De fe y de ciencia: ¿monjes en el saber universal?

A través de su historia, los claustros monásticos no solo han sido centros de espiritualidad, sino también refugios para el saber. Durante siglos caracterizados por la escasa difusión del conocimiento, fueron hombres de religión quienes protagonizaron trascendentales descubrimientos y aportes a la ciencia y la cultura. Desde la preservación de documentos de la antigüedad hasta la innovación, existen disímiles ejemplos de cómo la vida monasterial contribuyó a iluminar el camino del pensamiento humano y a sembrar las bases de la cultura universal que hoy conocemos.
Varios han sido los monjes que alcanzaron su celebridad por representar esa confluencia entre fe e ilustración. Sus nombres atraviesan la genética, la filosofía, la contabilidad, los idiomas, entre otras ramas del saber. Muchas de las soluciones prácticas o métodos de organización que en la actualidad nos rigen se deben a la obra intelectual de prominentes sacerdotes.
Uno de esos ilustres fue Gregorio Mendel, quien nació en el entonces imperio austríaco, en territorio de la actual República Checa, el 20 de julio de 1822. Reconocido frecuentemente como el padre de la genética, Mendel se valió de roedores, abejas y, sobre todo, plantas de guisantes para estudiar cómo se desarrollaba en la naturaleza la trasmisión de caracteres entre una generación y la siguiente.
De acuerdo con una publicación de National Geographic, “en aquellos tiempos era un hecho generalmente aceptado que los rasgos hereditarios de cualquier especie se obtenían simplemente de la mezcla diluida de los rasgos que estaban presentes en ambos progenitores y también era comúnmente aceptado que las generaciones futuras de un híbrido volverían a su forma original, lo que implicaba que un híbrido nunca podría crear formas nuevas”.
Sin embargo, tras minuciosas pruebas con plantas de guisantes, Mendel descubrió regularidades cuya comprensión fue imprescindible, años después, para el desarrollo de las ciencias biológicas. Gracias a su trabajo se pudo comprobar que los miembros de un par de factores se separan y se segregan a los gametos como unidades independientes. O sea, los factores hereditarios —lo que hoy llamamos genes— se transmiten de manera independiente. Cada par de genes se separa durante la formación de los gametos, y cada gameto recibe solo uno de ellos. En otras palabras, los rasgos no se mezclan ni se diluyen, sino que se conservan como unidades que pueden reaparecer en generaciones posteriores. Así, la ley de la segregación, la ley de la distribución independiente y la ley de la dominancia, postuladas por el monje decimonónico, aunque fueron inicialmente subvaloradas, lustros después se convirtieron en la base de la genética.
Algunos siglos antes de Mendel, otra importante esfera del conocimiento moderno estuvo signada por la influencia de la vida monasterial. Fue en los predios religiosos donde tomó cuerpo la metodología de la contabilidad por partida doble que se emplea a días de hoy. Se conoce que, durante la Edad Media, tres ciudades italianas dieron gran uso e impulso a la actividad contable: Génova, Florencia y Venecia. En estas urbes se empleaba la contabilidad por partida doble, que había probado ya sus beneficios. Sin embargo, fue el fray Luca Bartolomeo de Pacioli, nacido a mediados del siglo XV en la Toscana, quien escribió el primer tratado sobre Contabilidad basado en la partida doble, un sistema que permitía registrar ingresos y gastos de manera equilibrada.
Según relatos que han trascendido el tiempo, a diferencia de muchos eruditos de su época que provenían de entornos privilegiados, Pacioli creció en circunstancias modestas. De joven, se trasladó a Venecia, uno de los centros comerciales más ricos del mundo, donde encontró trabajo ayudando a un acaudalado mercader. Ese aprendizaje resultó transformador. Los autores del libro mexicano Contabilidad práctica para no contadores aclaran: “La partida doble utilizada anteriormente se rescató gracias a la obra de Pacioli. Es pertinente resaltar que él no inventó la contabilidad por partida doble, sino que dejó por escrito el método que en esa época practicaban los mercaderes de Venecia”.
Aunque Pacioli no inventó la Contabilidad, debido a su obra fue sistematizado y documentado el método contable que aún se sigue empleando. Sus escritos contribuyeron a la difusión de esa disciplina en Europa, lo que facilitó su adopción por comerciantes y banqueros. Es por ello que se le reconoce como el padre de la Contabilidad. Este monje del Renacimiento sentó las bases del sistema contable moderno, pues la mayoría de los principios que documentó siguen vigentes. A partir de Pacioli, la labor contable ganaría en profesionalización, estructuración e importancia en la economía.
Por otro lado, gran parte del mundo eslavo y de regiones de Asia debe su sistema de escritura actual a la influencia de sacerdotes. Lo que se conoce como alfabeto cirílico está relacionado con la impronta de un hombre del siglo IX llamado Constantino, quien pasó a conocerse como Cirilo tras convertirse en monje. Cirilo y su hermano Metodio fueron misioneros del cristianismo provenientes del Imperio Bizantino. Ellos desarrollaron la escritura glagolítica para representar sonidos eslavos, traducir textos cristianos y así evangelizar a pueblos del este europeo.
El alfabeto glagolítico asumió modelos grafémicos inspirados en varias tradiciones. Fue diseñado como un sistema altamente fonémico y monográfico, con signos originales que buscaban representar con precisión los sonidos del eslavo antiguo, aunque estructuralmente estuvo influido por el griego. Fue el primer intento sistemático de dotar a los pueblos eslavos de un alfabeto propio.
Con el paso del tiempo, la escritura glagolítica resultó demasiado compleja y poco práctica para un uso extendido. Los discípulos de Cirilo y Metodio, en contacto con la tradición helénica, adaptaron sus principios a un sistema más sencillo y cercano al alfabeto griego. Surgió así el alfabeto cirílico. Este modelo mantuvo la capacidad de representar los sonidos eslavos, pero con grafías más fáciles de reproducir. A causa de esa evolución, el cirílico se consolidó como el alfabeto dominante en una no despreciable porción del universo eslavo y en territorios de Asia Central y Asia del Norte. Devino una herramienta clave para la expansión cultural y religiosa del cristianismo ortodoxo. Tras la adhesión de Bulgaria a la Unión Europea en 2007, el cirílico se convirtió en el tercer alfabeto oficial de esa entidad continental.
Así, la huella de Mendel, Pacioli, Cirilo y otros frailes célebres demuestra que, a pesar del oscurantismo prevaleciente durante varias centurias, la vida religiosa estuvo relacionada con grandes procesos intelectuales. Sus aportes en la genética, la contabilidad, la escritura y otras ramas del conocimiento se integraron en la estructura de la cultura moderna. Conceptos que hoy consideramos básicos en la ciencia, la economía o la comunicación tienen raíces en claustros sacerdotales y son el legado de monjes como ellos.
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