El fenómeno de pareidolia

No es un trastorno, nos recuerda nuestra propia existencia e historia de la humanidad.
Fuente:
CubaSí

A veces el cerebro engaña, digamos, miente con simpatía. Un ejemplo claro es cuando encontramos formas inusuales en objetos o paisajes cotidianos, y eso nos obliga a mirar dos veces para entender que no es lo que vimos en esos primeros segundos sino una interpretación caprichosa y completamente mental de un escenario simple.

Se trata de un fenómeno normal, estudiado y fundamentado por la ciencia que intenta ponerle nombre a un "espejismo". El cerebro trata de dar sentido a imágenes inciertas que reconoce y codifica a través de patrones aprendidos, como las caras si capta lo esencial que parezca dos ojos con una nariz en medio y una boca más abajo; o una silueta si parece haber cabeza, tronco y extremidades, aunque difusas.

¿Quién no ha descubierto figuras abstractas en las nubes? Este era un ejercicio en la niñez que expresaba cuánta imaginación teníamos porque algunos hallábamos imágenes rebuscadas en donde otros solo veían "motas de algodón" en constante movimiento y disipación.

Pero el ejemplo va más allá porque a veces también descubrimos rostros en entornos más extraños todavía como una mancha en la pared, la espuma del café o la fachada frontal de un auto.

 

No es un fallo de nuestro sistema, al contrario, es fascinante porque no solo es chistoso, es un suceso que denota herencia de nuestra evolución y demuestra que ver no es solo un acto de los ojos, sino del cerebro por buscarle sentido al caos. Además, es una función neurológica con beneficios.

Sin embargo, aunque la denominación "pareidolia" puede sonar técnica, casi clínica, su origen esconde una raíz poética. De acuerdo con las referencias lingüísticas, es un neologismo, o sea, una palabra que fue insertada por la fuerza del uso. El término proviene del griego "pará" que significa "junto a" o "más allá", en el sentido de una ilusión o alteración, y "eidolon", que se traduce como "figura", "imagen" o "fantasma".

Literalmente se refiere a una "imagen adjunta" o una  figura que se superpone a la realidad en un contexto que nada tiene que ver. El concepto pareidolia comenzó a ser frecuente en el ámbito de la psiquiatría en el siglo XIX para describir esas ilusiones perceptivas, antes descritas, pero pronto se entendió que no pertenecía al catálogo de patologías, sino al de la normalidad más cotidiana.

Al respecto muchos se preguntan si es un defecto o un escudo protector. No obstante, para la psicología y la neurociencia, la pareidolia es más común en un cerebro hiperactivo y profundamente social, por eso les sucede más a algunas personas y otras nunca encontrarán la figura si no se la explican al detalle.

 

Pareidolia se relaciona con la Gestalt, la corriente psicológica que estudia cómo configuramos la realidad, y sencillamente responde a que nuestro mecanismo mental detesta el vacío y el desorden, por tanto, si recibimos un patrón aleatorio como las vetas de la madera de un tronco de árbol como en la fotografía de portada, quizás nuestra mente intente organizar y creer que una lechuza le mira y sonríe.

Lo curioso es que si analizamos son rostros lo primero que busca el cerebro. La ciencia refiere que reconocer una cara en milisegundos no es pasatiempo, es vestigio de la evolución humana porque durante milenios la diferencia radicó entre la vida y la muerte.

¿Qué quiere decir esto? Es una respuesta procesada en una zona específica del cerebro llamada área fusiforme facial, y se entiende porque para nuestros ancestros en la sabana africana prehistórica, por ejemplo, era mucho mejor confundir una sombra o arbusto con el rostro de un depredador y que fuera un falso positivo, que ignorar un peligro real por no haberlo visto a tiempo. Evolucionamos siendo desconfiados y en extremo visuales, siempre será ventajoso equivocarse que ser devorado.

No es un trastorno, y claro que ya hoy no tenemos que huir, al menos, de animales salvajes, pero ahí tenemos la pareidolia que nos recuerda nuestra propia existencia e historia. Es un fenómeno que refleja la esencia humana y al mismo tiempo es conmovedor cuando, por encima de todo, asimilamos que somos seres diseñados para encontrar coherencia, conectar y buscar empatía incluso en objetos inanimados, con información dispersa o vaga. 

 

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