Almodóvar vs. Oscar: cuando el silencio dorado le duele
La suite del hotel en Cannes tenía vista al mar, pero Pedro Almodóvar miraba hacia otro lado. Hacia una pantalla de televisión donde, hacía dos meses, los Oscar 2026 pasaron sin que nadie dijera "Palestina", sin que nadie dijera "Trump", sin que nadie dijera nada que no estuviera en el guion de rigor. O al menos muy pocos, solo Bardem.
"Fue bastante llamativo", dijo al periodista de Los Angeles Times, y la palabra "llamativo" sonó en su boca como un insulto disfrazado de observación.
Llamativo que en medio de un genocidio que ya lleva más de 50.000 muertos en Gaza, en medio de un presidente estadounidense que deporta en masa y recorta ayuda humanitaria, en medio de un Irán agredido, Hollywood se haya dedicado a repartir estatuillas doradas como si el mundo afuera no existiera.
Llamativo que solo Javier Bardem, su amigo, su compañero de incomodidad, se haya atrevido a gritar "Palestina libre" desde el escenario.
Es evidente que la gente está muy asustada, dijo Almodóvar. Y luego, la frase que nadie en esa suite había pedido pero que todos necesitaban oír: Estados Unidos no es una democracia en este momento.
El hombre que no sabe estar de acuerdo
A Almodóvar no le pagan para decir estas cosas. De hecho, le cuesta. Después de que el gobierno español calificara la ofensiva israelí en Gaza como "genocidio" en marzo de 2024, después de que Almodóvar respaldara públicamente esa definición, la productora A24 dejó de devolverle los correos.
Netflix, que antes coproducía sus cortos, ahora mira para otro lado. Su última película, La habitación de al lado, terminó financiada con dinero español y francés, con una distribución más modesta de lo que un director con dos Oscar y cinco premios en Cannes merecería.

"Prefiero una película vista por menos gente pero hecha con libertad, que una vista por millones pero hecha con miedo", dijo. Y la frase no suena a discurso de artista torturado.
Suena a lo que es: la lógica de un tipo de 76 años que creció bajo la dictadura de Franco, que aprendió el costo del silencio antes de aprender a dirigir, y que a estas alturas no va a cambiar para que un ejecutivo de streaming duerma tranquilo.
En noviembre de 2023, cuando Israel lanzó su ofensiva sobre Gaza, Almodóvar firmó una carta abierta en Le Monde exigiendo alto el fuego. En febrero de 2024, se negó a cenar con la embajada de Israel en la Berlinale. En Cannes de ese mismo año, dijo en rueda de prensa que "lo que está pasando en Gaza es un genocidio" y que no le importaba si eso le costaba premios.
Esa noche, en la cena de la delegación española, se negó a sentarse en la mesa del embajador israelí en Francia. "No es personal", dijo a quienes intentaron mediar. "Es político. Y en mi país, político es sinónimo de ético".
Bardem, el único que no miró para otro lado
La historia de Almodóvar y Javier Bardem no es solo de amistad. Es de complicidad política en una industria que premia la amnesia. Bardem ha pagado un precio más alto: en 2021 narró The Boy from Gaza, un documental vetado en festivales estadounidenses por "sensibilidad política".

En 2023, fundó "Artists for Palestine" con Susan Sarandon y Mark Ruffalo, presionando a productoras para que rompieran contratos con empresas vinculadas al ejército israelí. En los Oscar de marzo, cuando gritó "Palestina libre", Almodóvar estaba en Madrid, viendo la televisión. Le envió un WhatsApp que solo decía: "Gracias, amigo. Alguien tenía que hacerlo".
Bardem y Almodóvar son, en el mapa de Hollywood, una isla. Dos españoles que hablan demasiado alto en una industria que ha convertido el silencio en moneda de cambio. "Soy un extranjero, eso hace que sea más fácil ser claro", dice Almodóvar, pero la excusa no pega: lleva cuarenta años siendo "extranjero" en Hollywood y nunca antes le había importado.
La canción de Chavela y el duelo que no termina
La película que presenta ahora en Cannes, Amarga Navidad, lleva un título robado a Chavela Vargas, la cantante mexicana que fue su amiga hasta la muerte. "Chavela cantaba que la navidad es amarga cuando no estás con quien quieres", dijo. "Yo añado: la navidad es amarga cuando ves que el mundo se desangra y nadie hace nada".
La historia sigue a Elsa, una directora de publicidad en duelo por su madre, mientras un cineasta escribe un guion sobre su vida. No hay palestinos en el guion, no hay Trump, no hay manifestaciones. Pero Almodóvar insiste: "El cine de mujeres, el cine de cuerpos, el cine de deseos prohibidos, es político porque es transgresor. En tiempos de régimenes totalitarios, transgredir es resistir".
Es su séptimo intento por ganar la Palma de Oro. La estatuilla dorada, si llega, sería la coronación de una carrera. Pero Almodóvar ya ganó algo más difícil: la capacidad de mirar a Hollywood, a Cannes, a cualquier cámara, y decir lo que piensa sin que le tiemble la voz.
En la suite del hotel, el periodista del Los Angeles Times guardó su grabadora. Almodóvar se quedó mirando el mar, o tal vez mirando hacia Gaza, hacia donde mira siempre cuando cree que nadie lo ve. Afuera, en la Croisette, la alfombra roja esperaba. Dentro, un señor de 76 años que sigue sin saber callar.
Añadir nuevo comentario