Cuba en Angola: internacionalismo bajo debate
Se trata de un polémico episodio de la historia contemporánea, impugnado actualmente, sobre todo, por quienes descalifican el accionar exterior de la Revolución Cubana.
¿Qué ocurrió en realidad?
Al principio, la presencia de militares antillanos en aquel país austral se concibió como una misión relativamente pequeña. El objetivo declarado era entrenar a las Fuerzas Armadas Populares de Liberación de Angola (FAPLA), brazo de uno de los movimientos autóctonos que se había enfrentado al colonialismo portugués. Los cubanos lucharían solo eventualmente.
Sin embargo, un primer choque de invasores sudafricanos con los instructores antillanos y sus alumnos angolanos causó algunas bajas cubanas. Cuba se vio en la disyuntiva de retirar a sus combatientes, lo que hubiera significado la derrota casi inmediata del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), o reforzar su presencia para lograr una defensa más eficaz. A la postre, Cuba optó por lo segundo.
Sobre las motivaciones para intervenir a gran escala en una guerra que tenía lugar al otro lado del océano Atlántico, han existido tergiversaciones deliberadas o incomprensiones surgidas muchas veces del desconocimiento de la época. Cuando se produjo la escalada militar de la Isla en el sur de África, entre La Habana y Washington se estaban dando pequeños pasos hacia un modus vivendi.
No obstante, Cuba, desinteresadamente, prefirió unir su suerte a la causa que creyó más justa. Los cubanos arriesgaron el acercamiento y la distención con su poderoso vecino. Pusieron sus principios por encima de cálculos pragmáticos. La dirección de la Revolución era consciente, incluso, de que sus efectivos podrían llegar a chocar con tropas portuguesas aun desplegadas en la antigua colonia, aunque trabajó para evitar tal eventualidad, que seguramente hubiera complejizado más aun el escenario político y militar existente en Angola y sus inmediaciones.
Otra arista que se ha pretendido distorsionar es la relación Cuba – Unión Soviética en torno al conflicto angolano. En realidad, el comienzo de Carlota no esperó siquiera el apoyo explícito de la Unión Soviética. Piero Gleijeses, historiador italo–estadounidense que desarrolló una minuciosa investigación sobre el tema, en su libro Misiones en conflicto, aporta elementos que permiten arribar a importantes conclusiones: puesta en marcha la campaña cubana, el aseguramiento logístico soviético fue fundamental; pero, contrario a lo que algunos sostienen, la Mayor de las Antillas no actuó en Angola como punta de lanza del gigante comunista, sino por iniciativa propia y asumiendo desafíos particulares.
La prosa de Gabriel García Márquez también ayuda a formar una idea del optimismo prevaleciente entonces en el pueblo antillano respecto al conflicto en África: “(…) se sabe de un muchacho que se fue sin permiso de su padre, y que más tarde se encontró con él en Angola, porque también su padre se había ido a escondidas de la familia”. Él contó que hubo casos de profesionales que por su alto rango encontrarían dificultades para enrolarse en las tropas, y decidieron hacerse pasar por trabajadores de menor calificación laboral. Delincuentes comunes, desde la cárcel, pidieron ser admitidos, y una mujer por poco logra inscribirse como soldado, escribió el escritor colombiano.
Todo apunta a que, en sentido general, la contribución de la Isla en la guerra de Angola obtuvo gran apoyo popular. No solo lo afirman voces afines a la práctica e ideología de la Revolución Cubana. Incluso en el Washington Post apareció escrito, en febrero de 1976, que entre los cubanos el sentimiento era de orgullo. Más aún, un estudio del estadounidense Consejo de Seguridad Nacional informaba en 1978 que “al cubano promedio puede no interesarle mucho el marxismo leninismo, pero el papel que Cuba desempeña en África despierta su sentido de orgullo nacionalista”.
El 27 de mayo de 1991, dos días después del arribo de los últimos internacionalistas que sirvieron en Angola, Raúl Castro expresó en el Mausoleo del Cacahual, como ministro de las Fuerzas Armadas: “La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia”.
Antes, Fidel Castro había explicado que Cuba estaba “cumpliendo un elemental deber internacionalista cuando ayudamos al pueblo de Angola”. Una política de principios, diría. “No nos cruzamos de brazos cuando vemos a un pueblo africano, hermano nuestro, que de repente quiere ser devorado por los imperialistas”. Con la Operación Carlota Cuba llevaba a la práctica, una vez más, su discurso político y sus tesis revolucionarias.
El 10 de enero de 1989, en virtud de una Declaración Conjunta de los gobiernos de Cuba y Angola, se inició la retirada paulatina de las tropas antillanas que habían cumplido misión internacionalista en aquel país. Estaba cerrando una etapa importante de la historia contemporánea, en la que Cuba desplegó un rol decisivo.
El desempeño bélico de las tropas de la Isla, dirigidas sobre el terreno por jefes militares fraguados en la lucha guerrillera en las montañas cubanas, resultó determinante para repeler la invasión sudafricana sobre el territorio angolano y para el mantenimiento del poder en manos del MPLA. La hazaña militar que comenzó en 1975 también contribuyó a la independencia de Namibia y a socavar las bases del oprobioso sistema del apartheid.
Además, la operación puso de relieve la capacidad organizativa de Cuba, que movilizó de forma impensable miles de combatientes y recursos logísticos hacia un teatro bélico distante. Esa proeza no puede entenderse sin una correcta valoración de la disciplina y la cohesión política que caracterizaban al proceso revolucionario en la Isla.
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