De pobreza y comunismo
Como quizás muchos ya conocen, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, hizo del comunismo su principal objetivo de ataque en la reciente conmemoración del aniversario 250 de la independencia de la nación norteamericana.
Coincidentemente, desde Lima, la recién electa presidenta de Perú, Keiko Fujimori, atacó abiertamente al comunismo, dijo que es el principal mal para los pueblos y no mencionó para nada que los grupos que combaten esa idea han sido los causantes de ello. En fin, otro elemento para la derecha patrocinada por el colorado presidente.
En todo esto desentona este discurso del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani -calificado de comunista por Trump-, quien, con motivo de la fecha independentista, valoró las distintas percepciones sobre los valores, las libertades y la inmigración en el país norteamericano.
Durante su discurso, destacó que en el "país más rico de la historia, niños se acuestan con hambre, mientras que el primer billonario del mundo -Elon Musk- ansía ganar más". "Vemos monopolios que dominan todas las industrias y oligarcas que compran elecciones", prosiguió, antes de criticar la política antiinmigratoria impulsada por la Administración Trump: "Vemos a agentes enmascarados aterrorizando nuestras calles, comiéndose la comida que preparan nuestros vecinos indocumentados, antes de llevárselos en furgonetas sin distintivos".
En este contexto, evocó las palabras de uno de los padres fundadores del país, Thomas Paine, quien veía en EE.UU. un refugio "para los perseguidos amantes de la libertad cívica y religiosa". Sin embargo, hoy en día, "demasiados de nuestros líderes no creen en una visión de esta nación como un asilo para los perseguidos, sino más bien como una que persigue a quienes buscan asilo", lamentó.
Todo esto se refleja en los crecientes índices de pobreza en Estados Unidos.
Independientemente de que un indeterminado número de personas viven en las calles, en plena mendicidad y abrumada su salud por las drogas, sobre todo en las principales urbes del país, se calcula que el número de pobres fuera de esa situación bochornosa y extrema, asciende a 42 millones, luego que la cifra oficial del 2024 -primer año del segundo mandato de Trump- la ubicaba en 35,9 millones, una tasa oficial de 10,6%.
Bajo la medida suplementaria de pobreza (SPM), que incorpora impuestos, ayudas públicas, gastos de trabajo y costos médicos, la tasa sube a 12.9%. Esa diferencia no es un detalle técnico: cambia por completo la lectura del problema.
La plataforma editorial estadounidense Quinto Frente, que se dice independiente, ejemplifica: ”Imagina a una madre sola que trabaja por horas, paga alquiler en una ciudad cara, y cada mes decide entre gasolina, comida y una visita médica. Ese retrato no es una excepción estadística; es el tipo de situación que la pobreza estadounidense suele esconder cuando solo se mira el ingreso anual antes de pagar los impuestos y sin ajustar por vivienda, salud o transferencias”.
Lectura práctica: la cifra oficial es útil para comparar tendencias, pero no siempre refleja el costo real de vivir, pagar vivienda, salud y transporte. La pobreza cambia de forma notable según vivienda, empleo, composición del hogar y acceso a apoyos sociales.
En Estados Unidos, el Census Bureau usa la medida oficial de pobreza para determinar quién cae por debajo de un umbral monetario que varía según el tamaño y la composición de la familia. Ese umbral no cambia por región, aunque sí se ajusta por inflación. La metodología oficial usa ingresos monetarios antes de impuestos y no incluye ganancias de capital ni beneficios no monetarios como vivienda pública, Medicaid o cupones de alimentos.
La medida suplementaria de pobreza (SPM) corrige parte de ese sesgo. Incluye impuestos federales y estatales, gastos de trabajo y gastos médicos, y también ajusta por variaciones geográficas en costos de vivienda. Por eso la SPM suele resultar más alta que la medida oficial: no porque “exagere”, sino porque se acerca más al costo real de sobrevivir en distintos mercados de vivienda y salud. Esa es una inferencia razonable a partir de su diseño metodológico.
CONCENTRACIÓN
La pobreza no se distribuye de manera uniforme. En los datos del 2024, la pobreza en estados y áreas metropolitanas siguió mostrando una geografía desigual. Entre las 25 metrópolis más pobladas, Washington, DC y Minneapolis registraron 8.3%, Denver 8.5%, y Boston y Seattle 8.8%; en el extremo alto aparecieron Houston con 14.4% y Detroit con 14.1%.
A nivel estatal, el reporte del 2024 del Census Bureau informó que la pobreza bajó en 13 estados y Puerto Rico, subió en Dakota del Norte y en el Distrito de Columbia, y no cambió significativamente en 36 estados. Para el análisis subnacional, el Bureau recomienda promedios de tres años por confiabilidad estadística; bajo ese enfoque, Utah estuvo entre los estados con menor tasa oficial+ (6.6%) y Louisiana entre los más altos (19.4%), mientras California figuró entre los más altos de SPM (17.7%).
Ese patrón es importante para periodistas y decisores: la pobreza en Estados Unidos es nacional, pero sus expresiones territoriales son locales. El mapa cambia según el mercado de vivienda, el nivel salarial, el costo de vida y la estructura demográfica de cada estado o metro.
LOS MÁS AFECTADOS
La desigualdad etaria sigue siendo clara. En el ACS del 2023, la tasa de pobreza infantil fue 16.0%, frente a 12.5% para el total de la población; entre personas de 65 años o más fue 11.3%. En otras palabras: los niños siguen siendo el grupo más expuesto, aunque los adultos mayores también muestran una vulnerabilidad persistente.
En el reporte nacional del 2024, el Census Bureau señaló que la tasa oficial bajó para personas blancas, asiáticas e hispanas, mientras que la SPM aumentó para personas de 65 años y más y para personas negras. Esa divergencia importa porque revela que una mejora en la métrica oficial no siempre se traduce en una mejora equivalente cuando se incorporan costos y apoyos reales del hogar.
También hay un sesgo regional fuerte. En el 2023, más de tres cuartas partes de los estados del Sur tenían pobreza infantil de 17% o más, mientras que en el Noreste y el Oeste la mayoría de los estados quedaba en las categorías más bajas. En el extremo alto de pobreza infantil aparecieron New México, Louisiana y Mississippi; en el extremo bajo, New Hampshire, North Dakota, Vermont y Utah.
EL TRABAJO NO LO ES TODO
Trabajo e ingreso suficiente no son lo mismo. El Bureau of Labor Statistics publicó que la tasa de “working poor” entre personas en la fuerza laboral durante 27 semanas o más fue 3.8%. Entre quienes solían trabajar tiempo completo fue 2.4%, mientras que entre trabajadores de tiempo parcial subió a 9.4%. Tener empleo reduce el riesgo de pobreza, pero no lo elimina.
La lógica técnica detrás de esta realidad también está en la medición: la pobreza oficial mira ingresos monetarios antes de impuestos, sin valorar de forma plena beneficios no monetarios ni el peso de costos como vivienda y salud. La SPM, en cambio, sí incorpora esos elementos. Eso significa que una persona puede trabajar y, aun así, quedar corta cuando el alquiler, el transporte, el cuidado infantil o los gastos médicos devoran el ingreso disponible.
El mismo salario no compra lo mismo en Houston, Boston o San Francisco. Ese diseño confirma que la vivienda es una variable central para medir pobreza real.
La SPM también incorpora gastos médicos y costos relacionados con el empleo; por eso captura tensiones que la medida oficial deja fuera. Además, una familia de cuatro no enfrenta el mismo umbral que una persona sola, y menos aún el mismo costo de crianza.
En fin, la pobreza en Estados Unidos no es solo falta de empleo. Es, sobre todo, una combinación de ingreso insuficiente, costos demasiado altos y apoyos públicos que a veces compensan y a veces no alcanzan. En una palabra: la pobreza estadounidense es tanto un problema de ingreso como de precio, pero no hay que pasar por alto que en ello influye la desigualdad social, el apetito de quienes tienen mucho y quieren más a costa de los más sacrificados, sin que el comunismo tenga que ver algo con ello.
Esto ocurre en la nación más rica y poderosa del planeta con enorme presupuesto para la industria armamentística, pero donde la educación y la salud tienen un alto precio y los magnates industriales se aprovechan de ello.
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