Contracrítica: Onelio y las flores

Onelio Jorge Cardoso nos enseñó que el hombre posee dos hambres. No se refería solamente a las necesidades que se satisfacen a partir de lo económico, sino a aquello que nos define, a la humanidad.
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Onelio Jorge Cardoso

Onelio Jorge Cardoso. Foto Cubarte

Fuente:
CubaSí

 Su concepto de plenitud se sitúa más allá del simplismo con que cierta crítica lo quiere ver. No es meramente un autor del criollismo, sus temas no se cierran en el folclore. Hay allí un contenido mayor, una apuesta que se mueve hacia lo interno de las personas y que no se detiene en los detalles nimios. Onelio creó su obra en la periferia de la república, aunque obtuvo algunos reconocimientos. Sus temas no eran los que gustaban a la burguesía. Se consideraron cuentos que trataban la miseria, el habla inculta, la porción más humilde. Lo cierto es que, cuando los leemos, sentimos la presencia de la gente de pueblo y sus anhelos, tristezas, reivindicaciones. En cuentos como El Hambre, se despliega todo un artificio en torno a un hombre que ha muerto de manera inexplicable, pero que se niega a cerrar los ojos. El hambre física se ha transformado en una que compete al espíritu.

Si algo distingue a la literatura cubana del siglo pasado es el diálogo con las vanguardias y la propia historia nacional. Este proceso se dio de manera conflictiva, con saltos en los cuales los autores se enredaban con las cuestiones macro intentando vertebrar una solución desde la prosa o la poesía al drama real. Onelio lo hace, pero desde una tesitura diferente. Él no amarra a sus personajes, sino que los expone, los libera, les da la oportunidad de defenderse. La vida cotidiana no surge mediada por la vista del autor, sino que este se borra lo más posible. El resultado es el cuentero como figura que recorre toda la obra. Se trata de una creación ficcional, no necesariamente es un alter ego. A veces encarna a un personaje, otras es el narrador omnisciente que no obstante no se despega de los personajes y los sigue como una conciencia crítica, una especie de eco.

Onelio perfeccionó su técnica a la altura de los grandes maestros. El cuento fue su territorio, su magma, con él trabajaba para legar una especie de país diferente, hecho con los retazos de la memoria y de los dolores. Era la Cuba anterior a 1959, esa que él sabía retratar porque la vivió y padeció. La Cuba del olvido. Sus personajes tienen una esperanza rara, fundada en lo espiritual. No poseen casi ninguna cosa, no gozan de privilegios, sin embargo sonríen, tienen vida, avanzan en el vacío con un gesto desafiante. El hombre tiene dos hambres.

Esa tesis, sostenida a lo largo de la obra, le da un esqueleto infalible a la voz narrativa de Onelio. Su mundo es Calabazar, pero funciona como un microuniverso que se desarrolla con la locuacidad de las grandes poéticas. 

En uno de sus textos más memorables, llamado Hierro viejo, un campesino pierde a su hijo en la Segunda Guerra Mundial. Su mundo se le hunde, solo queda un arado en medio de la tierra, el que el muchacho usaría al regreso. Cuando Onelio aborda el dolor humano lo hace mediante símbolos vinculados al trabajo, a la creación, quizás porque entendió mejor que nadie el drama de la clase trabajadora. El padre se niega a donar el hierro al ejército porque entiende que servirá para fundirlo en armas que matarán a hijos como el suyo, aunque estén en otro bando. La hermandad de clases se manifiesta de manera sutil, pero potente, sin que sea necesario un panfleto.

Cuando el país está a punto de celebrar una feria más del libro, se impone una reflexión en torno a Onelio. No solo porque se trata de una especie de conciencia nacional dentro de la narración, sino porque su obra, a veces dispersa, sin la promoción adecuada y sin la crítica informada, suele no consumirse lo suficiente. Esa prosa, con todo el peso existencial que posee, dice más sobre la identidad cubana que muchos tratados e investigaciones acuciosas con el dato. Onelio le permite al lector vibrar, conectarse con el alma del criollo y de esa manera crear una genealogía del placer de la lectura más allá de lo banal o del simple ejercicio hedonista.

Entonces, acercarnos a los personajes de Calabazar de Sagua es hacerlo con la Cuba profunda, la que nos sigue hablando a pesar de la distancia y de los muchos desencuentros. En un presente de reconstrucción de identidades y de erosión creada por la tecnología, hay mucho futuro para el cultivo de lo propio. Onelio Jorge Cardoso es como las flores silvestres: crece, sin lluvia, en el olvido, sin tierra casi. Esa persistencia se debe premiar, más que nada con respeto intelectual.
 

 

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