Geopolítica: Claves de la visita a China
La reciente visita del presidente de los Estados Unidos a China evidencia un cambio. En apariencia Beijing realizó un protocolo de total respeto hacia el mandatario norteamericano, hubo recibimientos, mítines, ovaciones. Pero todo eso es poder inteligente asiático que encubre un nuevo momento en las relaciones internacionales. La visita es quizás el suceso en términos de geopolítica que más estará decidiendo los próximos años. El fracaso de la cuestión de los aranceles y del proteccionismo norteamericano, la lucha de Washington por los mercados, la competencia en torno a la Inteligencia Artificial y las tecnologías, el acceso a las tierras raras y los minerales; todo eso estaba sobre la mesa de negociaciones y China llevaba ventaja.
Entonces, ¿para qué negociar con Estados Unidos?, ¿no se supone que son adversarios geopolíticos? Con esta realidad está sucediendo algo que ya hemos visto en la historia y que impone un acercamiento más comedido al fenómeno.
Cuando se dio el ascenso de Estados Unidos a finales del siglo XIX hubo un periodo de codependencia entre ellos y el Imperio Británico. No solo por la concomitancia de fronteras en el caso de Canadá, sino porque en la medida en que Norteamérica pasaba a ser el taller del PIB mundial, Inglaterra era su principal acreedor y socio comercial. Al punto de que hacia 1898 Londres no interviene en la Guerra Hispano Cubano Norteamericana porque estaban en algo que en relaciones internacionales se conoció como la Espléndida Querendad o sea un lazo especial entre ingleses y estadounidenses que a lo largo del siglo habían sido enemigos irreconciliables. Todo dado porque Estados Unidos vendía y Gran Bretaña compraba. Uno era la cara de la moneda del otro. Los capitales norteamericanos necesitaban libras y los capitales ingleses productos y manufacturas. Hoy pasa lo mismo con la relación sino/norteamericana. China no puede hundir de la noche a la mañana la economía de Estados Unidos, aunque pueda hacerlo, ya que se haría un daño irreversible a sí misma al perder su mayor mercado y quedar subvertido el orden financiero así como el valor de sus reservas de divisas (muchas en dólares). Un terremoto en las finanzas es inestabilidad y eso —a estas alturas— solo le conviene tácticamente a Estados Unidos. No a un nivel estratégico, ya que Washington en el fondo busca un reacomodo de sus intereses y participar del crecimiento chino. El empresariado puntero norteamericano no en balde estuvo presente en esta visita a Beijing. Trump ha aplicado la “teoría del loco” para meterle presión a China con más inestabilidad a menos que se llegue a negociaciones. Anotar que Washington usa un arma que también le hace daño y ello habla sobre el estrecho margen de maniobra real que ya posee en la economía global.
¿Qué pasó en el siglo XX que se dio la transición entre una y otra superpotencia? Dos guerras mundiales desestructuraron la economía mundial restándole importancia a Europa como punto geopolítico. La gran devastación de las viejas potencias trajo consigo el Plan Marshall y con él la dependencia de los imperios coloniales hacia el dólar y las manufacturas norteamericanas. La transferencia tecnológica culminó sepultando la competencia europea. Los ingleses, que no fueron ocupados por Alemania, se endeudaron con Estados Unidos y concedieron tratados onerosos que los hicieron retroceder geopolíticamente. Nadie sabe si ese escenario se vaya a repetir exactamente, lo más probable es que no, pero sirve como un espejo. Quizás las tensiones belicistas actuales sean el preludio de una fuerza que lleve el mundo a la necesidad de un nuevo pacto social geopolítico. En todo caso, el propio Secretario de Estado de los Estados Unidos reconoció durante esta visita a China que Beijing en pocos años tendrá un ejército con capacidad de proyección global y rivalidad con el norteamericano —si no lo posee ya— y eso dice mucho de la conciencia que los círculos anglosajones tienen de su decadencia.
No todo se decide en lo militar, pero posee un peso. Si China es capaz de llevar adelante una presión constante sin entrar en guerra directa podrá imponerle a Estados Unidos condiciones de transición. Una de las cosas que ayudó a los norteamericanos a emerger como superpotencia fue la posibilidad de por su lejanía no sufrir los embates de un golpe devastador en una campaña bélica. El crecimiento industrial y la venta de productos incluso a los adversarios hicieron que Estados Unidos tuviese la posibilidad de un PIB que absorbió los mercados de los viejos imperios en pocos años. Hoy la ecuación se ha invertido y Estados Unidos solo posee una ligera ventaja en Inteligencia Artificial que se acorta por días en la carrera que realizan los chinos. Todo es cuestión de financiamiento y —por mucho que el Estado norteamericano subvencione a compañías como Nvidia— Beijing ha colocado a sus mejores empresarios a competir para el mejor posicionamiento en este reglón. Paradójicamente, los mismos norteamericanos le temen a la IA porque puede crear un terremoto nacional en cuanto a empleos que hunda el resto del tejido social y la gobernabilidad. Si se desata un cambio abrupto y brutal en la estructura de trabajo —cosa que ya está en condiciones de ocurrir, pero que por geopolítica no pasa— China seguirá produciendo manufacturas y bienes industriales por cantidades, mientras que la economía de servicios de Occidente entra en recesión. Los servicios seguirán, pero no habría cómo sostenerlos porque sin empleos desaparece la capacidad de compra. Esta dialéctica del mercado es inherente a la geopolítica global. China necesita que el mercado no se hunda, que la capacidad de compra siga, que los servicios se sostengan. Eso explica la visita y el tratamiento entre los líderes de ambas superpotencias. Son una misma cosa en cuanto a la realidad económica hasta cierto punto. No porque lo deseen, sino porque la verdad concreta se impone con sus duras leyes.
Si China y Estados Unidos llegan a un acuerdo aunque sea verbal eso tiene un peso en el posicionamiento de terceros países. La conmoción que generan los intereses de las grandes potencias se replica de manera regional. Sin dudas, lo acontecido con el Estrecho de Ormuz tuvo mucha relación con esta visita. La incapacidad de los norteamericanos de sentar a Irán en una mesa bajo sus condiciones hizo que tuvieran que negociar con Beijing. Y es que China es el puntal del nuevo mundo emergente, del cual forma parte Teherán en cuanto a lógica geopolítica. Si Estados Unidos hubiera ganado la guerra —como sostienen los medios occidentales— no se habría reunido con China, sencillamente imponían sus condiciones y hasta un gobierno de transición pronorteamericano.
Están por verse, de aquí hasta noviembre, qué otras volteretas ocurrirán en la actual administración, que ha pasado de denostar a China al elogio y la mesa de diálogo. Estos hechos no se pueden analizar con emocionalidad, ni mediante un punto de vista metamorfoseado en prejuicios, sino con la geopolítica como escalpelo.
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