Malthus, una vieja teoría nacida en anonimato y el debate sobre el hambre hoy

En pleno siglo XXI, millones de personas siguen sin disponer de alimentos suficientes. La inflación encarece las dietas básicas en países de bajos ingresos, los conflictos armados interrumpen cosechas y cadenas de suministro, los fenómenos climáticos extremos arrasan territorios enteros y la especulación financiera convierte a alimentos esenciales en mercancías sujetas a vaivenes de mercado.
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Foto ilustrativa: iSTOCK

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CubaSí

El economista inglés Thomas Robert Malthus no imaginó que un texto suyo publicado inicialmente bajo anonimato se convertiría en su obra más célebre y en uno de los materiales más polémicos de la historia del pensamiento económico universal. Desde la salida a la luz en 1798, su Ensayo sobre los principios de la población desató una tormenta de críticas y adhesiones que aún hoy se recuerda. 

La principal tesis de Malthus consistía en que la población humana crece más rápido que la producción de alimentos. Mientras los seres humanos se multiplican en progresión geométrica (multiplicación sistemática de su tamaño), los recursos lo hacen solo en progresión aritmética (con la adición de una cuantía a una cantidad ya existente), afirmaba. Para este pensador, el resultado era inevitable: hambre, miseria y conflictos. Se trataba de una visión sombría que, sin embargo, encontró eco en quienes veían en ella una advertencia necesaria.  
 

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El economista inglés Thomas Robert Malthus

El economista inglés Thomas Robert Malthus

Malthus había nacido en 1766 en Westcott, una localidad situada en el condado de Surrey, en Inglaterra, actual Reino Unido, a relativamente poca distancia al sur del río Támesis y de Londres. Falleció en 1834. No solo fue economista, pues también practicó el sacerdocio desde el anglicanismo y es considerado uno de los primeros demógrafos. Fue educado de acuerdo a los principios pedagógicos del filósofo ilustrado Jean-Jacques Rousseau, de quien su padre era íntimo amigo, según indican diversas fuentes.  

La nueva teoría fue para algunos de sus contemporáneos una revelación. Otros la asumieron como un ultraje a la moral y a la razón. En 1846, poco más de una década después de su muerte, el economista y político italiano Pellegrino Rossi, en la introducción a una de las ediciones del Ensayo sobre los principios de la población, escribiría que Malthus se vio rodeado de “encarnizados adversarios y de fanáticos admiradores”.

Entre los críticos más agudos estuvo Simonde de Sismondi. Este historiador y economista suizo señaló que, al plantear su teoría de la incompatibilidad entre el rápido crecimiento poblacional y el supuestamente limitado aumento de la producción de alimentos, Malthus había caído en una abstracción excesiva, pues comparaba progresiones matemáticas sin atender a la realidad concreta. En otras palabras, Simonde de Sismondi decía que la naturaleza no funciona con la rigidez de una fórmula, pues las plantas y los animales, fuentes de alimentos para las personas, se reproducen a ritmos mucho más acelerados que los humanos.

Por ejemplo, especies animales como los peces —alimento de enorme valor nutricional, con aportes de proteínas, grasas saludables, vitaminas y minerales esenciales, y que forman parte de la dieta humana prácticamente en todas las regiones del orbe— multiplican su número en escalas exponenciales, lo que demuestra que la naturaleza ofrece reservas de crecimiento mucho más dinámicas que las que Malthus presuponía. Esta disparidad expone cómo la teoría malthusiana, al desligarse de las condiciones reales, pierde fuerza explicativa y se convierte en un razonamiento falaz o, al menos, de una aplicabilidad incierta en condiciones concretas.

Sin embargo, aunque la información con que contamos hoy en día permite conocer las limitaciones de la teoría propuesta a fines del siglo XVIII por Malthus, también es cierto que parte de su advertencia conserva vigencia. La humanidad ha logrado expandir la producción agrícola gracias a la ciencia y la tecnología, pero eso no ha sacado del tablero un problema de fondo: la tensión entre crecimiento poblacional, sostenibilidad de los ecosistemas y distribución desigual de la riqueza.

En pleno siglo XXI, millones de personas siguen sin disponer de alimentos suficientes. La inflación encarece las dietas básicas en países de bajos ingresos, los conflictos armados interrumpen cosechas y cadenas de suministro, los fenómenos climáticos extremos arrasan territorios enteros y la especulación financiera convierte a alimentos esenciales en mercancías sujetas a vaivenes de mercado. Así, el hambre no es consecuencia inevitable del mero aumento poblacional, como pensaba Malthus, sino de desigualdades sociales y políticas que impiden que los recursos lleguen a quienes más los necesitan.

La formulación malthusiana, aunque nacida en una circunstancia histórica específica, sigue siendo un punto de referencia para pensar la relación entre población y recursos. Aunque no es válido aceptar sus postulados en su literalidad, es justo reconocer que el célebre economista inglés puso sobre la mesa una interrogante cuya solución resulta aún hoy un desafío para la sociedad: cómo lograr que el crecimiento de la población se acompañe de una producción suficiente y, a la vez, de una distribución justa de los recursos.

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