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¡Arte vivo!

Las recientes declaraciones del actor Timothée Chalamet sobre la ópera y el ballet han generado un interesante debate.
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Ballet Giselle

El cuerpo de baile del Ballet Nacional de Cuba en el segundo acto de Giselle. Foto: Frank D. Domínguez, cortesía de la compañía.

Fuente:
CubaSí

Las artes muertas no son. Así de simple. Habría que dejar establecido que más que de manifestaciones, de géneros, de formatos... la discusión de la vitalidad de una expresión artística está asociada a concreciones puntuales. La noción de arte implica, necesariamente, la noción de vigencia. Ars longa, vita brevis.

En este sentido, las declaraciones recientes del actor Timothée Chalamet sobre la ópera y el ballet ponen en evidencia no solo su singular comprensión de las lógicas de estas disciplinas, sino también cómo muchas veces son asumidas frívolamente como un arte de museo, petrificado, sin tener en cuenta su trascendencia, su evolución y popularidad a lo largo del tiempo.

La polémica se originó cuando Chalamet, en una entrevista, se refirió a la ópera y al ballet como artes “muertas” y obsoletas, sugiriendo que son manifestaciones que ya no tienen cabida en la cultura contemporánea, a no ser que sean sostenidas artificialmente.  

Los dichos han causado mucho revuelo. Y ha llamado la atención el hecho de que el actor haya sido reconocido muchas veces justamente por su trabajo en un cine de gran nivel artístico.

Con todo, algo útil ha tenido el episodio: ha suscitado un debate sobre el valor y la continuidad de las formas artísticas que han acompañado a la humanidad por siglos.

Aunque tanto el ballet como la ópera pudieran parecer expresiones asociadas a las élites, en realidad, esa percepción está estrechamente ligada a mediaciones económicas y sociales. A lo largo de la historia, y particularmente en tiempos modernos, se ha demostrado que ambas manifestaciones artísticas tienen un profundo arraigo popular.

En particular, la ópera es un arte esencialmente popular desde que comenzó a consolidarse como una forma autónoma de expresión. Las funciones operísticas son hace mucho celebraciones colectivas, destinadas a un público disímil que encuentra ahí un vehículo para la trascendencia emocional y estética.

El argumento de que el ballet y la ópera son arte de élites se ve desmentido en la práctica. Los teatros de todo el mundo que programan temporadas de ópera y ballet, desde París hasta Buenos Aires, desde Moscú hasta Tokio, son prueba fehaciente de que ambas disciplinas siguen vivas y gozan de una considerable audiencia.

Por supuesto, uno de los grandes desafíos es precisamente democratizar estas expresiones más allá de las grandes capitales del mundo. En un panorama cada vez más globalizado, el reto es ofrecer estos espectáculos a comunidades que quizás no tengan acceso inmediato a ellos.

Ahí todavía pueden hacer mucho los medios de mayor alcance, las nuevas tecnologías... y las políticas públicas. Es posible, obviamente, una mayor expansión de estos formatos, a partir de esquemas formativos de un público.

En Cuba hay un ejemplo paradigmático de la vitalidad de estas artes. Alicia, Alberto y Fernando Alonso, con su impulso a la danza y el ballet, sembraron una semilla que sigue dando frutos. En La Habana y en otras ciudades, una función del Ballet Nacional de Cuba suele ser un acontecimiento popular, casi un ritual que convoca a una audiencia entusiasta. Y se dice ballet y se dicen otras expresiones de la danza escénica.

Incluso en tiempos de crisis, los teatros se llenan, lo que demuestra la fuerza del ballet como patrimonio cultural compartido.

Está demostrado: un arte que podría considerarse elitista se convierte en un bien común, al alcance de todos, en un proceso de democratización cultural constante.

Las declaraciones de Chalamet han removido el estanque y despertado a muchos peces. Algunos han reaccionado con furor ante sus palabras, e incluso no ha faltado quien haya solicitado que el actor sea “cancelado”.

Las aguas tomarán su nivel, pero la polémica ha puesto sobre la mesa una cuestión esencial: las fronteras entre arte popular y arte de élites son generalmente artificiales.

La verdadera clave de la vitalidad de esas manifestaciones artísticas que algunos circunscriben a un nicho está en la educación, la sensibilidad y en las oportunidades que se brinden a todos para disfrutarlas.

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