Geopolítica: La guerra que no se puede ganar
La guerra Estados Unidos vs Irán. Imagen Ilustrativa
Trump acaba de acusar a la OTAN de cobardes por no implicarse en la guerra de Irán lo suficiente. Las bases militares de los aliados, sobre todo británicos, han estado a disposición del Pentágono casi desde el inicio de las hostilidades; pero lo que pide el mandatario va más allá de eso. Quiere que el Golfo Pérsico, cerrado por los iraníes, sea abierto por todos los occidentales, haciéndoles pagar a sus aliados por los errores que el propio presidente norteamericano cometió. El primer error fue meterse en una guerra que no puede ganar o que no ganará fácilmente sin un costo que resulte quizás mucho mayor que Irak en su momento. La ecuación es fácil, Teherán solo sancionó a Estados Unidos e Israel de no poder pasar barcos por el Estrecho de Ormuz. Trump quiere, mediante estas presiones, que se vea afectado todo Occidente y, de esa forma, buscar una culpa colectiva para el desastre de inflación que se ha derivado de sus decisiones. Eso salvaría un poco —cree él— su imagen delante del electorado, que ve en esa guerra un ejercicio de poder desesperado que en nada beneficia a la ciudadanía.
Pero hay más. Si Occidente se implica de manera colectiva, entonces las bajas en una invasión terrestre pueden ser menores para los norteamericanos. El peso que se comparta con los aliados le daría una legitimidad internacional a la acción y el presidente puede presentar la guerra como un suceso de seguridad trasatlántica o de seguridad nacional real avalado por aliados estratégicos. Lo cierto es que, justo en los instantes en que se escribe este análisis, Irán ha lanzado un cohete de largo alcance que impactó en el territorio británico del Océano Índico, con lo cual Teherán demuestra capacidad militar de mediano y largo poder. Europa tiembla ante la posibilidad de enfrentar una amenaza militar de esta magnitud y el conflicto escala un peldaño más hacia la confrontación mundial entre las superpotencias. La torpeza de resolver las diferencias por la vía armada ha llevado, quizás, a Occidente a un punto de no retorno del cual no se sabe qué puede resultar. Han hecho geopolítica sin tener todas las cartas a su favor más allá de un gasto militar récord, del cual creyeron que confiadamente iban a depender como ventaja.
La guerra ha quebrado aún más la unidad de Occidente en la medida en que los europeos han titubeado ante la torpeza de esta decisión. Se sabe que serán afectados por algo que no los beneficia, porque se trata de una causa perseguida y acariciada largamente por el gobierno de Netanyahu y su facción dura del gobierno conservador en Tel Aviv. Se trata de una guerra que tiene una proyección milenarista, con una base ideológica expansiva de parte de Israel. Tanto los sionistas blancos cristianos norteamericanos como los israelíes están convencidos de que están adelantando el Armagedón y la llegada del mesías. Aquí hay que hacer un aparte, porque las visiones ideológicas se mezclan con las apetencias materiales y conforman un entramado de intereses reales. En realidad, el Estado de Israel necesita de este tipo de confrontaciones como combustible existencial, por eso han llevado a Occidente detrás. El costo para la humanidad está siendo alto y puede ser peor. El beneficio hasta el momento resulta absurdo. Un ejército norteamericano que ha tenido que abandonar posiciones de avanzadas en el golfo, barcos hundidos con cargamentos de petróleo, el alza de los precios, la inseguridad para los centros financieros árabes de la región. Nada pareciera racional, coherente y sólido en las decisiones de Trump.
Pero la gran perdedora de la guerra es la OTAN. No solo sale debilitada, sino que ha perdido poder como respuesta coherente hacia lo interno. Trump la ha desgastado en exigencias, cuestionamientos, tirones existenciales. Ya no muestra la fuerza de antaño y eso le conviene a las potencias rivales que miran en silencio, le proporcionan material de inteligencia a Irán y esperan su momento. La guerra está enterrando los reductos de poder y de alianzas que le quedan a Estados Unidos y dejará al imperio más solo cuando termine el mandato de Trump. En ese juego geopolítico, tanto Rusia como China han estado barajando un nuevo escenario en el cual Europa se tiene que volver a acercar a Moscú y Beijing por el peso de la economía.
La OTAN ha tratado de sobrevivir a Trump, pero sus países ya buscan alianzas con poderes ajenos, es el caso de los países del sur como España, que, a la par que se niega a aumentar el gasto militar, posee lazos con China bastante fuertes en lo comercial. O como está sucediendo con Hungría, que se niega en la persona de su presidente Orban, a formar parte de la cofradía absurda antirrusa del concierto occidental, debido a la dependencia de los hidrocarburos orientales. El tablero se está moviendo, aunque los maguistas sigan oyendo a Trump y creyendo que se ha restablecido el poder anglosajón a partir de las demostraciones de fuerza. En realidad, todo lo que está sucediendo conduce al cuestionamiento mayor del papel de los Estados Unidos en el futuro y a la emergencia de nuevas estructuras de poder más realistas y funcionales por fuera del mundo creado luego de la Segunda Guerra Mundial. El resquebrajamiento del orden internacional da paso a otro orden en el cual mandan la economía real y el lazo nacido de ese proceso.
¿Cómo se ve eso en la práctica? Irán está exigiendo la venta del petróleo del Golfo Pérsico en yuanes chinos, lo cual constituye un acto de guerra y un golpe demoledor al poder financiero de los Estados Unidos. Eso obliga a los norteamericanos a imprimir más billetes sin respaldo lo cual aumenta la deuda y la bancarrota del país. La transición de la moneda, por otra parte, se acelera al producirse el ascenso de las operaciones en yuanes y por ende el aumento de las reservas en esa divisa para una de las actividades que mueven el mundo como es el caso de la energía. Si esta guerra no termina pronto con un acuerdo que les permita a las monarquías del Golfo exportar petróleo en dólares, el peso de este conflicto en el futuro económico inmediato de Estados Unidos será devastador y no se podrán reponer ni aunque cambien de política o de presidente. La decisión de iniciar una guerra en el centro neurálgico del petróleo ha sido una torpeza sin precedentes para un político no profesional, que actúa por fuera de los estándares de lo racional y lo realista en término de relaciones internacionales.
La hegemonía norteamericana es también la percepción de esa hegemonía. Si en los próximos meses no se produce una invasión (con el costo que ello presupone) las tornas mediáticas no tendrán como maquillar más la derrota de Occidente. Será un punto de no retorno en materia de construcción de la imagen de poder. Si por el contrario se adentran con tropas terrestres, también existe un alto porciento de derrota o de costos en vidas, lo cual en las democracias liberales se traduce en desastre electoral para cualquier partido político. La ecuación es de perder/perder y los analistas lo saben, los asesores que metieron a Trump en esto no sopesaron bien la salida.
Hay que ver si, en un corto plazo, Irán propone un acuerdo y si el sistema de tratados internacionales (el otro gran perdedor de esta guerra) posee credibilidad suficiente para sostener un alto al fuego.
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