Contracrítica: El abismo de la derrota en Charles Bukowski

Pulp es la última novela del escritor norteamericano Charles Bukowski. Está dedicada a la mala escritura, como aparece al inicio, y su temática usa como vehículo el género negro de la narrativa con la finalidad de impactarlo a partir de las tesis absurdas sobre la existencia humana, que son consustanciales a este autor. Estamos acostumbrados a leer, cuando se habla de la prosa bukowskiana, acerca de personas alienadas, de alcohólicos, de bares o de hoteles baratos, del fracaso; sin embargo, Pulp es algo totalmente dispar, no hay una realidad llana, sino una apuesta por lo fantástico desde un alto nivel de fabulación que en las páginas finales resulta alucinante. Bukowski usa lo superficial para que ahondemos en la vida, se sirve de la banalidad del mal para deconstruirla y hace de este mundo un escenario ridículo, cruel y solitario para que tomemos conciencia de nuestra propia irracionalidad.
En otras anteriores entregas como Cartero o Mujeres, la presencia del alter ego Henry Chinaski nos sugiere que el autor siente esos pasajes literarios como parte de su propia experiencia. Nos cuenta estas narraciones en una clave cercana, desde la reflexión pesimista, el recuerdo, la evocación. Bukowski sabe que en la escritura hay una porción de realidad, pero ha desarrollado, producto de su aprendizaje, la manera de enmascarar las manchas, las oscuridades y de vivir en torno a la porción poco amable de la existencia sin que eso lo mate totalmente.
Es un sobreviviente de la crisis de la modernidad, una en la cual no hay sitio para la simpleza, la validación o el éxito tonto, una en la cual lo que tenemos es la derrota real y la pérdida de las utopías. Pulp, en cambio, es lo que queda luego de la tormenta. Aquí lo que importa es el arrasamiento de la totalidad por el absurdo. Un detective, Nick Belane, recibe de un personaje que se autodenomina como La Muerte, el encargo de encontrar al gorrión rojo. El resto de la trama se desarrolla dentro de esa la contrapartida de la razón que hemos expuesto. Los sucedidos apuntan hacia la construcción de una realidad que se cae, de una vitalidad que no se encuentra y del uso de refugios como el sexo, el alcoholismo o la violencia.
Bukowski no está exaltando ese estilo de vida, lo está exponiendo para que veamos en qué termina todo, hacia dónde conducen las avenidas del pecado de existir.
Pulp posee, en el personaje antagónico de La Muerte, una densidad filosófica. A la vez que se opone al detective, le da sentido. Es como su límite y su expansión. En esa dualidad, La Muerte actúa como la única frontera real y visible en un mundo que no posee forma, que se confunde y que ha dejado de buscar sentido. Este autor no quiere que su obra sea solo literaria, sino que la construye como golpes existenciales. Pareciera decirnos que la derrota posee una utilidad, más aún, que es la gran maestra de nuestras vidas. No somos nada sin la caída, ya que la caída es inevitable. La gran enseñanza de Pulp es que en la medida que avanza la trama vemos que no hay nada racional que encontrar, que el detective no puede crear un discurso como los de este tipo de novelas negras a las cuales Bukowski considera mala escritura. El juicio no solo va hacia lo estético, sino en el sentido de lo que se contiene, de lo conceptual. El misterio está resuelto de antemano. Vamos hacia ninguna parte, el proceso es degradativo, nos destruye. Solo podemos elegir de qué manera ocurre. En esta línea, La Muerte pasa a ser una mentora del detective y la novela se convierte en una parodia de una obra de aprendizaje. Hasta ahí llega la grandeza de Bukowski.
La Muerte tiene un espacio además pintoresco, es una mujer. Bukowski la construye como un ser atractivo, lleno de sensualidad, que arrebata los deseos del detective. De manera que es también una historia de amor entre un hombre y su soledad, entre un hombre y su disolución. El mensaje implícito es que amemos nuestra muerte, que la veamos como parte del proceso que nos conduce a la elocuencia en el plano del aprendizaje más honesto. La mala escritura incluye entonces la vertiente romántica, solo que en clave cínica, deconstructiva. El misterio es también un acto de amor que nos conduce a amarnos antes de que todo termine. El autoconocimiento con sus honduras filosóficas ronda los procesos de concreción de esta obra. Es un retorno a Sócrates, a la máxima que estaba en el templo del oráculo de Delfos. Por eso se trata de literatura, porque no se queda en el plano de lo simplemente alusivo, sino que se acerca a la realidad desde la polisemia, desde la crítica inteligente y la tangencialidad del juicio.
Bukowski huye de ser un pensador, pero no puede evitar que sus obras versen sobre cuestiones de peso, como el hecho de que estamos definidos por nuestra finitud, por la línea que marca el desgaste del cuerpo y del espíritu. De manera que el arte es una especie de vindicación de lo que somos y una extensión por encima de la desmemoria de lo que queda, luego de que se produzca el último aliento.
Bukowski tiene entre sus principales maestros a Ernest Hemingway. Cualquiera que lea las obras de ambos autores verá puntos de contacto. Se trata de perdedores que aprendieron a perder, más aún que renunciaron a ganar. Uno se fue hacia los bares y los hoteles, escribía en servilletas y enviaba a revistas que lo rechazaron sistemáticamente. Otro, tuvo la posibilidad de cazar en la selva, de participar en combates en las guerras mundiales y en las corridas de toros, pero igualmente la amargura, la enfermedad y el dolor lo corroyeron y lo eliminaron. La visión del pescador que regresa sin su presa, pero que está dispuesto a la misma batalla es algo que bien pudiera estar en Bukowski. La acción del borracho que escribe en una habitación tirado al abandono y la soledad, tiene puntos de contacto con Hemingway. Ese es el tipo de escritura que se reivindica en Pulp, que alude a una vitalidad sin límites, capaz de saltarse las convenciones y de hacer una obra en la soledad de la derrota, sin nadie que otorgue reconocimiento. La soledad de seguir, de sufrir y de sacar fuerzas del fracaso.
Hay análisis de la obra de Bukowski que lo relacionan con corrientes criticas con la razón, se habla de Heidegger y su ser para la muerte por ejemplo o de la línea de parentesco con Nietzsche en cuanto a la reivindicación del vitalismo, sin embargo, en una obra como esta lo interesante es lo que el autor no dice, lo que aparece sugerido en los espacios de silencio. Allí, lejos del ruido, en los momentos de soledad, sentimos que nuestro fin se acerca y que solo de esa manera podemos probar que estamos vivos. El límite es lo que define a Bukowski, un límite físico en la misma muerte, pero también uno que abarca la creación y que exige que escribas en serio, que se te vaya todo en ese ejercicio o que de lo contrario sencillamente no lo intentes.
Entre la muerte y el alcohol, entre el consumo y la miseria, entre la bulla de la ciudad y la soledad de los sitios marginales, Bukowski hizo de esta última entrega una sinfonía de la lucidez. En la tumba del autor se lee el epitafio «No lo intentes». Quizás de esta manera el autor nos decía que no vale la pena intentar, que cuando se intenta se está justificando el fracaso, se lo maquilla. Es un llamado a vivir, a escribir y dar el salto alabismo que nos destruye. Pulp termina de manera sorprendente, el hallazgo es la disolución del personaje. Ese torbellino existencial, ese punto de quiebre de lo literario, son variaciones hermosas en el pentagrama creativo. Desde su plano narrativo, creacional, el autor nos sigue diciendo que saltemos, que vayamos más allá y nos atrevamos a vivir el intenso golpe de la derrota.
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