Contracrítica: Coetzee y espera por los bárbaros
Portada del libro JM Coetzee Esperando por los bárbaros
A pesar de su impronta en la cultura mundial, el Premio Nobel de Literatura JM Coetzee es casi desconocido para el público cubano. Las Ferias del Libro y nuestro sistema editorial harían bien en darlo más a la publicidad, por el efecto de sus novelas. Hablo de un narrador con una conciencia crítica del mundo, una que se separa de los lugares comunes y que nos arroja hacia la reflexión más humanista. Coetzee se conoce, mayormente, por un libro que ha marcado el debate de estos tiempos, por su nivel de anticipación, se trata de Waiting for the barbarians (Esperando por los bárbaros). El libro nos habla de un imperio en decadencia cuyas fronteras son cuidadas de posibles y destructivas oleadas desde el exterior. La invasión no es, en todo caso, solamente una incursión armada, sino el miedo al otro cultural, a la emigración, al peso que la porción ajena del mundo tenga sobre los bolsones de prosperidad. Esta tensión centro/periferia la retrata Coetzee a la perfección, logrando un tono ensayístico que se acerca a la literatura filosófica clásica, solo que actualizada.
El tema de las emigraciones y de las políticas en contra de otras culturas se ha hecho recurrente a partir de lo que está sucediendo en el primer mundo. A las medidas de fronteras abiertas durante décadas, han sucedido gobiernos conservadores que han recortado la posibilidad de que la periferia huya hacia el centro. Guerras, políticas de saqueo de los recursos, vasallaje y colonialismo son las causas de un proceso de dominación que subyugó a los pueblos y los convirtió en ciudadanos de segunda dentro del concierto de las naciones. Sin embargo, llegado este punto, el centro no quiere hacerse cargo del resultado de la estructura del sistema mundo. Coetzee captó la esencia de esas tragedias y las llevó al papel. El imperio les teme a los bárbaros, los ve como una amenaza existencial, los intenta mantener a raya. Sin embargo, la presión que las condiciones de pobreza generan sobre las naciones es inmensa y permanente. No se trata de una invasión en el sentido estricto aunque las narrativas occidentales lo intenten dibujar de esa manera. Los bárbaros no son los germanos o los godos de otras épocas que arrasaron el Imperio Romano, sino personas normales, cuyas vidas están destrozadas por la barbarie de Occidente. Este punto focal movido por Coetzee nos arroja luz para evaluar una obra que logra universalidad.
Hay otro libro de este autor que también recomiendo leer. Se trata de Diario de un mal año. La novela habla sobre una relación entre un profesor que escribe ensayos políticos con una joven vecina de la cual se enamora. Pero en el tejido de la obra se van intercalando junto a la trama los fragmentos que versan sobre la situación del mundo posterior al ataque a las Torres Gemelas. La historia transcurre en 2005 poco tiempo después de esos sucesos y nos sitúa en el debate en torno a la libertad de expresión y los recortes políticos hechos por los gobiernos occidentales. El terrorismo, la pobreza, las diferencias culturales, los vestigios de la guerra fría y la posición de Occidente en la política mundial son algunos de los tópicos. Sin embargo, a la par que las visiones políticas, el narrador nos evidencia una conciencia mayor de que la crisis que atravesamos como civilización va mucho más allá y tiene que ver con cómo organizamos el poder.
Coetzee es un autor político, como lo tiene que ser toda prosa contemporánea, no logra desligarse de los debates, sino que los usa como materia para la ficción. Su vida transcurre en la frontera entre los géneros. No son totalmente novelas ni ensayos, mucho menos periodismo, ni crónicas. Se trata de un híbrido que se lanza sobre la historia reciente y la disecciona. Tanto Esperando por los bárbaros como Diario de un mal año son dos puntos que sirven de contrapeso a la hora de analizar anticipaciones y visiones de futuro. Por un lado la emigración, por otro el tema de la violencia política. El denominador común es la maldad en el fondo de las organizaciones humanas, una maldad que no es moral, sino que emana de la necesidad. En Diario de un mal año nos explica cómo en política lo correcto es aquello que resulta necesario y por ende cuando una estructura pierde necesidad cae de inmediato. Por eso las relaciones internacionales son pragmáticas y, cuando eres jefe de Estado, a los demás no les interesa de qué modo llegaste hasta ahí, sencillamente hay que aceptarte como miembro del club.
La política como monstruo, como Leviatán, que devora todo lo que no es propio de ese pragmatismo. Ese es el tema mayor y el que hizo que recibiera el Premio Nobel. Cuba debería leer a Coetzee como uno de los más consagrados autores que utilizan los conflictos contemporáneos para su arte. Nuestra situación como país de la periferia —que el centro considera bárbaro y rebelde— nos coloca en la encrucijada de una pelea desigual. La literatura una vez más puede expresar mejor que los estudios sociales aquello que nos define como humanos.
JM Coetzee es uno de los escritores más debatidos, más leídos y que mejor encarnan las contradicciones de este momento. Si queremos entender la política de hoy, incluso lo que está pasando en Estados Unidos con la emigración, hay que ir hacia él. Más allá de la lectura, esta obra puede expresar ese nexo trascendente entre nuestros conflictos y la realidad como tal.
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