Contracrítica: Romain Rolland y el mundo en crisis de hoy
Romain Rolland. Ilustración / Stella Maris
Hay libros que poseen ese magma arrasador de las grandes tormentas. Otros se hunden en el mar y emergen llenos de tesoros para volver a desaparecer. En ambos casos, el mundo no es el mismo luego de su experiencia. Hace ya mucho tiempo, cuando era un adolescente, tuve mi primer contacto con Juan Cristóbal de Romain Rolland. Se trata de una novela de aprendizaje, quizás una de las más significativas de inicios del siglo pasado, una especie de alegoría de un mundo que desaparece. Me enteré de su existencia gracias a la lectura de otro libro, El Mundo de Ayer, de Stephan Zweig. En este último volumen, Rolland aparece como un sujeto lleno de la magia y la nostalgia de una larga muerte, la del viejo universo de la civilización. Juan Cristóbal posee las iridiscencias del proceso que terminó en la oscuridad de las trincheras de la primera guerra mundial y, aunque su tema es la paz y la coexistencia entre identidades, nos lanza una advertencia terrible: solo el arte salva.
La Europa de finales del siglo XIX era la de la paz armada, la belle époque y la misión “civilizadora” del hombre blanco. Era vista como el continente de la verdad, de la ciencia, de la decencia y el orden, si bien todo eso estaba hecho con narrativas ideológicas que demostraron su falibilidad. No solo las naciones europeas eran capaces de llevar adelante expediciones coloniales con arrasamientos de otros pueblos, sino que llegado el momento se pelearon entre sí usando la industria como arma de muerte. La técnica al servicio del fin del ser humano. Una gran contradicción que ya vio en su momento Rolland, un pacifista, un hombre que desde su posición vivió esos procesos e hizo llamados a la deposición de las armas. Juan Cristóbal, quizás su álter ego, fue su testamento para la posteridad. Un joven aspirante a músico recorre los centros civilizatorios del continente en busca no solo de una verdad formativa, sino poética y la halla en la medida en que comprende al otro cultural. Se mueven en la novela figuras tanto germánicas como francesas en ese dualismo entre dos polos esenciales de la identidad. Por un lado, la poesía racional de un pueblo de filósofos (Alemania) por otro la que nace del ímpetu y del espíritu latino (Francia). De esa manera, Rolland unía en una misma obra de arte las confrontaciones que marcaron la vida de esa generación y que parecían insalvables.
Yendo hacia el terremoto de la Revolución Francesa, el continente se conmocionó no solo con la caída de las testas coronadas, sino con la expansión de la nueva idea a partir de las invasiones napoleónicas. Alemania no existía como Estado Nación en ese momento, era un imperio frágil que desde la Guerra de los Treinta Años había quedado como entidad simbólica. Los Habsburgo desde Viena dominaban esa vieja visión de la política. Un pequeño país, no obstante, disputaba la hegemonía del germanismo, Prusia. La pugna entre Berlín y París, desde entonces, estuvo marcada por una demostración de uno y otro lado sobre quién era capaz de equilibrar la balanza continental a su favor. Con la Guerra Franco Prusiana de 1870, buscada por la diplomacia hábil de Bismarck, surge el Segundo Imperio Alemán, Francia pierde Alsacia y Lorena y es ocupada brevemente y humillada. Esa herida identitaria marcará la paz posterior, siendo casi un asunto existencial en el seno del continente. Ese es el abismo sobre el cual se construye la novela de Romain Rolland, a quien además Zweig le dedica una de sus tantas biografías, retratándolo como un ser de extraordinaria sensibilidad, un hombre de mente continental y de legado inmenso más allá de la obra literaria.
Romain Rolland es la conciencia de la humanidad hablándonos a través de los siglos. No solo en el sentido del pacifismo y la lucha por alcanzar metas que preserven la civilización, sino porque nos plantea el papel de la poesía y la música en la consecución de metas tangibles. El autor, Premio Nobel de Literatura, es una de las voces fundacionales del humanismo literario de su generación y uno de los que más ha influido en ejercicios escriturales en ese sentido. Juan Cristóbal no es un ser extraordinario, ni siquiera pertenece a una casta privilegiada; sino que como hombre común su aprendizaje se da por etapas. Primero posee los ingredientes de ese ente natural que retratara en su obra Jean Jaques Rousseau. Luego muta, es el fuego alemán de Wagner, la razón astuta de Hegel y finalmente existe una unidad de estilo y de forma que desemboca en la comunión universal. Sin sesgos religiosos, la mística del intelectual se expresa de forma cabal en su postura ante la guerra.
¿Cuál es el legado de esta obra hacia nosotros? El peligro identitario del separatismo posmoderno nos coloca en una posición de sumo peligro en este primer cuarto de siglo. No estamos ya ante la quimera de una Europa civilizada y blanca, pero sí ante el engaño del multiculturalismo falsamente incluyente y la absorción cultural. Rolland nos dice que el separatismo deshumaniza y en ello viaja una verdad incómoda: que primero se queman libros, luego personas. La judicialización de la política, el uso de sesgos cognitivos para comprender la realidad por parte de grupos de poder, la imposición de narrativas y la polarización; todos esos mecanismos de la actualidad conducen a un panorama que fue combatido en la novela en cuestión.
No importa si han pasado los años, si hoy la guerra no tiene el mismo rostro de antaño; la asimetría de poder de este mundo también pertenece a la floresta del odio. Romain Rollan nos habla desde la otra orilla y nos dice que más allá de las diferencias de identidad y de criterio es posible una paz, quizás no total, pero sí la que necesitamos para recomponernos. Es la conciencia del ser humano hablando a través de lo que posee: el arte. Hay una visión descabezadora del odio, una que no comulga con la separación entre personas y que nos conmina al entendimiento. Este legado de Romain Rolland, el que establece un ecumenismo de la poesía y la música, no deja de latir en estos instantes, aunque la obra haya envejecido en cuanto a su marco epocal. Juan Cristóbal es como el santo que carga al niño a través del río y que lo hace sin saber que lleva el mundo a cuestas. Es la voluntad salvándose a sí misma, a pesar de su propia inconsciencia.
Si un lector es capaz de ver esto en la obra en cuestión sabrá entonces aplicarlo en el diseño moral de su vida cotidiana. Las grandes verdades no solo están presentes en lo que se nos dice desde la voz del universo, sino en la pequeñez de lo que somos, esa que decide cada espasmo de vida. Romain Rolland lo pensó de tal manera y lo dejó por escrito. Quizás la conciencia deba morir muchas veces, antes de renacer para siempre, quizás podamos evitar que siga muriendo.
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