Biohacking: La paradoja de buscar la inmortalidad y casi morir por los algoritmos

Una obsesión por el humano optimizado que no solo ahonda la brecha de las desigualdades, sino que, entre otros riesgos y promesas, pretende borrar una de las esencias más humanas: el ser imperfectos y mortales
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Imagen ilustrativa para representar el biohacking

Imagen ilustrativa: tomada de trendti.cl

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CubaSí

Se conoce de un joven CEO europeo, millonario, apuesto, vital; quien, paradójicamente, parece andar prisionero de sus angustias por una salud cada vez más perfecta.

Tratando de que su cuerpo funcione de manera óptima, apela, casi compulsivamente, lo mismo a recursos de la naturaleza que a las tecnologías más sofisticadas y actuales.

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Reloj inteligente para monitorear bioindicadores

Imagen ilustrativa: tomada de centr.com

Lo mismo realiza ayunos intermitentes en bien de su metabolismo, que usa luces infrarrojas y lentes bloqueadores de luz azul para una mejor higiene del sueño, mientras lleva un anillo inteligente para saber exactamente cuántas horas de sueño profundo tuvo.

A la par, monitorea su glucosa en tiempo real y de manera permanente, aun sin ser diabético, y se hace sistemáticos y bastante continuos análisis de sangre para, por ejemplo, conocer exactamente cuántos miligramos de magnesio o vitamina D le faltan y así consumir una suplementación personalizada de minerales y vitaminas.

Aunque parece una caricatura, no es todo lo que hace pretendiendo hackear su cuerpo, como si fuera un sistema informático, para que funcione cada vez mejor. Es decir, practicando el biohacking.

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Ejercicio con monitoreo de bioindicadores como parte del biohacking

Ejercicio con monitoreo de bioindicadores como parte del biohacking. Foto ilustrativa: tomada de lavanguardia.com

En la era de la algoritmia biológica

Lo que casi ayer parecía solo una posibilidad teórica, hoy se erige en una industria colosal: el mercado global del biohacking ha alcanzado una valoración estimada de $56,200 millones de dólares para este 2026, con una proyección de crecimiento que podría dispararse hasta los $134,750 millones en 2030. 

Y esta explosión financiera no es solo un dato económico, es el síntoma de un emergente cambio de paradigma donde la biología se percibe como un código que puede, y debe, ser "hackeado", con todos los peligros y otras malas hierbas que ello conlleva.

En el corazón de esta tendencia reside el concepto del "Humano Plus", una aspiración que trasciende la simple salud para buscar el rendimiento superlativo. Ya no basta con no estar enfermo; la meta es la optimización cognitiva y física absoluta. 
Sin embargo, esta búsqueda de la perfección está revelando una cara sombría: la aparición de nuevas patologías del control. La ortorexia -obsesión patológica por la comida biológicamente pura- y la ortosomnia -ansiedad provocada por no alcanzar los niveles de sueño "perfectos" dictados por los dispositivos- son los nuevos fantasmas de una generación que ha sustituido la intuición biológica por la tiranía del dato digital.

La brecha del bienestar: sobrevivir vs. trascender

Desde una perspectiva sociológica, el biohacking actúa como un potente revelador de las desigualdades globales. Mientras que en las naciones desarrolladas los millennials invierten miles de dólares en nootrópicos (drogas inteligentes) y dispositivos de neuro-wearables -que ya representan el 22.75% del total de estas compras- como una forma de gestionar la ansiedad y el estatus, en las regiones de bajos ingresos la preocupación sigue anclada en la supervivencia básica.

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Infografía sobre cuotas del mercado mundial de biohacking, marzo 2026.

Cuotas del mercado mundial de biohacking, marzo 2026. Infografía: Business Research Insights

Pareciera que presenciamos una -otra más- bifurcación de la especie: por un lado, una élite que utiliza el biohacking para intentar vivir 120 años y optimizar cada milisegundo de su atención; por otro, poblaciones donde los determinantes sociales de la salud, como el acceso a agua limpia o nutrición básica, siguen siendo la prioridad. 

Esta "brecha de los superhombres" anda sugiriendo que ese futuro de una mejor salud para todos no será universal, sino segmentado por la capacidad de procesamiento biológico y económico. 

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Niño latinoamericano alimentándose de la basura

Foto: tomada de confirmado.com.ve

Informes recientes sobre los determinantes sociales de la salud subrayan cómo estas innovaciones tecnológicas pueden, paradójicamente, profundizar las inequidades existentes si no se abordan con una gobernanza ética.

Entre la ciencia y la obsesión

La frontera entre el autocuidado y la alienación es hoy más delgada que nunca y el riesgo está en transformar al ser humano en un mero conjunto de métricas. 

Porque al tratar al cuerpo como un sistema operativo, se corre el peligro de perder la conexión con las necesidades orgánicas reales en favor de lo que el algoritmo dicta como "óptimo".

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Insertando un chip para monitorizar indicadores de salud

Insertando un chip para monitorizar indicadores de salud. Foto: tomada de ivelements.net

Aunque aparenta ser algo muy reciente por su cada vez mayor presencia en redes sociales y otros espacios de Internet, el biohacking nació el siglo pasado.

El término fue acuñado por primera vez en 1988 por el periodista Michael Schrage en un artículo del Washington Post donde describía a un grupo de entusiastas que realizaban experimentos biológicos en sus garajes, advirtiendo sobre los riesgos de la entonces "ciencia amateur".

De ser una especie de subcultura secreta y casi "cyberpunk" ,  el biohacking pasó en 2008 a ser algo más coherente con la aparición en Boston de una primera organización de la DIYbio  (Do-It-Yourself Biology) que busca democratizar las herramientas de investigación biológica.

Y lo que fuera el entusiasmo de unos pocos “locos” en garajes se convirtió, a partir del 2014 y hasta el presente en una industria masiva de bienestar, longevidad y rendimiento.

Ponerle un número exacto a los practicantes hoy de biohacking resulta imposible en términos globales porque la definición de "biohacker" es un tanto ambigua. ¿Es biohacker quien usa un reloj inteligente para medir su sueño o solo quien se implanta un chip? 

De todos modos, son impresionantes las cifras de mercado y de usuarios activos de tecnología aplicada a la búsqueda de la salud perfecta:

Además de los ya mencionados 56,200 millones de dólares que el mercado global del biohacking ha alcanzado en este 2026, con una tasa de crecimiento anual del 24.8%, se estima que más de 300 millones de personas en todo el mundo utilizan activamente dispositivos de monitoreo metabólico y wearables avanzados (como anillos inteligentes y monitores de glucosa en tiempo real) con el fin de optimizar su biología.

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Mucho dinero que sustenta el biohacking

Imagen ilustrativa: captura de pantalla YouTube

La comunidad de DIYbio y biohackers experimentales (quienes realmente manipulan ADN o realizan implantes) se cuenta por cientos de miles, concentrados principalmente en Estados Unidos (donde el mercado era de $12.84 mil millones en 2025), en Europa, y con una rapidísima expansión en Asia-Pacífico.

El consumidor que se consume

Lo más interesante es que casi el 60% de la demanda de estos productos proviene directamente del consumidor final, no de instituciones médicas.
 
Y parece que no es una moda pasajera, sino una cierta metamorfosis del consumo ansioso disfrazado ahora de soberanía biológica; claro, solo para quienes pueden comprar.

PARA PIE DE FOTO: De una dictadura de la estética que exigía estar delgados,  jóvenes y bellos, parece transitarse a una dictadura de la optimización de la salud corporal.

La ironía es que muchos biohackers, buscando liberarse del envejecimiento, terminan convirtiéndose en esclavos de sus propios datos biométricos. Cuando el reloj inteligente les indica "no has descansado bien", esto les genera una angustia tal que puede desencadenar en la ya mencionada ortosomnia, porque ya es un algoritmo el que decide cómo se sienten.

Algunos estudiosos le llaman la "comodificación del aliento". Es un concepto sociológico y filosófico que describe cómo aspectos biológicos de la vida humana -la respiración, el sueño o el ritmo cardíaco- dejan de ser vivencias naturales para convertirse en mercancías o datos con valor comercial.

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Luz infrarroja cercana para la recuperación celular. Busca reducir la inflamación y mejorar la reparación muscular durante el sueño.

Luz infrarroja cercana para la recuperación celular. Busca reducir la inflamación y mejorar la reparación muscular durante el sueño. Foto: tomada de accio.com

Se aplica al contexto del biohacking en particular cuando nuestras funciones vitales son monitoreadas por dispositivos que transforman esa información en productos, métricas de rendimiento o activos para empresas tecnológicas. Y si cada pulsación del corazón es un dato que puede ser medido, vendido o comparado, la vida parece convertirse en una hoja de cálculo.

¿Salud real o estatus tecnológico?

A nivel global, esta explosión del biohacking con sus millones de usuarios pudiera reflejar más una crisis de confianza en los sistemas de salud tradicionales, o en uno mismo, que una mejora real en la salud pública. Porque hay quienes, si pueden comprarlo, prefieren confiar en un suplemento de $100 dólares o en un anillo inteligente que en un médico que dispone de cinco minutos para atenderlos.

El biohacking  tiene muchos rostros y lecturas. Por un lado, es una herramienta maravillosa para que, quienes puedan desde el punto financiero, recuperen  la curiosidad por nuestra propia naturaleza, que se remonta a muchos siglos atrás.
Pero, a la par, se vuelve peligro cuando se convierte en un "consumo de salvación". Al final del día, puede tenerse el sensor de glucosa más caro del mundo, pero si el aire que se respira está contaminado o los vínculos sociales de esa persona son pobres o casi nulos, porque vive en soledad afectiva, no hay "hack" que valga.

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Prácticas que incluye el biohacking

Imagen: tomada de universidadeuropea.com

Esa obsesión por el "humano optimizado" es también la evidencia de cómo se ahonda la brecha de las desigualdades y del injusto reparto de la riqueza. En Cuba, por ejemplo, donde se anda buscando carbón para cocinar, apenas hay luz eléctrica y sí muchas carencias, aspirar a ese humano de salud perfecta es casi una burla, pero hay que saber todo lo que pasa en otras partes de este mundo desigual.

También estas prácticas pudieran ser una búsqueda de salida a muchos problemas en las formas de vida en países desarrollados, a la par que, quizás peligrosamente, anda apostando por borrar nuestra esencia más humana: la de ser imperfectos y mortales. 

La Organización Mundial de la Salud ofrece precisiones sobre las fronteras éticas de las nuevas tecnologías sanitarias. El código está escrito, pero la mano que interactúa con el teclado es, todavía, muy humana y, sin dudas, el biohacking obliga a preguntarse qué significa ser humano en el siglo XXI. 

La fascinación por trascender nuestras humanas limitaciones es tan antigua como Ícaro, pero por primera vez tenemos herramientas que quizás nos libren de quemarnos las alas, quizás.

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Obra “La caída de Ícaro”, del pintor flamenco Jacob Peter Gowy ,elaborado entre 1636 y 1638, se encuentra en el Museo de Bellas Artes de La Coruña

Obra “La caída de Ícaro”, del pintor flamenco Jacob Peter Gowy, elaborada entre 1636 y 1638, se encuentra en el Museo de Bellas Artes de La Coruña.

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