La moda de sancionar

Foto: Saul Loeb / AP
La política internacional contemporánea es demasiado compleja. Llama mi atención una tendencia que, si no fuera tan grave, parecería infantil. Me refiero a la sanción como método, en específico a lo que considero una obsesión de niño malcriado con perreta porque no logra sus objetivos y los quiere cueste lo que cueste.
Claramente hablo del actuar constante del gobierno de Estados Unidos, en particular la actual administración de Donald Trump que pareciera decretar sanciones como si firmara libros de cuentos. Las impone a gobiernos, empresas, bancos, funcionarios, familiares de personas que entiende espinadas, sectores económicos y hasta a terceros países que comercian con aquellos que consideran adversarios o que intentan someter, como nuestro caso.
La intimidación, de la manera que sea, es una herramienta antigua, pero puede adquirir una dimensión extraordinaria, para empezar, por la capacidad de convertir el peso de la economía estadounidense y de su sistema financiero en un mecanismo de presión global porque nadie quiere caer en la lista negra de la primera potencia mundial, pocos la desafían; y en segundo lugar, por lograr, de verdad, catástrofes internas como esta que vivimos los cubanos al no encontrar forma de salir a flote sin el exterminio de la salud mental popular y las condiciones de vida.
Para Trump la sanción es una moda. Digo yo. Me lo imagino en su sofá pensando en lo que se le atraviesa en su propósito e inmediatamente con mano suelta decreta una sanción, casi automática, sin meditarla mucho. ¿Será? Tiene que ser. Sin embargo, no porque parezca un juego sus consecuencias son blandas sino de grandes repercusiones.
Probablemente esta sea una conclusión a la que lleguen muchas personas, analíticas o no porque no hay más que evaluar el momento, ni siquiera hace falta contar cuántas sanciones ha impuesto el gobierno de Trump en un año y siete meses de mandato.
De hecho, en este sentido recientemente el portavoz del Ministerio de Exteriores de Irán, Ismail Bagaei, denunció a Estados Unidos de "adicción compulsiva" por la aplicación de sanciones, y afirmó que recurren a ellas porque no pueden conseguir avances por vía diplomática. Y este es otro tema, porque dialogar con ese gran país es una tarea titánica pues la prepotencia siempre es la primera en sentarse a la mesa, dicen quienes saben, además de la desconfianza de que puedan estar unos ahí y otros tramando lo contrario por la espalda.
Su manera de actuar es siempre con presión y asfixia, nunca con negociación real. Suelen pedir más de lo que les incumbe, y siempre quieren ganar, nunca admitir.
La sanción como herramienta excepcional es su respuesta acostumbrada frente al desacuerdo, y eso es ser inmaduro como persona y como político. Deberíamos ser capaces de reconocer nuestro lugar en el mundo, en primera instancia.
Desafortunadamente hablamos de Estados Unidos, un país poderoso que no solo cierra la puerta cuando se le ocurre y porque ve contradicciones en todos lados, sino lo que eso significa. La sanción no se trata de una simple multa, son activos bloqueados, restricciones del comercio, transacciones financieras nulas, además del límite al acceso a tecnología, entre otros ejemplos que impiden el normal desarrollo de un país porque ninguno, ni el que se crea más autosuficiente, puede vivir aislado.
Este tipo de actuar es efectivo, eso sí. De esa manera puede —y está acostumbrado— conseguir sus pretensiones en un menor tiempo sin necesidad de enviar a su ejército por las malas porque bien lo dicen por ahí, "en política todo vale". Es más barato así, aunque a veces les cueste una eternidad, tiempo que emplean en sumar sanciones cuando parece imposible que quepan más.
La Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro estadounidense (Office of Foreign Assets Control, OFAC) es la encargada de administrar programas de sanciones, algunos dirigidos a países completos y otros de manera específica hacia individuos, empresas o actividades determinadas. Su propia documentación explica que diseñan medidas para buscar alcanzar objetivos de política exterior y seguridad nacional. Y en ese saco de política y seguridad cabe casi cualquiera que lo adverse.
Ya sabemos los oprimidos que la magnitud del mecanismo es enorme. De acuerdo con información pública, la lista histórica de personas con sanciones cuenta con miles de nombres, no por gusto se necesita de una oficina para organizar tal actividad. Y esto quiere decir que no se trata de una tendencia temporal sino de un modo de operar ya cimentado.
Durante el primer año del mandato actual de Trump el ritmo de medidas de este tipo fue particularmente significativo. Según el Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense (Center for a New American Security, CNAS) solo en 2025 fueron incorporadas 1764 personas a esa lista, la mayoría aprobada por Trump.
Es decir, no se trata de una percepción exagerada de los dolientes, no es una invención retórica sino una desmedida realidad que es sistemática. ¿Quién puede tener tantos contrincantes? Más allá de que eventualmente obtengan los resultados políticos y económicos que pretenden por el exceso de presión, me pregunto si aunque sea una vez piensan —claro que no— en el sufrimiento que provocan no a un gobierno, a un país entero.
Esta lógica de máxima intimidación es, en el fondo, complejo por no poder resolver los asuntos de otro modo que con temor, y por tanto, además, no son capaces de tener relaciones normales ni sinceras, digo yo, ni con los aliados de turno. Es un mundo de hipocresía y salvajismo que ni siquiera alcanza la meta de cambiar la voluntad política, pero en el camino a ese sueño sí puede debilitar economías, más todo lo que de esto se deriva.
Sin embargo, aunque en la nebulosa estadounidense nunca es suficiente presión y siempre creen que están a punto de lograrlo, la verdad es que en algunos casos deberían ya saber que no vale la pena, si es que de verdad le importaran las personas comunes, como dicen.
Esa manía de sanción constante y por todos los frentes tiene efectos significativos en todos los aspectos, pero el castigo no es completamente eficaz. ¿Tiene sentido, entonces, seguir empleando esfuerzos, dinero, investigación y hasta imaginación?
No podemos negar que el castigo funciona, pues como en nuestro caso, cada medida que impida negociar o adquirir bienes nos hace daño y ciertamente nos encontramos en una encrucijada muy complicada. No obstante, por mucha necesidad que nos imponen, no consiguen su propósito supremo, aquí estamos, empobrecidos y más viejos, pero estamos.
¿Funcionan? Como alternativa de guerra, no sé, es una estrategia lenta que necesita de sumar más y más sanciones a cada rato, como en efecto hacen, ¿les divertirá ver poblaciones con penurias?
De manera general algunas sanciones han logrado modificar comportamientos o han ejercido presión para negociar acuerdos. Otras veces solo provocan que el castigado adapte su economía y busque incentivos para evadirlas a través de mercados fuera de la órbita estadounidense, o sea, proveedores y fuentes alternativas de capital que terminan en nuevas alianzas, es difícil, claro está.
Se convierte en un ejercicio que desgasta. Por una parte el creador de la sanción que no encuentra límites, y su contraparte obligada a reinventarse y aprender a esquivarlas.
Como hábil negociante, Trump demuestra una particular inclinación hacia la lógica de presión económica, como herramienta es el centro de su política exterior y comercial. En su lista han estado países como Irán, Venezuela, China, Rusia y Cuba, entre otros, además de personas, empresas, incluso embarcaciones.
Es su manera de prever que finalmente el contrario ceda. La dificultad está en que la política internacional no funciona como una operación inmobiliaria, y no siempre resulta en la aceptación de las condiciones sino en todo lo opuesto. Además de todo lo evidente, gente molesta que no quiere saber de entendimiento, ni con diplomacia. Entonces, la sanción por sí sola solo restringe, pero rara vez resuelve.
¿En qué momento este tipo de presión deja de ser un instrumento para convertirse en método de negociación? Quizás nunca tuvo ese fin. Probablemente con el tiempo no enmascara ser el objetivo mismo porque la vía diplomática tiene sus protocolos de concesiones, de sentarse a negociar en igualdad de condiciones. Por eso creemos que esta parte muchas veces se la saltan a propósito para seguir apretando con medidas sin tener que dar explicaciones, simplemente las comunican con una presunta justificación, a veces ni siquiera creíble, con poca base.
No sé, la sanción bien pensada ofrece resultados casi inmediatos, por eso son políticamente muy atractivas. Pero cuando no es así deberían cuestionarse si no pierde el sentido porque en realidad la política exterior se debería medir por los asuntos que consigue resolver y no convertirse en el juego eterno del sofoco.
El poder necesita límites, pero el mundo carece de mecanismos y mano dura para decirle a cada quien cuáles son los márgenes de sus competencias porque lo contrario significa jugar fuera de su jurisdicción, y esto tiene que ser tomado como delito. Estados Unidos, con su capacidad excepcional para utilizar la economía como instrumento de política exterior hace y deshace a su antojo y me pregunto hasta qué punto es legítimo y hasta cuándo confiará en ese poder omnipotente que expresa en cierre de bancos y otras entidades fundamentales, el bloqueo de cuentas y operaciones de todo tipo, la detención de inversiones y toda suerte de ideas macabras que empobrecen economías y que muy en sus adentros significa familias castigadas que subsisten no se sabe ni cómo.
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#TrumplLandiaReporTrusTrutHomEnjoYou
#TrumpLandiaReporTrusTrutHashtaGeniu.