Alden Knight: un elogio del rigor

Ha muerto un maestro, en la más amplia acepción del término. Ha muerto un hombre consagrado a su arte, como si su arte, más que oficio, fuera sacerdocio. Para Alden Knight subir a un escenario era un acto sagrado. Lo dijo muchas veces, predicó con sus actos.
En tiempos en los que la frivolidad campea, Knight era un referente de rigor y de ética. En uno de sus últimos intercambios en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), le habló a un grupo de actores recién graduados: "Si creen que con el talento ya están hechos, deberían revisarse. El talento solo es el punto de partida. El triunfo es la utilidad. Para ser útil hace falta empeño y sensibilidad. Hace falta ser una buena persona".
Esa filosofía de vida se traducía en lo que algunos llaman "la vieja escuela", pero que en él se revelaba como la escuela imperecedera del buen hacer.
Para Knight, el respeto al público era el pilar innegociable de su labor; por ello, insistía con vehemencia en la necesidad de poseer una sólida técnica. No entendía el virtuosismo como un fin en sí mismo, sino como la herramienta indispensable para ponerla en función de la expresión y del sentimiento.
Su maestría, forjada en los clásicos, demostraba que a través del dominio técnico se puede alcanzar la libertad necesaria para conmover y transmitir la verdad humana. Pero hace falta "algo más".
Fue un artista profundamente multifacético que jamás estableció jerarquías entre los medios. Ya fuera en el cine, la radio o la televisión, Knight comprendía cada espacio en sus esencias particulares.
Sentía una devoción especial por la palabra; amaba la poesía con la intensidad de quien conoce su peso espiritual. Como declamador, fue voz definitiva de grandes exponentes de la lírica nacional: pocas veces la obra de Nicolás Guillén sonó con tanta autenticidad y fuerza como en su voz. Ahí estaba el ritmo del son, en una dimensión emocional insuperable.
Su legado trasciende la interpretación para instalarse en el plano del civismo cultural. Knight estaba comprometido hasta la médula con la memoria y con la promoción de lo mejor de la cultura cubana, la cual asumía como un espacio privilegiado de confluencias y diálogos.
No fue solo un actor, sino un guardián de la identidad que entendía la cultura como un acto de servicio. Ahí hay un ejemplo. Ojalá sea aprovechado.
Añadir nuevo comentario