travesía.
La de Ferrer es estar en un terreno de pelota, y lo he visto disfrutar no solo desde el puente de mando, sino incluso cuando tuvo tareas de menos peso como asistente de otros mentores, porque en definitiva también como coach de tercera base se puede sentir esa inspiración que embellece lo cotidiano y la promesa silenciosa de que cada esfuerzo vale la pena.

La pasión de Armando Ferrer es estar en un terreno de pelota.
Sin embargo, cuando tienes una gran responsabilidad sufres más de la cuenta, por ti y por los demás, y el organismo se lo siente, como le ocurrió al yumurino antes de la pasada Serie.
En aquel momento su salud le mandó una alarma y tuvo incluso que ser hospitalizado, con varios meses luego de recuperación, y ahora el cuerpo le envió una alerta, por lo cual prefirió ausentarse en la inminente Liga Elite para entrar física y mentalmente al ciento por ciento en el siguiente campeonato.
Normal, porque una pasión no es un interés pasajero o un simple pasatiempo fugaz; es un fuego interno que arde sin cesar, que moldea el alma más allá del ruido mundano y las prisas insaciables.
En el caso de Ferrer, más que un acto de gozo es también una entrega profunda, una lucha constante contra la duda y el desaliento, entre el deber y el poder, sobre todo cuando, entrenador al fin, puedes tener las ideas muy claras pero no eres tú quien las llevas a la práctica.
Son muchas las virtudes de este hombre, pequeño de estatura pero grande de alma, y la mejor prueba es que sus pupilos se matan por él, dejando de lado a veces mejores condiciones y hasta volviendo de retiros.
Pero me quedo con una cualidad sobre todo, y es el agradecimiento, porque es muy fácil cuando tocas el cielo pensar que tienes alas, pero él tiene siempre los pies en la tierra y no se olvida de donde viene.
Por eso cuando le dio a Matanzas ese título que por tantos años esperaba esa linda afición no reclamó la gloria para sí mismo, sino que su primer pensamiento fue para su tutor, Sile Junco, y a él le dedicó el triunfo.
Por detalles como ese no puedo menos que desearle a Ferrer una pronta recuperación, para que vuelva a regalarse la osadía de soñar despierto, de bailar con el tiempo y de abrazar la incertidumbre como compañera fiel, de abrir el pecho a la maravilla y dejarse sorprender por los vericuetos de este hermoso deporte cuya pelota es redonda, pero viene en caja cuadrada.
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