Geopolítica: Si la guerra estalla mañana…

Estados Unidos, desde hace tiempo, es antieuropeo. Mantiene relaciones con Bruselas porque es estratégico, pero sabe que su objetivo no solo es someter a sus enemigos, sino a sus amigos.
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Prueba del nuevo misil ruso Sarmat

Prueba del nuevo misil ruso Sarmat, el 12 de mayo.RUSSIAN DEFENCE MINISTRY PRESS SERVICE (EFE)

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¿Qué puede pasar con Europa en un escenario de confrontación real con Rusia? Hasta el momento la guerra de Ucrania se ha mantenido dentro de las fronteras y nada indica que Moscú tenga un interés por ir más allá. Sin embargo, la propaganda atlantista habla acerca de un supuesto imperialismo ruso. Todo ese caldo de cultivo se hace para preparar el terreno ante un escenario que requiera justificación ideológica. Europa desde la Segunda Guerra Mundial es un actor de un orden mediano cuya geopolítica depende de su relación con los Estados Unidos. La OTAN funciona como un grillete que sostiene a los países europeos sujetos a una posición siempre subordinada en materia de decisiones fundamentales en cuanto a lo militar. Es poder blando diplomático, mezclado con estrategia de control y de inteligencia.

Sin embargo, ante una guerra entre Europa y Rusia mucha de las lógicas que funcionan en este momento quedarían quebradas porque la economía por derecho natural hace codepender a estos países.  Occidente le compra a Moscú energía y este, productos elaborados. Esa dinámica se ha visto rota en los últimos tiempos de rusofobia. Los países del Báltico por ejemplo por peso esencial gravitan más en torno a Rusia que a Occidente. Las élites de estas naciones han puesto en riesgo la seguridad nacional al entronizar narrativas belicistas ante una superpotencia que posee el arsenal nuclear de mayor tamaño del mundo. Pareciera que ni la lógica ni la realpolitik están funcionando en esas decisiones y que se gobierna de espaldas a las necesidades de la gente. Ya el precio de la electricidad en los países europeos se ha disparado porque las sanciones hacia los rusos las pagan los ciudadanos con el costo de transportación extra que presupone ir a otros mercados. El colapso de la competencia ha venido como resultado de la subida de los costos de producción. Alemania por ejemplo ha llegado a cifras históricas de contracción porque sus fábricas requieren de energía barata y directa y en realidad la están pagando cara y deficiente.

Estados Unidos, desde hace tiempo, es antieuropeo. Mantiene relaciones con Bruselas porque es estratégico, pero sabe que su objetivo no solo es someter a sus enemigos, sino a sus amigos. Y eso va muy en consonancia con la famosa frase de Henry Kissinger de que es peligroso oponerse a los norteamericanos, pero peor aún aliarse. Por ende todo lo que hunda la competencia europea en realidad forma parte de la agenda. La idea es un ganar/ganar que neutralice a aliados y adversarios y deje a los Estados Unidos en su aislacionismo continental como único ganador de la contienda. Algo así como la reedición de los resultados de las dos anteriores guerras mundiales.

Si la guerra estallara mañana, Estados Unidos haría todo lo posible para que solo se mantenga en Europa y ocurra con armas convencionales, transformando el choque en una contienda proxy para desgastar a amigos y enemigos. Pero tal cosa juega con fuego y se acerca a un escenario impredecible. Moscú ha dejado claro que si está en juego la supervivencia de su Estado activará su doctrina nuclear que contiene algo tan terrible como la conocida Mano Muerta, o sea un sistema de control de lanzamiento que, aún muriendo todo el mando ruso, envía las bombas de forma automática contra los atacantes y les hace pagar.

Europa ha dejado de ser el continente de la estabilidad y la seguridad y se asoma a un abismo con su alineación hacia Estados Unidos, una alineación que la ha obligado a cortar los lazos naturales con el este y apostar por fórmulas en las cuales se atenta contra la propia vitalidad. Si mañana mejorara la relación con Moscú, el mundo estaría más seguro, pero la élite globalista no quiere eso, en realidad ellos gobiernan contra el pueblo y a partir de redes clientelares. Por ello necesitan la criminalización del disenso y la persecución de todo lo que sea prorruso. ¿Pueden las repúblicas bálticas sostener una guerra contra Moscú? No, solamente a través de narrativas. Lo cultural juega un papel importante en las relaciones internacionales, pero no debería ser un espejismo que oculte la realidad de la correlación de fuerzas.

Nunca antes el mundo ha estado tan en peligro de una tercera guerra mundial. Ni siquiera en la época de la Guerra Fría. Por entonces el escenario del tercer mundo funcionaba como un mecanismo de distensión en el cual las fuerzas chocaban sin llegar a males mayores. Hoy todo eso se ha disuelto y Occidente crea una confrontación en las narices del Kremlin, sin pensar en las consecuencias. Pareciera que las élites occidentales dejaron de lado el sentido común, la racionalidad y la búsqueda de equilibrios globales. En todo caso, sin que debamos exagerar, Occidente se comporta como una potencia enferma que lanza sus dardos al azar, con la esperanza de que al menos uno dañe a las naciones emergentes.

El 2026 es un año difícil en materia de relaciones internacionales. Hasta noviembre estaremos al borde de que cualquier mala jugada nos lleve a la guerra global. La imprudencia y la carencia de miras claras han convertido el Medio Oriente en un polvorín donde ya nadie está seguro. El escenario se está saliendo de control. Ante esa crisis, Europa se mueve vacilante, entre la lealtad a la OTAN y el impulso de hacer su propia agenda. Solo un cambio total mueve este proceso hacia categorías diferentes, uno que conmueva la estructura del tejido político heredado.

Quedan meses antes de que todo tome quizás una forma más predecible. Hasta entonces, el aislacionismo de Estados Unidos, la indecisión de Europa y las políticas belicistas erráticas, estarán ahí.

 

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