Diseñado aquí, fabricado allá: ¿una nueva geografía del capitalismo?

Esta realidad descansa sobre una revolución tecnológica que modificó la manera en que las empresas producen, los trabajadores laboran y el capitalismo expande sus fronteras
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Diseñado aquí, fabricado allá: ¿una nueva geografía del capitalismo?

Diseñado aquí, fabricado allá: ¿una nueva geografía del capitalismo?

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CubaSí

Un teléfono diseñado en California puede incorporar minerales extraídos en África, microchips fabricados en Asia, componentes ensamblados en América Latina y llegar a las manos de un consumidor a miles de kilómetros de distancia pocos días después de su compra. Detrás de esa aparente normalidad subyace una de las transformaciones más profundas de la economía contemporánea: la capacidad de fragmentar y coordinar la producción a escala planetaria.

Lejos de ser un fenómeno espontáneo, esta realidad descansa sobre una revolución tecnológica que modificó la manera en que las empresas producen, los trabajadores laboran y el capitalismo expande sus fronteras. La capacidad de coordinar en tiempo real operaciones ubicadas en diferentes continentes, trasladar información a gran velocidad y gestionar enormes volúmenes de datos hizo posible una organización económica que habría resultado impensable apenas unas décadas antes. Comprender cómo se produjo esa transformación conduce necesariamente al estudio de la revolución científico-técnica y de su papel en la configuración de la economía mundial de estos tiempos.

Lo que conocemos como revolución científico-técnica ha sido uno de los motores esenciales en la transformación del sistema capitalista moderno. Su base está en la aplicación directa de la ciencia a la producción. Se vincula con la electrónica, la informática, las telecomunicaciones, la automatización, la biotecnología, los nuevos materiales y, más recientemente, la inteligencia artificial. Desde la segunda mitad del siglo XX, estos avances han permitido un salto cualitativo en la productividad y en la capacidad de expansión de las economías. Se trata de un proceso que no solo ha redefinido la organización del trabajo y la producción, sino que también ha creado las condiciones materiales para una interconexión global sin precedentes.

En el marco del capitalismo, una de las consecuencias de la revolución científico-técnica es que esta ha impulsado la fragmentación de los procesos productivos. Este elemento —que expresa la relación entre el papel de la revolución científico-técnica en el desarrollo del sistema capitalista y la globalización productiva— ha posibilitado que distintas fases de la producción se ubiquen en diferentes países o regiones.

La capacidad de coordinar operaciones a distancia, gracias a la digitalización y a la logística avanzada —entendida esta última como un conjunto de procesos, servicios y tecnologías destinados a aportar valor añadido a los flujos logísticos tradicionales— ha hecho viable que las empresas organicen cadenas de valor globales. De este modo, la innovación tecnológica se convierte en un factor determinante para la expansión del capital más allá de las fronteras nacionales.

La globalización productiva encuentra su fundamento en estos avances. Por ejemplo, la posibilidad de trasladar la producción de manufactura a regiones con menores costos laborales, mientras se mantiene el diseño y la investigación en centros altamente desarrollados, es una expresión clara de cómo la revolución científico-técnica se articula con la lógica capitalista de maximización de beneficios. La tecnología, en este sentido, se convierte en herramienta para profundizar la internacionalización del capital.  

Una investigación divulgada a principios de siglo por la revista mexicana Problemas del desarrollo explica este fenómeno en los siguientes términos: “Los procesos de producción que admiten la fragmentación implican división del trabajo más fina y compleja que aquellos que no la admiten. Con dicha fragmentación, las diferentes fases del proceso productivo pueden separarse espacialmente y llevarse a cabo en sitios distintos, donde los costos de cada fase sean los más bajos”.  

Un ejemplo de esta relación es la industria electrónica. Empresas líderes en el sector pueden llegar a diseñar sus productos en países desarrollados, fabricar componentes en Asia y ensamblar en América Latina, todo ello coordinado mediante sistemas digitales que permiten controlar la calidad y los tiempos de producción. Este modelo refleja cómo la revolución científico-técnica ha hecho posible una globalización productiva que integra territorios diversos en una misma cadena de valor, al tiempo que refuerza la interdependencia económica mundial.  

De tal manera, la revolución científico-técnica no solo ha transformado el sistema capitalista en su interior, sino que ha sido el soporte material de la globalización productiva. La capacidad de expandir y fragmentar la producción a escala planetaria es inseparable de los avances tecnológicos que permiten coordinar, controlar y optimizar procesos en múltiples países. Así, el vínculo entre ambos fenómenos se expresa en la consolidación de un capitalismo globalizado, cuya dinámica depende cada vez más de la innovación científica y técnica.  

Sin embargo, la integración de numerosos países a estas cadenas globales no ocurre en condiciones de igualdad. Mientras las economías más desarrolladas suelen concentrar las etapas de investigación, diseño, innovación tecnológica y control financiero, muchas naciones periféricas quedan relegadas a actividades de ensamblaje, extracción de materias primas o manufactura de bajo valor agregado. Como consecuencia, la revolución científico-técnica y la globalización productiva, aunque han aumentado la interdependencia económica mundial, también han contribuido a reproducir y perpetuar viejas asimetrías del sistema capitalista, en el que el conocimiento y la tecnología más avanzada se concentran en pocos centros de poder, mientras amplias regiones del orbe participan de la producción sin acceder en la misma medida a sus beneficios.

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