Geopolítica: Epstein y la percepción del poder
La liberación de más de tres millones de archivos del caso de Epstein por parte de las autoridades norteamericanas es una realidad geopolítica. Entender que no se trata de sencillamente una indagación de corte penal nos lleva a darle una dimensión y un peso al manejo mediático del suceso. ¿Quién era este señor? Su presencia en el mundo de la élite financiera iba más allá de la farándula, había elementos en su vida que se imbricaban con la alta política y la toma de decisiones. Más de un funcionario de gran rango estuvo implicado, el caso del príncipe Andrés de Inglaterra lo evidencia. Todo apunta a una de las mayores filtraciones de la élite en materia de trata de personas, pero a la vez a uno de los hechos más ilustrativos que muestran la ideología de poder y la deshumanización de quienes rigen los destinos de pueblos enteros.
Más que un juicio moral, la revelación de los archivos nos lleva también a analizar el sitio de Estados Unidos como centro de Occidente y sus valores y la decadencia que se deriva de todas estas alusiones. En los archivos hay, además del tema sexual, canibalismo, cultos esotéricos, expresiones de sadismo y de crueldad sin límites. Lo más escabroso es que, a pesar de la revelación, la mayor parte de estos archivos son solo registros; están por indagarse a fondo y llevarse ante un proceso legal de debido proceso. Este detalle apunta a la verdadera naturaleza de esta filtración: el contexto político. Epstein estuvo implicado con tantos actores de la élite, que puede ser usado como arma arrojadiza para hundir a discreción a objetivos claves. Y se está en un año electoral. Sin dudas, una de las mejores explicaciones de este hecho la da Daniel Estulin en su canal de YouTube cuando se refiere a que las fiestas del magnate financiero funcionaban como una suspensión de la moral pública y las leyes, a la manera de un viaje en yate donde todo está permitido menos bajarte del yate. Si lo haces, te eliminan. Esto convierte la información de alta sensibilidad sobre la élite en un arma, en un instrumento de poder. Quizás Epstein haya sido más que un abusador sexual, un enfermo o un personaje oscuro; las especulaciones sobre la esencia de cómo se maneja el dispositivo de control social en estas fiestas apuntan hacia otras implicaciones.
Las redes sociales se posicionan como la herramienta perfecta en tiempos de filtraciones y de relatos. No solo por su alcance, sino por la manera en que la frontera de lo real se puede desplazar a partir del uso de las percepciones de los públicos. Cuando una información de esta índole se introduce en el debate global se está persiguiendo en primera instancia una normalización del caos de la élite, una aceptación del fenómeno. El mero hecho de que se maneje como un escándalo mediático y no como un debido proceso nos pone sobre la mesa que la judicialización de la política es solo la otra cara de la mediatización de la moral. El primer choque crea el horror, el rechazo, el asco; pero por saturación los públicos normalizan las imágenes, las asumen como parte de la cotidianidad y al final la construcción de poder sigue intacta. Podrán sacrificarse algunas caras, incluso de poderosos, pero la estructura está intacta y eso es lo que importa. A nivel de relato usted ya aceptó que es muy posible que haya grupos influyentes que comen carne humana. No es el cine, no es una obra de teatro, se trata de los líderes de la política de varias naciones de corte liberal con instituciones supuestamente controladas de forma pública.
En materia geopolítica, la publicación de estos archivos, aunque sea otra la percepción inicial, descompresiona a la élite. Ya no tienen que dar muchas explicaciones porque, supuestamente, ya todo se dijo, está a la luz. Cierto que, sin consecuencias aún visibles para los culpables, incluso con tachones que los protegen. Ahora ya no se les puede acusar de violar las normas liberales de la política, sino que hay que agradecerles porque son capaces de mostrar aún lo más oscuro, lo más escabroso. La jugada de la conspiración abierta es hacerlo delante de los ojos de todos para que, mediante la normalización del escándalo, se pase por alto la verdadera rendición de cuentas. El yate sigue inalterable su curso, ya que no se está hablando aquí de un yate físico, sino de la posibilidad de los poderosos de viajar con impunidad más allá de los límites de lo que la moral y la ley permiten.
Entretanto, en el año electoral norteamericano se estará hablando de este tema y no de los grandes problemas estructurales de la sociedad: el empleo, la economía, la violencia, las drogas, el acceso a la educación y la salud, la seguridad social. El debate moral excluye al debate clasista, el escándalo tapa la transformación necesaria del status quo. Lo mediático protege, mediante cortinas de humo, los verdaderos poderes. El lobby empresarial no será nunca tocado por un proceso real de cuestionamiento, porque las masas están desviadas hacia la posibilidad de que existen lobbies satanistas en Hollywood. ¿Sospechoso? Sin dudas, en el año electoral a ambos partidos les conviene que el tema sea Epstein y no los errores que se han cometido desde la élite política con el manejo de la crisis estructural del país y de la propia proyección exterior. El magnate financiero y su trama de abuso será el arma arrojadiza, pero también el pacto no dicho, el instrumento de poder que silencia con su escándalo, que cubre con su supuesta develación. Tan contradictorio como complejo, así es el entramado del poder en un Occidente que está ante su momento de mayor crisis. Es tanto una decadencia moral, como económica. La caída de los soportes liberales del sistema evidencia que en el tinglado no solo había privilegios, sino monstruosidades propias de las eras más oscuras de la humanidad.
Los rituales satánicos, si bien pueden tener una lectura tremendista a la manera de una producción fílmica, poseen en realidad una sustancia terrena, una que nos acerca a la naturaleza del poder. Por una parte, su esencia es sellar de una manera simbólica una pertenencia grupal y de intereses, una especie de silencio maldito; por otra, se recurre a evidencias y referentes antiguos para darle mayor empaque de legitimidad al ejercicio de poder de una élite que requiere constantemente de rituales que la confirmen. No hay nada ocultista, todo es humano, terrenal, antropológico y palpable. Se nos muestra eso como algo sobrenatural, más allá de nuestro horizonte de lo entendible, pero en realidad lo que se pretende es que le otorguemos a la élite una moralidad diferente, laxa, permisiva, en la cual se normalicen esas prácticas. Quizás nunca estuvo más vigente el hecho de que las ideologías de poder se conciben para los pobres, mientras que los ricos solo poseen intereses, apetitos, ambiciones, metas y propiedades. Incluso una visión como esa tiene que estar impregnada de un enfoque clasista. No son satanistas, no son personas descendientes de dioses paganos o emparentadas con entidades; son sencillamente millonarios jugando con símbolos de poder y asustando a los más desposeídos.
En la ruleta rusa del rico, el pobre es solo una ficha intercambiable. No se trata de solamente una red de trata de personas, es un instrumental de reafirmación, reproducción y en cierta medida legitimidad del poder de una clase que posee las acciones, las propiedades y la ascendencia de siglos sobre el resto de la humanidad. He allí la causa de por qué durante décadas pasaba delante de los ojos de las autoridades y nadie hacía nada. Solo en este momento, cuando el aparato de las redes sociales sirve como mecanismo de amplificación de las matrices y existe un rédito publicitario y de control social, se le da esta dimensión. La estructura que permite y que usa esos mecanismos, no obstante, no ha caído ni caerá, sino que se recicla para actuar con la misma impunidad.
Y es que la élite es multidimensional. No se trata de un organismo pétreo ni de un pacto donde todos siguen unas reglas estatuidas. La misma falta de fronteras morales que se ve en los archivos de Epstein opera entre ellos mismos y sus intereses en muchas ocasiones contrapuestos. Tienen aliados, pero no son amigos entre sí. Si te bajas del yate, pereces. Si en el organigrama de propietarios y financistas alguien osa colocar una pieza que desvíe el equilibrio de poder, entonces se actúa y se sacrifica a quien sea. Se llama interés de clase, conciencia burguesa de la historia. El mundo se lee a través de valores bursátiles, acciones, propiedades y crecimiento económico. Esa es la moral. Sin dudas, las filtraciones aún tendrán para nosotros otros capítulos escabrosos, pero el análisis no debe ir por la vía del asombro, de la condena meramente racional o del escándalo; hay que tomar fríamente esa matriz y colocarla en contexto, actualizar sus derivaciones y llevarla hasta las consecuencias más trascendentes en materia de geopolítica.
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