Más allá del caos

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Una habitación desordenada, platos acumulados en el fregadero o ropa sin doblar que permanece en el sillón durante días o quizás nunca llega a ser guardada, son solo tres ejemplos de un mismo fenómeno que muy rápido suele interpretarse como señales de pereza, falta de disciplina o desinterés.
Pero la realidad es otra. Desde la psicología nos llega la advertencia de que esa conclusión es muy desparticularizada, demasiado simplista e injusta porque muchas pueden ser las lecturas, y la verdad es que dejar un objeto fuera de lugar no es el fin del mundo ni grave problema si no trae conflicto a quien lo vive.
La ciencia refiere que un hogar caótico no siempre es resultado de dejadez y puede que incidan factores emocionales, cognitivos y ambientales que limitan la capacidad de un individuo para organizar su entorno y que encuentre así su acomodo o deje de importarle.
Existe el dicho "quien intente organizar mi desorden solo logrará desorganizar mi orden". Ah, es que las personas aun cuando somos desorganizadas, queriendo y no, conseguimos adaptarnos y no porque alguien venga a componernos la vida significa que hacia adentro estaremos bien. Mejor es observar porque no obstante del reguero que puede molestar, incluso, a quien lo hace, a veces tal comportamiento responde a depresión, ansiedad, estrés crónico, duelo, agotamiento emocional o dificultades en las funciones ejecutivas del cerebro que pueden convertir una tarea aparentemente sencilla en un desafío cotidiano que se acumula de tal modo que puede llegar a ser un caos.
El desgano habla más de lo interno que de lo que se ve, por eso, puede ser común que el problema no sea que el desorden es visible y moleste porque es feo o porque no se encuentre un objeto, sino que tal vez mientras eso sucede el protagonista de esa historia puede vivir una experiencia en la que el sufrimiento permanece oculto.
El entorno siempre habla, a veces más que uno mismo.

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Muchas son las estadísticas y las investigaciones al respecto. La Organización Mundial de la Salud alerta que millones de personas viven con depresión, que se trata de una enfermedad más común de lo que imaginamos, a veces solapada porque simulamos o porque no se observa bien. El estado depresivo no solo afecta el ánimo, también la energía, la motivación, la concentración y la capacidad para realizar actividades diarias, así sea una tan simple como levantar el lápiz que se acaba de caer al suelo.
En tal contexto, ordenar o limpiar puede dejar de ser una prioridad. Quizás falla la voluntad, tal vez el cerebro de quien pasa por esa experiencia libra una batalla mucho más compleja que limita sus ganas de todo.
La psicología clínica lo explica muy bien, la depresión suele afectar las llamadas funciones ejecutivas, un conjunto de habilidades cognitivas que permiten planificar, iniciar tareas, mantener la atención y organizar acciones. No es simple desgano. Cuando esas funciones disminuyen, dejan de ser importantes actividades tan comunes como lo cotidiano que nos ayuda a vivir, ejemplo, botar la basura para que la casa no se convierta en un zoológico irrespirable.
Se trata de una realidad que también aparece en otros trastornos como es el déficit de atención e hiperactividad (TDAH) que padecen muchas personas, diagnosticadas o no. Hablamos de la dificultad para prestar atención sostenida, de poder empezar una acción y terminarla.
Pero también es común cuando existe ansiedad generalizada, trastorno obsesivo-compulsivo o cuadros de estrés prolongado. Todos son contextos que puede experimentar cualquier persona y ver acrecentadas sus dificultades para mantener el orden, entre otras manifestaciones. Por eso afirmamos que el desorden dice más de lo interno que del alrededor.
Lo común es que a pesar del "no deseo", la acumulación de tareas pendientes puede generar culpa, y es una cadena porque este sentimiento quizás alimenta la evitación y así se incrementan el desorden.
No podemos negar el vínculo entre el entorno y el bienestar psicológico, y la ciencia también lo sabe porque varios estudios públicos sostienen esa relación que produce más emociones negativas y una menor satisfacción con la vida. Desde la psicología y la sociología advierten que se trata de un asunto bidireccional porque el desorden puede afectar al bienestar, pero el deterioro del bienestar también puede favorecer ese comportamiento.
Sea observador. Ese caos exterior que se sustenta en desorden y falta de rutinas de higiene puede significar un peor funcionamiento de las habilidades ejecutivas, especialmente en contextos de vulnerabilidad socioeconómica porque el ambiente y las circunstancias también influyen en nuestra capacidad de mantener organizado el espacio personal.
Tengamos en cuenta que también quienes viven así pueden experimentar vergüenza por el estado de su entorno, o por el contrario, estar muy apáticos y no importarles nada, y tienen ojos, no hace falta recalcar lo que viven, es mejor ofrecer apoyo de alguna manera sin presionar. Sea cuidadoso con la crítica porque puede contribuir al aislamiento y aumentar la percepción de fracaso personal.
También puede ocurrir que la persona en cuestión posea un estilo personal —que asumimos distinto al nuestro— de organización y que no responda a una alteración del funcionamiento diario para acomodar su entorno. No todo responde a un trastorno psicológico. Somos diferentes, no tenemos el mismo nivel de tolerancia al desorden, ni iguales prioridades, mucho menos estilo de vida. Como decimos esto también confirmamos que esas casas impecables de revista IKEA no aseguran bienestar emocional detrás.
¿Cuándo el desorden es preocupante? De acuerdo con expertos el riesgo aparece cuando viene acompañado de limitaciones de las actividades básicas, cuando se deterioran las relaciones con los demás, y cuando se nota intenso malestar emocional. En tal caso ya no se trata de cuestión estética, aparece como indicador de necesidad de apoyo.
Si reconoce estas señales en alguna persona, no sea duro sino empático. Juzgar lo que no aprobamos no resuelve ningún problema. Piense que pocas veces podemos conocer la historia detrás de un comportamiento y que no es tan importante la cama destendida si su conocido quizás pasó la madrugada llorando, mucho menos la montaña de ropa por lavar si la ansiedad no le deja estar de pie ni comer para recuperar energía.
Recordemos que la salud mental es variable y con inimaginables manifestaciones, no solo con lágrimas.
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