La dismorfia es mental

No pretendemos demonizar la cirugía estética, si funge como herramienta de bienestar, si es necesaria.
Fuente:
CubaSí

Un asunto que vemos mucho en redes sociales (RRSS) y que ha tomado auge en tiempos recientes a nivel mundial, aunque no es nuevo, es la corrección estética y el retoque facial. Es preocupante que ya no se trata, como antaño con la cirugía plástica, de reparar rasgos físicos resultado de traumatismos o enfermedades, incluso corregir supuestos defectos para eliminar complejos y aumentar autoestima, porque también.

Se ha trastocado su génesis a tal punto, que parece no tener fin la fijación por el cambio, y cada quien es libre de asumir el riesgo que supone una intervención quirúrgica o procedimiento menos invasivo, pero llama la atención la cantidad de personas inconformes consigo mismas que prefieren someterse a todo tipo de práctica, aunque implique cierto nivel de desagrado posterior, porque nunca se sabe, deformidad para siempre o peligro mortal, como le ha sucedido a no pocas que se han quedado en el quirófano o muerto después, o aquellas que se vieron peor y no se atrevieron a volver a aparecer en público.

Este tipo de ejercicio ha trascendido para convertirse en un tema más complejo, casi una moda, que se adentra en terreno existencial cuando se pasa de la línea al modificar de manera sistemática aspectos que identifican. Sí, mejorar la apariencia está bien porque vernos mejor nos complace, pero cuando se vuelve manía y se acude a esta práctica constantemente para borrar las marcas del paso del tiempo o para cambiar partes, ya sea nariz, líneas faciales, pecho, abdomen y más, estamos ante un desequilibrio, una especie de dismorfia mental que surge de la no aceptación de lo que muestra el espejo.

Para muchos, no basta con solo eliminar una arruga, sino perseguir un ideal. Por eso, si somos observadores y comparamos, quizás encontremos iguales facciones, misma nariz afilada, mismos labios henchidos, mismas cejas y prototipo de cuerpo voluminoso, como si salieran en serie de una fábrica determinada, como si los cirujanos no conocieran diversidad de formas, por ejemplo.

 

 

Sin embargo, lo que parece menos importante, pero lo es, es que de tanto rectificar, estirar, rellenar o suprimir (al menos en rostro) puede dejar una expresión totalmente reinventada y acabar con lo que distingue a cada quien. Recordemos tantos casos célebres que muchas veces han hasta negado intervenciones, pero se han mostrado muy cambiados con los años, al punto de ser ligeramente irreconocibles con sus caras nuevas.

Sea lo que sea, entre ellas podemos citar a Renée Zellweger (1969), Nicole Kidman (1967), Jennifer Grey (1960), incluso Mickey Rourke (1952), Michael Jackson (1958-2009) y Linda Evangelista (1965). Otros más evidentes en adicción y distorsión son Jocelyn Wildenstein (1940-2024) y Donatella Versace (1955), pero la lista es amplia.

Mientras, otras famosas como las Kardashians-Jenner, Cate Blanchet (1969), Cher (1946), Sandra Bullock (1964), y tantas más, desafían constantemente el envejecimiento, al punto de exhibir encanto invariable, parecer congeladas, siempre lozanas con sus figuras juveniles a los 180 años de edad que sabemos que tienen algunas. No podemos asegurar que sean resultado de padecer dismorfia corporal, inconformidad total o por presión de la fama, pero se ven divinas siempre listas para la cámara.

No está mal enderezar dientes, cuidar la gracia; trabajar o pagar para verse mejor, si eso significa amor propio y empoderamiento, es respetable. No obstante, no es lo mismo hacer retoques y buscar cambios con estilo de vida, con el apoyo de ejercicio, nutrición, maquillaje y otros tipos de atenciones, que dejárselo absolutamente todo al bisturí y nunca quedar conforme. Cuando esto sucede y coincide con que esos supuestos desperfectos autopercibidos no son visibles para el resto o son leves, a menudo responde a un trastorno que puede desencadenar emociones negativas como depresión, ansiedad, ansiedad social y vergüenza. De ahí que se decida a toda costa la intervención.

 

 

No podemos culparlos del todo, nos vuelve locos esa persecución en contra de la flacidez, por el encanto, la perfección y la juventud. Deberíamos mirar la belleza de otra manera, abrazar nuestras peculiaridades, lo que nos hace únicos en el mundo y nos distingue. La autoestima es variable, es cierto, y el bombardeo de los mass media es fuerte porque nos induce pensamientos subliminales y constantemente nos comparamos y recibimos demasiada información que nos dice que la línea de expresión está mal, que lo correcto es tener piel perfectamente lisa sin marcas de sol, la ceja arqueada y no el ojo encapotado, mucho menos una pancita o forma de cuerpo tal distante del prototipo mediático que desafía la gravedad.

El ideal no puede ser la celebridad que produce su imagen para publicarla en RRSS. Debemos saber que detrás hay una intención, un trabajo, una edición, una postura, un ángulo, una iluminación, y que, además, la gente de los medios tiene una vida diferente que en muchas oportunidades depende de la apariencia, y para ello se empeñan con un estilo y recursos distintos a las personas comunes. Debemos reconciliarnos con nuestro rostro, nuestra forma corporal única, con lo que vemos en el espejo, y no caerle atrás a los estándares, ni asumir que somos lo que vemos en el selfie del teléfono porque las cámaras y los filtros tampoco son la realidad.

Y este es otro punto que crea insatisfacción e incita a buscar correcciones: el análisis crítico y el creerse lo que devuelve la pantalla porque nos ofrece imágenes deformadas ópticamente, resultado de un algoritmo para realzar atributos y mantenernos contentos. Aquí radica el primer quiebre de identidad actual porque lo que vemos en nuestros dispositivos es a lo que queremos parecernos, pero el espejo nos defrauda.

Esta dismorfia consecuencia de la exposición constante a nuestro rostro conformado por, sobre todo, filtros de embellecimiento automático que afinan nariz, agrandan ojos, tensan y colorean la piel de porcelana, favorece el abismo insalvable entre el «yo físico» y el «yo digital», y esto, acompañado de campañas sin fin de marketing como estrategia de consumo establecida con la comparación en todos los sentidos.

 

 

¿De verdad queremos esas frentes que no se mueven y no pueden expresar sorpresa real, un labio excesivamente perfilado sin capacidad para sonreír? Lo lamentable es que, en el fondo, este fenómeno esconde un asunto más poderoso: la necesidad de validación social a través de un canon de belleza globalizado. Pero, pensemos bien, ¿es necesario, es vital?

Ya no se usa lo natural y en el camino de esa tendencia perdemos autenticidad. Digan lo que digan, no está bien normalizar ni romantizar esa búsqueda constante de la perfección y perder salud física y mental por ello. Debemos rechazar lo que nos dice la Inteligencia Artificial de las RRSS, lo que intentan vendernos las celebridades. Los seres humanos ya somos seres divinos no simétricos tal y como venimos al mundo, envejecer está bien, es indicador de que estamos vivos y cada línea en la piel nos recuerda cuánto hemos amado y sufrido, y en eso consiste la vida. Otra cuestión es no descuidarse y atender nuestra apariencia, pero dentro del marco razonable, que no nos cueste una fortuna ni suponga más riesgo que beneficio.

No pretendemos demonizar la cirugía estética, si funge como herramienta de bienestar; solo queremos abrir los ojos contra la pérdida de la identidad y del gesto herencia familiar, y apuntar a esa delgada línea entre la mejora y la despersonalización porque cuando una persona se somete a tantos procedimientos, su rostro deja de moverse con naturalidad o sus facciones no responden a las emociones que pretende expresar. Recordemos que la perfección estética no existe, es una fantasía.

Añadir nuevo comentario

Texto sin formato

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de correos electrónicos y páginas web se convierten en enlaces automáticamente.