Cuando el calor también calienta la cabeza

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Hay días en que basta una pequeña molestia para provocar una respuesta desproporcionada. La discusión por cualquier cosa, la impaciencia en una cola, la dificultad para concentrarse… pueden coincidir con un termómetro disparado, como el de este verano.
No es correcto decir que el calor “nos vuelve agresivos”, como si existiera un interruptor biológico de la ira. Pero la ciencia sí acumula evidencias de que las temperaturas elevadas pueden alterar el sueño, la atención, determinadas funciones cognitivas, el estado de ánimo y la capacidad de regular las emociones.

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El asunto adquiere otra dimensión cuando el calor deja de ser episódico y se convierte en una exposición prolongada. Porque entonces el organismo no solo intenta refrescarse, también tiene que mantener funcionando un cerebro que necesita condiciones fisiológicas bastante precisas.
El cerebro también paga factura por el calor
El cuerpo humano procura mantener su temperatura interna dentro de un margen estrecho. Cuando el ambiente se calienta, aumenta la sudoración y cambia la distribución del flujo sanguíneo para favorecer la pérdida de calor, mientras crece el esfuerzo fisiológico necesario para conservar ese equilibrio.
Una revisión publicada en 2025 en Experimental Physiology examinó estudios sobre estrés térmico e hipoxia y encontró que, durante la hipertermia, puede disminuir el flujo sanguíneo cerebral.

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Aunque los autores advierten que las alteraciones cognitivas no pueden explicarse únicamente por ese mecanismo, también señalan que el estrés térmico parece afectar la actividad neural por vías adicionales.
Eso ayuda a entender por qué el calor puede interferir con funciones que utilizamos todo el tiempo: atención, velocidad de respuesta, memoria de trabajo y capacidad para procesar información.
Una revisión sistemática sobre temperaturas interiores encontró que la velocidad de procesamiento y el tiempo de reacción parecen encontrarse entre las funciones cognitivas más sensibles al aumento de temperatura, aunque los autores advierten que la evidencia todavía presenta limitaciones.
Cuando pensar cuesta más
El problema no consiste necesariamente en que el cerebro “se apague”. Es más preciso apuntar que determinadas tareas pueden requerir más esfuerzo mientras disminuye nuestra capacidad para mantener durante mucho tiempo la misma precisión y velocidad.
Una revisión publicada en 2024 sobre temperatura, cognición, afectividad y conducta, encontró asociaciones entre temperaturas ambientales superiores a lo habitual y conflictos, además de determinados problemas de salud mental.
Sus autores subrayan, sin embargo, que se trata de un campo todavía en desarrollo y que los efectos dependen de las condiciones de exposición.

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La consecuencia cotidiana puede parecer insignificante: olvidar algo, perder concentración, responder con menos paciencia o cometer un error sencillo. Pero cuando esas pequeñas alteraciones se acumulan en una jornada laboral, frente al timón de un vehículo, o durante una actividad que exige decisiones rápidas, entonces dejan de ser anecdóticas para volverse riesgo.
Cuando la temperatura nocturna permanece elevada, el organismo tiene más dificultades para disipar calor y alcanzar las condiciones fisiológicas que favorecen un sueño reparador.
Una investigación publicada en 2025 analizó a 9 153 adultos mayores para estudiar el binomio exposición a olas de calor y el sueño. Sus resultados muestran la importancia de la duración del descanso en la relación entre calor extremo y deterioro cognitivo.

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La conexión es casi circular: calor, peor sueño, cansancio, menor concentración y menor capacidad de regulación emocional. Después llega otro día caluroso y el cerebro comienza la jornada sin haber recuperado completamente sus recursos.
¿Más calor, más violencia?
La irritabilidad puede ser, por tanto, menos un efecto directo del termómetro que el resultado de una cadena de procesos fisiológicos y psicológicos. Fatiga, deshidratación, sueño fragmentado, malestar corporal y mayor esfuerzo para realizar tareas cotidianas pueden reducir la tolerancia a pequeñas frustraciones.
Una revisión sistemática publicada en 2025 por investigadores del King's College London examinó los mecanismos que relacionan el calor extremo con la salud mental. Encontró evidencia, aunque todavía limitada, de estrés psicológico, alteraciones del sueño, fatiga, reducción de la actividad física y cambios en las estrategias habituales de afrontamiento.

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Pero vale ser cuidadosos en sacar conclusiones causa-efecto en cuanto al calor, porque un metaanálisis sobre temperatura y comportamiento , con 80 tamaños de efecto y 4 577 participantes, no encontró un efecto fiable de la temperatura sobre las conductas prosociales o antisociales en los experimentos analizados.
La pregunta es más complicada cuando se observan poblaciones enteras. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 en Environmental Health Perspectives examinó estudios sobre temperatura, delitos y violencia, y encontró una asociación entre el aumento de las temperaturas y esos resultados, aunque la magnitud y las características de la relación varían según el contexto.
Más recientemente, una revisión publicada en 2025 encontró también una relación entre el aumento de la temperatura y la violencia. Pero la evidencia más reciente introduce una interesante corrección: un estudio publicado en 2026 analizó cerca de un millón de partidos de fútbol amateur en Alemania y descubrió una relación en forma de U invertida; las acciones sancionadas aumentaban hasta alrededor de 13 °C, pero disminuían cuando el calor era extremo. Es decir, demasiado calor puede no producir más agresividad, sino reducir la propia actividad física.
El mensaje es importante: el calor puede alterar la conducta, pero no existe una fórmula que permita convertir grados Celsius en grados de ira. El cerebro humano no responde al termómetro de manera mecánica.
La salud mental en escena
La preocupación no se limita a la irritabilidad cotidiana. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en enero de 2026 en npj Mental Health Research reunió 28 estudios observacionales publicados entre 2007 y 2025 sobre niños, adolescentes y jóvenes de hasta 24 años.
La exposición a temperaturas elevadas se asoció con un 13 % más de riesgo a visitas hospitalarias u hospitalizaciones por trastornos mentales; a un 14 % más para esquizofrenia u otros trastornos psicóticos y a un 18 % más de depresión. Los autores advierten de la heterogeneidad de los estudios y sobre la necesidad de más evidencia en países de ingresos bajos y medios.

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Otro estudio publicado en julio de 2026 en Nature Health aporta evidencia desde cuatro países -Brasil, Canadá, Chile y Nueva Zelanda-. Al analizar 2 618 307 hospitalizaciones en 852 localidades, encontró que las olas de calor extremo sostenido se asociaron con un aumento del riesgo de hospitalización por trastornos mentales y conductuales de 3,3 % el mismo día y de 5,6 % acumulado durante los ocho días siguientes.
Cuba y el calor
Cuba tiene una particularidad que puede inducir a error: la población está acostumbrada al calor tropical. Perero estar habituados no significa ser inmunes a sus efectos, especialmente cuando aumentan la intensidad, duración y frecuencia de los episodios extremos de calor.
El doctor en Ciencias Geográficas Luis Lecha Estela, Investigador de Mérito e iniciador de los pronósticos biometeorológicos en Cuba, ha estudiado durante décadas la relación entre las condiciones meteorológicas extremas y la salud. En declaraciones publicadas por Granma en 2025, explicó que las investigaciones realizadas durante décadas en Villa Clara habían identificado episodios intensos de estrés térmico capaces de producir efectos meteoro-trópicos en personas vulnerables.

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En cuanto al carácter de los cubanos y el calor, no hay evidencia científica que permita afirmar que el calor hace más irritables a los cubanos como grupo, ni sería correcto atribuir al clima comportamientos sociales complejos.
Lo que sí puede decirse es que los cubanos están expuestos a condiciones térmicas que pueden favorecer los mismos mecanismos observados internacionalmente: estrés fisiológico, fatiga, sueño deficiente, menor concentración y mayor malestar. El propio Lecha ha advertido que el aumento de las temperaturas y de los episodios extremos constituye un problema creciente para la salud de la población cubana.
Por eso, si alguien responde con mala forma en un día abrasador, el termómetro puede ser una pieza del rompecabezas, pero no la explicación completa. Temperatura, humedad, descanso, salud, entorno y circunstancias sociales se mezclan hasta producir algo que la meteorología por sí sola no puede medir: el estado de ánimo.

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Las elevadas temperaturas, que en este verano golpean duro, no solamente impactan sobre la piel. Pueden alterar el sueño, exigir más al organismo, dificultar determinadas tareas cognitivas y, en algunas personas, aumentar la vulnerabilidad psicológica.
Tal vez por eso convenga dejar de hablar del calor únicamente como una cuestión de confort. Cuando el termómetro sube demasiado, también puede cambiar la manera en que pensamos, descansamos, decidimos y nos relacionamos con los demás.
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