¿Entretenimiento a cualquier costo?
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En buena parte del mundo, los reality shows se han convertido en un pilar del entretenimiento televisivo. No son necesariamente baratos de producir —sobre todo cuando incluyen escenografía compleja, grandes equipos creativos y promoción intensiva—, pero sí resultan altamente rentables para cadenas y plataformas que apuestan por contenidos capaces de atraer audiencias masivas, generar conversación social y consolidar marcas.
El problema no está en su factura técnica, sino en los mecanismos que sostienen su éxito global: la espectacularización de la intimidad, la manipulación emocional mediante la edición y la creación premeditada de conflictos o personajes estereotipados. De ahí que este tipo de formatos haya sido criticado por especialistas en comunicación y psicólogos de diversas regiones, por promover modelos de relación basados en la competencia extrema, la exposición innecesaria y la tensión permanente.
Cuba, por su parte, ha construido un modelo televisivo que apuesta por la educación, la responsabilidad cultural y el servicio público. La Televisión Cubana no ha querido —ni debe querer— replicar dinámicas que mercantilizan la vida privada o convierten el dolor ajeno en espectáculo. Sin embargo, sería ingenuo desconocer otro componente del panorama contemporáneo: las audiencias piden entretenimiento, buscan dinamismo, emoción e interacción, y la televisión debe dialogar con esas expectativas sin renunciar a su sentido de misión.
Los intentos cubanos: luces, sombras y aprendizajes
Cuba sí ha experimentado con formatos de participación y competencia, aunque desde una perspectiva ética más cuidadosa y un enfoque cultural propio. Ejemplos como Sonando en Cuba, Somos Familia, La Colmena TV o La Banda Gigante, producidos por RTV Comercial, demostraron que era posible movilizar grandes audiencias con propuestas centradas en el talento real, el trabajo colectivo, la música y la formación artística.
Algunos funcionaron mejor que otros, pero todos marcaron un precedente importante: mostraron que se puede crear una televisión atractiva, contemporánea y entretenida sin sacrificar valores, sin caer en el morbo ni en la competencia tóxica. Esas experiencias, lejos de cerrarse como capítulos aislados, debieron convertirse en una plataforma de experimentación y evolución permanente.
Lo que dejaron claro es que el público cubano responde positivamente a espacios donde se celebra el crecimiento, el talento y la autenticidad; donde se aplaude el esfuerzo y no el conflicto prefabricado. En ese camino está parte de la clave para renovar la televisión nacional.
Entre el entretenimiento y el propósito: hacia un modelo propio
La televisión cubana necesita entretener porque entretener también es construir comunidad, conectar emocionalmente, acompañar. Y puede hacerlo sin renunciar a la ética ni a su esencia educativa. El desafío está en diseñar formatos híbridos, donde la competencia sea un pretexto para aprender, colaborar y mostrar lo mejor del país; donde la música, el humor, el talento joven, la ciencia y la cultura dialoguen con narrativas más ágiles, más actuales y más cercanas a la sensibilidad de los públicos contemporáneos.
Se trata de crear propuestas con energía, dinamismo y emoción, pero que mantengan un propósito claro: formar, acompañar, inspirar y entretener desde el respeto. No copiar esquemas que priorizan el escándalo, sino reinventar modelos que coloquen la creatividad y la dignidad humana en el centro.
El reto del presente
Mientras el mercado global sigue apostando por realities que explotan el morbo y la tensión emocional, Cuba tiene la oportunidad de demostrar que otro camino es posible: uno donde la participación no implique exposición dañina, donde el espectáculo no dependa de la humillación, y donde la televisión siga siendo un espacio de construcción cultural, identidad y ciudadanía.
La televisión cubana está en un momento decisivo. Innovar no significa renunciar a su misión, sino adaptarla a los tiempos sin traicionar sus fundamentos. Porque el público cubano quiere —y merece— una televisión que entretenga, sí, pero que también eleve, acompañe y contribuya a la cultura compartida. Ese es el verdadero reto: entretener sin renunciar a los valores que distinguen a nuestra televisión.














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