Hemingway y su inolvidable paso por Cuba

especiales

Hemingway y su inolvidable paso por Cuba
0
Imagen principal: 

El séptimo mes del año significó para su ciclo vital, el comienzo y su despedida. De seguir vivo, este 21 de julio Ernest Miller Hemingway (1899-1961) arribaría al aniversario 126 de su agitada existencia, caracterizada por una dinámica increíble y con pinceladas aventureras que casi rozan la leyenda.

Por decisión personal él mismo interrumpió violentamente su vida un domingo, justo 19 días antes de cumplir los 62 años.

Es así que dejó de existir un 2 de julio, en Ketchum, Idaho; y en ese propio mes había nacido, en Oak Park, Illinois, el posteriormente afamado Premio Nobel de Literatura (1954).

Hay quien dice que su amor por la Isla no fue a primera vista, tal criterio obedece probablemente a que su incursión pionera por estos lares ocurrió en abril de 1928, únicamente por 48 horas, cuando vino a bordo del barco Anita, en tránsito hacia Cayo Hueso y contando entonces con solo 28 años.

Después retornaría una y otra vez a partir de 1932, cuando vino de pesquería, pasión que lo devoraría por el resto de su devenir, conforme su afán por la cacería en África, las corridas de toros en la península ibérica y la participación in situ con armas en la mano, más que por cobertura periodística, en sucesos de las I y II Guerras Mundiales y en la Civil Española.

Precisamente sobre la pesca versó en 1933 la primera de sus crónicas en torno al archipiélago, por el cual sintió desde entonces una simpatía que no osó eludir y mucho menos ocultar hasta el final de sus días, del que ya nos separan más de seis decenios.

Al tratar él mismo de explicar las razones de tal devoción, en otra de sus crónicas posteriores, indicó: “Uno vive en esta isla porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con más comodidad que en cualquier otro sitio”.

También achacó esa tendencia a la Corriente del Golfo, a solo 45 minutos de su hogar cubano, donde “se puede hacer la pesca mejor y más abundante que había visto en su vida”.

Se le recuerda como un hombre corpulento, primero con bigote y luego barba, lentes de armazón de metal, bebedor, fumador, bravucón, de gran memoria y ascendencia entre el género femenino.

No en balde tuvo tres hijos y cuatro matrimonios.

Amigo de celebridades de Hollywood, boxeadores, toreros y también de humildes pescadores, Papa, como le llamaban sus más allegados, se creó un estilo personal de literatura, que muchos han querido imitar, pero no es fácil “decir las cosas como son”, como aquel pretendió y logró.

La mayor de las Antillas devino su anfitriona por largo tiempo (dos décadas) y a su vez le sirvió de cobijo para crear y de escenario de algunas de sus principales obras como Tener y no tener (1937), Por quién doblan  las campanas (1940), El viejo y el mar (1952) -por la que más elogios mereció- e Islas en el Golfo, esta última editada póstumamente en 1970.

“Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba”, admitió el reportero, cuyo conocido periplo habanero lo llevó primero a radicar en el hotel Ambos Mundos, en la parte antigua de la capital, un buen destino para escribir, según él, y luego a su finca Vigía, en San Francisco de  Paula, hoy casa-museo, donde todo permanece igual, como si su fornido dueño todavía estuviese allí.

Una vez establecido en las afueras de la Ciudad de La Habana, Hemingway no dejó de ser un habitual en el concurrido bar-restaurante Floridita, donde sostuvo una estrecha e íntima relación con los cocteles cubanos, a base de ron Havana Club. En su barra de madera dura -donde hoy una estatua de bronce a su imagen y semejanza lo mantiene vivo de manera perdurable- devoraba entonces la prensa del momento y se deleitaba con las combinaciones que su barman Constante le preparaba.

Sus pasos tampoco dejaron nunca de enrumbar hacia Cojímar, en cuyo restaurante La Terraza se hizo figura imprescindible y más que popular. Por allá conoció a Anselmo, su Santiago, de El viejo y el mar; y por supuesto estuvo casi por siempre junto a Gregorio Fuentes, el primer oficial de cubierta de su yate el Pilar.

Ese poblado costero, del este citadino, fue mencionado en innumerables ocasiones en los textos del talentoso escritor estadounidense y allí mismo existe una plaza con un busto, que da fe de sus correrías.

Todavía ahora no es difícil imaginarlo deambulando por sus avenidas, con el penetrante olor a salitre, en unión de ese su inseparable patrón, quien le acompañó y superó en vida por varios lustros. A éste recuerdo haberlo entrevistado años antes de partir a otra dimensión; y pese a su más de una centuria, causante de su piel curtida y cuarteada, ello no le restaba vigor para rememorar hazañas pasadas que avivaban sus increíbles ojos azules, como el mar que a él y al Papa conquistara.

A pesar de que biografías posteriores no hagan énfasis en el tema, sin lugar a dudas su paso por Cuba no fue de ninguna manera efímero, sino más bien inolvidable.

Ernest Hemingway sigue entre nosotros en donde quiera que dejó huellas y recién, como en cada edición anual, aconteció el 73 Torneo Internacional de Pesca de la Aguja, que lleva su nombre, conforme la Marina que acoge su sede, esta vez del 9 al 14 de junio último, con la presencia de pescadores de Estados Unidos, Europa, Latinoamérica, el Caribe y la nación anfitriona.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Esta pregunta es para comprobar si usted es un visitante humano y prevenir envíos de spam automatizado.
CAPTCHA de imagen
Introduzca los caracteres mostrados en la imagen.