Lacrónica: El monstruo que vino con la luz eléctrica

La primera vez que en Remedios hubo luz eléctrica, las personas no se lo podían creer. Tocaban el aire como si quisieran atrapar las partículas y encerrarlas en botellones para llevárselas a sus casas oscuras. El servicio era extremadamente caro, solo en lugares públicos y en algunas familias adineradas se podía disfrutar. La calle San José —que desde hacía solo unos años llevaba el nombre del patriota Máximo Gómez— era una de las arterias que permanecían encendidas. Debajo de los postes de luz se reunieron los vecinos con mesas para jugar dominó, trajeron gramófonos y pusieron música. Hubo bailes, toque de guitarras y bandurrias, rumbas de cajón. Toda la gente se volcó hacia ese sitio, hallando en la electricidad el nuevo sentido de su vida. La planta, situada en la vecina ciudad de Caibarién, les daba el servicio a las dos localidades. Cuando alguien iba por la carretera, podía divisarlas como dos puntos luminosos a lo lejos, en medio del campo cubano lleno de maleza, de ruidos y criaturas.
Resulta que, a lo largo del siglo anterior, cuando las calles estaban apenas flanqueadas por faroles de combustible, con mechas irregulares y llamas inestables, era imposible transitar a altas horas sin la ayuda de al menos una vela. Pancho Bigotes contó, en uno de esos encuentros debajo de los postes de luz eléctrica, cómo en 1896 cazaron a una supuesta bruja que transitaba por la villa con un palo y una vela encajada en la punta. Dicha mujer era en realidad Doña Ana de Rojas, vecina de la barriada de San Salvador, quien ni poseía poderes ni hacía daño, pero sí era una de las personas más viejas del lugar. La confusión, el miedo, la superstición, eran comunes en tiempos antiguos, cuando al caer la noche, apenas se escuchaba la voz del celador público. Las puertas de las casas, a las diez, cerraban y su sonido era descrito como una andanada de cañones, un anuncio de que a partir de ese momento lo que pasara en la calle era peligroso, inseguro.
La electricidad parecía espantar no solo lo oscuro de la noche, sino que muchas de las creencias, de los mitos que por siglos asolaron las mentes de los remedianos; dieron paso a la razón, la duda, el espíritu crítico. Si antes, en los viernes de cuaresma, los padres no dejaban salir a los hijos muy jóvenes por miedo a la Gritona del Seborucal; ahora era imposible sostener dicha fe. Los seres sobrenaturales se desvanecían delante de la conciencia invencible de la modernidad. Pero, ¿qué era una ciudad antigua sin sus criaturas, mitos, fabulaciones? A las viejas historias se comenzaron a sumar otras nuevas basadas en los inventos modernos, en la vida que estaba surgiendo y en otras supersticiones no menos originales.
Dionisio era un artista muy popular entre los parranderos de aquellos años. Sus faroles, hechos con papel maché, representaban la cumbre de la factura, el non plus ultra de la belleza. Cuando él estaba en los equipos de decoración la victoria era casi segura. Según se había hablado en las reuniones de las esquinas, como ya no hacía falta alumbrar las calles gracias a la luz eléctrica, los faroles de velas estaban demás y seguramente Dionisio se iba a quedar sin trabajo. Esa matriz de opinión corrió por los pasillos de las casonas coloniales, cayó sobre las tejas de barro llenas de aguas de las lluvias de la estación y se empozó en la cabeza de Inocente Moronta, presidente del barrio San Salvador, quien comenzó a pensar si no era mejor invertir el dinero de los faroles en otros elementos dentro de las parrandas. Paralelamente, en los callejones donde no había focos ni servicio público, se quitaron también los faroles de combustible o fueron quedando obsoletos. Todos soñaban con tener luz eléctrica. Eso trajo consigo mayor oscuridad en una porción de la ciudad, sobre todo en los ejidos y las salidas. Allí, entre gritos y erizamientos, se comenzó a tejer la leyenda del Diablo Colorao, un ser con tarros que salía en las esquinas y que agarraba sobre todo a las mujeres jóvenes. Se decía que el tal diablo era una especie de mono enorme, cuya fuerza superaba la de varios hombres, y que salía riéndose con una dentadura blanca, siniestra, que era la marca más terrible en medio de la negrura de la noche.

“Mire Don Dionisio, a menos que usted traiga algo muy original, este será su último año como farolero del barrio”, le dijo Inocente al maestro artesano, quien replicó: “Mis obras poseen el poder de exorcizar los demonios de esta villa y devolverle la paz a la gente”. Este breve diálogo, tenido debajo de uno de los tantos postes de electricidad, era una especie de duelo, un desafío entre dos figuras que por décadas lideraron procesos en las parrandas llegando a marcar con su legado e impronta a generaciones. Rápidamente el pueblo se dividió. Ambos hombres crearon partidos opuestos. Inocente aparecía en los solares, con su pecho henchido de orgullo, proclamaba que como líder iba a pagarle a Dionisio solo si la obra era realmente grandiosa y que además con la luz eléctrica los faroles estaban demás. A Dionisio no se le vio más. Ni siquiera su familia daba señales de su estado. Unos dijeron que se fue a San Antonio de las Vueltas, a la casa de unos amigos lucumises a hacer brujería. Otros aseguraban que estaba en medio del monte en una choza hecha con cujes de la maleza, donde colocó su taller de trabajo. Lo cierto es que, en esos meses, antes del 24 de diciembre, la batalla entre los dos hombres se dio de manera desigual. Inocente tuvo todo el espacio para desafiar a su oponente. En las barberías era escuchado, se ponderaba la luz eléctrica y se hablaba de la ridiculez de las velas y las antorchas. La modernidad había llegado acompañada de los automóviles y muy pronto se hicieron unas carreras alrededor del parque en las cuales, siempre al final, se hablaba de que este año era el fin de Dionisio y sus faroles y que seguramente tendría que dedicarse a otra cosa, quizás a chofer del servicio de ómnibus autopropulsado que recién había entre Remedios y los campos aledaños. Del artesano dieron noticias unos gitanos que pasaron por el puente de Rojas y lo vieron pescando en medio de un aguacero. “El pobre, hasta hambre debe de estar pasando” dijo alguien, no se supo si en son de lástima o burla.
Entretanto, en Remedios arreciaron las apariciones del Diablo Colorao. En las esquinas de las calles Maceo e Independencia, durante la procesión del jueves de Semana Santa, cuando las beatas pasaron por debajo de un arco oscuro, unas manos enormes las levantaron en peso, lanzándolas a larga distancia casi hasta la tienda Pertierra. Allí, la policía realizó varias búsquedas, pero no logró dar con el agresor. Las mujeres describían un aliento apestoso, como de quien se dedica a comer cangrejos de esos que pululaban en las alcantarillas en tiempos de lluvias. Lo cierto es que, aunque en la calle Máximo Gómez se seguían haciendo las tertulias debajo de los postes, nadie se aventuraba a altas horas por las porciones más oscuras y lejanas de la villa. Incluso el celador, que tenía el deber de hacerlo, evitaba pasar por ahí, por lo cual los vecinos quedaban en sus casas, entre el terror y la superstición.
“Antes de la luz eléctrica no existía el Diablo Colorao”. Esa frase, nacida en una conversación informal, sin un autor en específico, se propagó por las calles. Era la conciencia colectiva relacionando un fenómeno con otro. El monstruo que vino con la corriente, la criatura traída por los voltios y el cableado público. La imaginación le comenzó a atribuir cualidades al ser. Era alado, poseía unas escamas con plumas que le permitían alzarse por encima de los techos y mirar en las noches a las doncellas cuando dormían. Disponía de unas garras poderosas, con las cuales desflecaba las ropas de sus victimas antes de descuartizarlas. Había nacido en una central eléctrica y viajaba por los cables del servicio hacia las ciudades que estaban encendidas. Su alimento eran las chispas de los bombillos, pero le gustaba la carne humana casi en la misma medida. Todas esas ideas, cada una más descabellada, incendiaron las habladurías y dieron pie a que la pelea entre Dionisio e Inocente no fuera el único tema del que se comentase en la villa. Además, había que contar con los miedos que ancestralmente se empozaban en el centro de la mitología local. Desde los demonios hasta los piratas. Ese diseño de los remedianos los tornaba sensibles ante cualquier conmoción y creaba ambientes explosivos, llenos de una carga social energizante.

Llegado el momento, habría que definir de qué lado estaba la gente. Si de Dionisio o de Inocente, si del lado de la razón o del monstruo. En las historias que se encontraban en los archivos parroquiales había referencias a una criatura con los ojos verdes fosforescentes que caminaba por los sitios aledaños al Puerto Viejo y que se alimentaba de los sueños de las personas. Varios que lo vieron estuvieron años durmiendo sin que acudiera a sus noches ni siquiera una mísera pesadilla. Pudiera parecer un signo más de la credulidad popular o un gesto caprichoso del destino, pero lo que se estaba viviendo con el Diablo Colorao les recordaba a los remedianos aquellos lejanos años de la colonia, en los cuales se existía al margen de todo, conectados apenas por los mensajes que llevaban los barcos de vela tras meses de navegación. Las noticias, entonces, ya eran viejas cuando se ponían en la puerta de la Iglesia Mayor, cogidas con unas tachuelas rústicas. Por una parte, la electricidad, la potencia del futuro que movía motores, encendía soles pequeños en las casas y las calles, arrasaba con el atraso de la vela, con las noches en penumbra y de silencio. Por otra, el monstruo que acechaba en las esquinas aún a oscuras, casi como una resistencia del pasado, de esa historia de demonios que se negaba a desaparecer. Remedios se movía entre los dos extremos, bebía de la tradición que lo llenaba de miedo y se aferraba a la modernidad que en su esperanza también resultó contradictoria, inverosímil.
Las beatas, tras el suceso de la Semana Santa, le pidieron al Papa en forma de carta que visitara la villa y la bendijera porque era, en opinión de ellas, la única forma de salir de tales maldiciones. El Sumo Pontífice respondió con un saludo y una oración en la distancia, dejando el asunto en manos de los sacerdotes y del arzobispo. Aun así, se hicieron importantes ceremonias. Desde lo más alto de la torre de la Iglesia Mayor se lanzaron jarrones llenos de agua bendita en dirección de los cuatro puntos cardinales. El padre Agüero rezó durante varias jornadas junto a un grupo de cinco monjas todos parados con la vista puesta hacia Roma, tal y como ordenó el Papa hacer. Al cabo, el Diablo Colorao siguió saliendo. Solo se parecía calmar si le ponían algún regalo en las puertas de las casas. A la gente le llamó la atención que eso sucedía sobre todo si le dejaban pedacitos de dulce de coco con ajonjolí. La bestia entonces se iba a otra parte de la villa a molestar, dándole unas cuantas noches de alivio a los vecinos. Interrogado sobre ese comportamiento y acerca del gusto por los dulces de parte del monstruo; el padre Agüero respondió que eso era porque en el infierno había mucho fuego y los demonios siempre necesitaban más azúcar para sostener la rápida evaporación de sus calorías. Cada suceso era más estrafalario que el anterior y los lugareños le hallaban explicaciones totalmente exageradas, fuera de la mesura científica o del molde del sentido común.
Inocente no había estado al margen de la polémica del monstruo eléctrico, pero aseguró que esa creencia no frenaría sus ambiciones de usar la nueva energía en las carrozas de las parrandas, que no le importaba si se aparecía allí el Diablo Colorao. En el pueblo comenzaron a temer que, si se utilizaban muchas luces durante los festejos, el demonio saliera a comerse a los niños, a maltratar a las mujeres o matar a los hombres. Ya se hablaba de que en realidad era un súcubo que infectaba los sueños y la sangre, que vivía de la vitalidad de los habitantes de la villa y que por eso se podía parar en las ventanas y con solo mirarte te robaba el alma. De Dionisio nadie hablaba, a duras penas su familia decía que estaba bien y que trabajaba en el proyecto de los faroles de diciembre. En la casa del viejo artesano comenzó a crecer una planta de enredadera que le daba la vuelta a la reja de la ventana, subía hasta las tejas y echaba desde arriba unas flores lilas. La gente vio en eso una señal de que algo mayor había en la vivienda, quizás en la sintonía del monstruo eléctrico que asolaba la villa. Cuando se está en un lugar mítico, las conexiones surgen solas, como el olor a húmedo tras una tormenta.
Llegó el 24 de diciembre. Las calles estaban llenas de cadenetas de papel que repletaban el ambiente abigarrado de colores. En el aire se respiraba la expectación por las salidas de los barrios. Nada parecía estar fuera de la alegría popular, del deseo de hacer de esa jornada algo memorable. Excepto por el recuerdo del Diablo Colorao. Como muchas casas le dejaron cestas en las puertas con dulce de coco, guayaba en almíbar, barras de maní azucaradas; el monstruo había estado unos meses tranquilo. Apenas se sentía su paso, como el de una exhalación infernal por las madrugadas en busca de sus golosinas. La comunidad había aprendido a vivir con la criatura, hasta cierto punto la normalizaba, como mismo pasó durante siglos con la Gritona del Seborucal, que ahuyentaba de las calles a los vecinos durante los viernes de cuaresma. Los fantasmas y los vivos conformaron un mismo magma cosmovisivo, solo que ahora la sustancia del misterio estaba en torno a la electricidad. Donde hubiera bombillos habría también sombras, tras la luz se escondía la penumbra. Y allí, agazapada, con un hambre ancestral, la bestia. Cuando la última banderola de colores se colocó a la entrada de la plaza y los tambores comenzaron a sonar, todos reían, bailaban. Pareció por un momento que, bajo los rayos de esa felicidad, se habían olvidado tanto la competencia entre Inocente y Dionisio como el acecho del Diablo Colorao. No obstante, la llegada de la noche y el encendido de los postes, hicieron que un ligero temblor recorriera la muchedumbre. Quizás era la certeza de que algo estaba por pasar, un suceso que cerraría un ciclo de terror popular.
El barrio San Salvador venía con un gallo blanco en alto, escoltado por bengalas encendidas de color rojo. Un estandarte gigante se extendió desde el edificio del Ayuntamiento. En el aire se olía la pólvora, se sentía el misterio. Inocente iba delante de la comitiva y al verlo muchos lo saludaron, dándole las felicidades porque había ganado su apuesta. Nadie veía a Dionisio. “Es que el progreso se impone”, dijo alguien. A la altura de las doce de la noche, con la plaza encendida totalmente con bombillos eléctricos que colgaban de las cadenetas, un grupo de jodedores formó una rumbita que le iba dando la vuelta a la glorieta del centro. Celebraban el desarrollo, la luz, la libertad de las calles libres de penumbra, el movimiento de los autos y la rapidez. Entonces, ocurrió. Una oscuridad instantánea se adueñó de todo. Los generadores de Caibarién tuvieron su primera falla técnica y el fluido eléctrico se detuvo. La ciudad, que estaba bulliciosa, hizo silencio. Las personas apenas se podían ver las manos en lo oscuro. El miedo reapareció y algunas beatas rezaban en voz baja, mientras maldecían la herejía de la luz eléctrica.
“Arrepiéntanse”, se escuchaba entre murmullos. Apenas se veía en la penumbra la silueta del gallo blanco recortada contra un cielo enteramente oscuro. Entonces, allá, al fondo del callejón del Buen Viaje, paso a paso, se fue abriendo lugar una luz antigua, no traída por los cables de la modernidad, sino por un mechón zigzagueante. La luminiscencia proyectaba una sombra con tarros que iba creciendo y se trasladaba de una fachada a otra, creciendo, haciendo que el momento fuera más surrealista. Algunos corrieron a los portales, otros se encerraron en sus viviendas, pero Inocente y el resto de los parranderos se quedaron en el sitio. La luz se hizo más intensa y la sombra se iba tornando de tamaño natural. La figura de un hombre apareció en la esquina, sostenía un farol con sus manos en cuya cúspide había un diablo hecho con papel maché. En cada uno de los cuernos de la pieza descansaban unas velas encendidas. Era la única luz en toda la plaza. Dionisio había ideado este farol, para, como ya había dicho, exorcizar los demonios de la villa.
Casi de inmediato, los tambores volvieron a sonar y, aunque no hubo palabras ni reconocimiento de su derrota, tanto Inocente como el resto del grupo siguieron a Dionisio quien le dio varias vueltas al parque, iluminándolo todo con su farol. Aquel año, el apagón se extendió durante la madrugada y al amanecer aún la planta de Caibarién estaba rota. Sin embargo, los faroles volvieron a usarse en las noches subsiguientes. En las puertas de las casas, aun las de la calle Gómez, retornaron los mechones irregulares que les daban un aspecto sombrío a las paredes, pero lleno de energía salida desde lo interno de la villa. En cuanto a la rivalidad entre los dos grupos de remedianos, fue olvidada tras esa noche de festejos. El Diablo Colorao siguió molestando un poco por unos años más, luego se transformó en un chisme y con el tiempo nadie lo recordaba. La presencia de la criatura se esfumó con la misma potencia con que había aparecido junto a la luz eléctrica. No obstante, hubo mayor cantidad de casas iluminadas con el nuevo servicio eléctrico cuyos dueños decidieron, simplemente por tradición, ponerles además en las puertas un farol de combustible. Incluso, las personas de más edad, insistieron en colocar también un platico con un pedazo de dulce de coco para ahuyentar a los demonios.
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