REDES: Idioma sin rigor

Debemos volver a la reivindicación del buen escribir frente al espejo roto de las redes sociales (RRSS) porque vivimos en un alud de palabras y quisiéramos que fueran bien empleadas.
Fuente:
CubaSí

No es nuevo, pero como es persistente, casi globalizado, debemos volver a la reivindicación del buen escribir frente al espejo roto de las redes sociales (RRSS) porque vivimos en un alud de palabras y quisiéramos que fueran bien empleadas. Es cierto, no tenemos tiempo, la vida va deprisa, pero nunca antes la humanidad escribió tanto como lo hace ahora a través de mensajes de texto, publicaciones y comentarios en plataformas digitales que se convierten en hilos interminables.

En teoría debería ser síntoma de libre expresión y salud comunicativa, sin embargo, tal democratización de la escritura esconde un fenómeno que genera alarma: la distorsión sistemática del lenguaje. Lo vemos en todas partes, en anuncios de venta en el famoso Revolico y las muchísimas páginas que existen en RRSS para ello, en los carteles adolescentes en las paredes del barrio, en los SMS que nos llegan, en cada entorno del universo virtual.

Inquieta bastante el hecho que se observa desde hace rato como un deterioro masivo de la escritura, una negligencia generalizada que no responde ya a la simple —si puede decirse así— falta de ortografía por desconocimiento o desliz, sino a una deformación voluntaria, casi de moda, en muchos casos celebrada.

Tal vez lo toman como monería quienes se suman a esta tendencia mientras a algunos que leemos nos tiembla el ojo por lo inadmisible del discurso, disparatado y con falta de gracia. No se trata ya de errores inducidos por la duda gramatical porque hay palabras que son del conocimiento común, por muy pocos estudios que se tenga, como es el caso de “que” y “quiero” que en ocasiones escriben “ke” y “kiero”. ¿Realmente alguien podrá desconocer su estructura? Si es que así escrito es anacrónico en cuanto a visualidad. Se nota que no está bien, que no responde a nuestro idioma.

Por tanto, pocos podrán discutir cómo se escriben. Y ahí crece el espanto porque entendemos que la transformación no nace de la ignorancia, es premeditado.

Recuerdo que al inicio de los SMS acortábamos las palabras, sustituíamos según sonido de letras y sílabas para que cupiera el mensaje en un solo texto, usábamos siglas y muchas más iniciativas innovadoras como escribir sin espacios entre vocablos, y en este caso los mas avezados ponían en mayúsculas la primera letra de cada palabra para que fuera menos complejo leer aquellos recados surrealistas.

De ese modo conocí el “salu2” por “saludos”, “÷Tnido” por “entretenido”, mientras se popularizó el “TQM” del muy conocido “te quiero mucho”. Entre otras opciones muy variadas y novedosas. Reconozco que se abusaba y a veces era muy difícil descifrar la nota.

En este sentido fueron cuantiosos los aportes con códigos aprendidos por la práctica o según acuerdo entre emisor y receptor, pero no para todas las personas porque existían niveles y esa escritura, por lo general, requería cierta confianza. Ahora es distinto, son otras las causas y otro el desparpajo. En el imaginario colectivo de ciertos espacios digitales escribir así se asocia con la inmediatez, incluso con una estética determinada y popular.

Consideramos retorcida la iniciativa reiterada de reducir la palabra a su sonido fonético más básico porque sea auténtico o grupal, muchísimo peor cuando se escribe mal sin sentido, como por ejemplo “tulla”, “llo”, “voi” porque escribirlo así no puede ser cómodo, es antinatural, lleva esfuerzo y es ilógico ese supuesto sello de autenticidad e identidad que buscan, como si la corrección fuera un rasgo de frialdad o de distancia.

Como vemos ya este fenómeno se salió del entorno de familiaridad, y eso es lo grave. Cualquiera escribe de ese modo sin temor de hacer el ridículo, sin respeto al contexto al tiempo que otros se suman y lo que provocan es un deterioro masivo del lenguaje, que nadie cuide su manera de escribir.

Así lo vemos en muchos entornos como el comercial alternativo, donde la profesionalidad debería estar presente, y al contrario, escriben con una sintaxis caótica con ausencia total de tildes y signos de puntuación, abreviaturas ininteligibles, entre otros aspectos que borran toda lucidez y el resultado es un texto descuidado que transmite desinterés, desconfianza y falta de rigor, tan necesario para comunicarse así sea en las interacciones cotidianas.

Lo llamativo es que así se entienden las mayorías. Lo que nació impulsado por los inconvenientes técnicos o por la urgencia, se ha hecho perpetuo como un hábito perezoso porque evidentemente ya no se justifica por la limitación de caracteres o las prisas; y tal desgaste ya no es un tema superficial.

Cuando se normaliza la imprecisión, cuando aceptamos que las reglas no son necesarias y que la buena escritura está “pasado de moda”, estamos mutilando el idioma, empobrecemos totalmente nuestra capacidad de hablar. No solo es que la falta de tildes hace que sean confundidos los tiempos verbales y al abreviar las palabras perdemos riqueza léxica, sino que se pierden los matices, se irrespeta la sintaxis y genera ambigüedad.

No se trata de un asunto tonto o “ser cheo” como nos quieren hacer sentir cuando en la virtualidad formulamos oraciones completas bien escritas. Fomentar la buena práctica del idioma en todas sus formas y formatos no es elitismo ni es ser anticuado, mucho menos ir contra la evolución digital. Escribir bien garantiza que seamos entendidos con claridad.

Las redes sociales no son la tumba de la ortografía y las reglas gramaticales, no son un solar. Ni siquiera el solar es pretexto para relajar la comunicación, inventar palabras, obviar toda norma, replicar deformaciones. No pedimos la perfección académica, sí conciencia de escribir con responsabilidad porque hacerlo mal no es signo de modernidad cuando se renuncia por inercia.

No permitamos que se desgaste por dejadez la herramienta social más poderosa que tenemos, no construyamos nuestra propia Torre de Babel contemporánea y recuperemos el placer de leer textos bien redactados, aunque sean sencillo, porque no es un lujo en medio del ruido digital.

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