Contracrítica: Reaparición de Jardín

Dulce María no solo escribió para el lector de su tiempo, sino que la trascendencia de tales líneas la situaron a la vanguardia de las expresiones más originales y poderosas de las letras cubanas.
Imagen
El Jardin de Dulce María Loynaz
Fuente:
CubaSí

La colección Biblioteca del Pueblo ha tenido a bien reeditar la novela lírica de Dulce María Loynaz “Jardín”. Para quienes nos hemos acercado a la obra de la autora con la devoción que merece, este gesto no pasa desapercibido. El agradecimiento por la reaparición de dicha pieza narrativa en las librerías tiene que ser explícito. Ya en una crónica —recientemente publicada en Cubaliteraria— hice hincapié en la potencia simbólica de los vestigios de la poetisa. Sus dos casas en el Vedado, con sus respectivas historias, nos llevan a una época de la historia nacional cuyas sombras son más que persistencias en el presente. Dulce María no solo escribió para el lector de su tiempo, sino que la trascendencia de tales líneas la situaron a la vanguardia de las expresiones más originales y poderosas de las letras cubanas.

En “Jardín”, cuyo largo bregar en una gaveta de la casa de la autora fue sucedido por una demorada edición y una más extendida entrega a las imprentas, percibimos un gesto que no por grandilocuente deja de poseer peso poético. Se trata de una novela que no tiene la pretensión de serlo. Transcurre en el corpus formal, pero lo metamorfosea en otra cosa, lo deforma a conveniencia cuando la poesía se impone. Y esto último le otorga una huella de grandeza. Dulce María Loynaz es fruto del desarrollo de una clase intelectual de inicios del siglo pasado, una que estaba vinculada a los crisoles de la nacionalidad. En su ambiente había lo mismo los origenistas martianos y católicos, que Lorca y Carpentier (más cercanos a las ideas socialistas). Por lo cual, la niña fue creciendo en un entorno donde primaban la delicadeza y la profundidad, la lectura de los clásicos y la comprensión de los libros no mediante un estudio filológico, sino a partir de la preponderancia de la imagen. Y esa realidad sustanciosa, esa metafísica inapresable, determinan la creación de una sensibilidad vinculada a la poesía.

Dulce María Loynaz pareciera una autora circunscrita al verso, pero se escapa de ese territorio y teje a través de los años la historia de Bárbara. Entre el personaje y la mujer real hay una distancia, sin embargo, pareciera que— a la par que transcurre la obra— se va generando una promesa autocumplida: la casa se depaupera, el vecindario se la traga, el tiempo pasa, todo decae. Esa realidad opresiva, que queda retratada mediante metáforas en la novela, conforma al núcleo del conflicto. El personaje evoluciona en un entorno —su casa— que está situado en otro entorno. El choque de mundos va circunvalando a Bárbara, tal y como aconteciera con Dulce María.

Quizás ni la propia autora anticipó la tesis que la historia le otorgaría a su novela. El tiempo habla por sí solo y posee leyes silenciosas. A veces se escribe como guiado por un ente —el famoso demonio que le hablaba a Sócrates— y el resultado deviene algo totalmente distinto, dispar, pero provechoso. Sin dudas, “Jardín” usa como vehículo la narración para darnos no un reino ficcional, sino uno donde el sujeto lírico prevalece. Ahí, en esa clave, reside la genialidad. No se trata de una novela que leemos como una sucesión de hechos, sino como la aparición por milagro de la imagen. Esta mística recoge la tradición de los origenistas, pero la sitúa en un marco mucho más doméstico: el jardín y la casa son —obviamente— la historia de una familia que va desapareciendo ¿los Loynaz? en la medida que se producen los cambios dentro del siglo. Bárbara, en su encierro y su tensión con la libertad, sustituye la metáfora del aprendizaje por la del reencuentro con la autenticidad. Su viaje es inmóvil y aquí la resonancia con Lezama resulta obvia.

“Jardín” no debe leerse solamente desde la primera página. A veces hay que volver, realizar recorridos diagonales, detenerse, mirar hacia adentro, situarse en el margen. Su itinerancia marca un estilo oblicuo. Como narración hubiera sido eficiente, pero como poema en forma de novela resulta un mazazo a la conciencia. Quizás, este acierto de la colección Biblioteca del Pueblo no solo reside en la posibilidad de hacer de un clásico un ser que reaparece, sino en que la sustancialidad del arte demuestre —una vez más— que no depende de los tiempos. Dulce María puede hablarles a los jóvenes de hoy, aunque su formación y voz pertenezcan a las mansiones que se pierden en la sombra. No hay duda de que desconocemos en parte la historia y esencia de un mundo que ya no nos pertenece del todo, porque se ha evaporado.

Con esta reedición cubana, preciosa por demás, tenemos en las manos un tesoro para regalar. Quien quiera conocer a Cuba que lea a Dulce María y se sumerja en sus aguas tormentosas, en la soledad de su dolor, en la sombra de ese final suyo. Hay, en la luna que cae en los pozos y proyecta su luz sobre Bárbara, algo de ese fatalismo lorquiano de la muerte y el luto. Quizás, la reedición viene a zanjar esa justicia perdida.

 

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