DE LA HISTORIA DEPORTIVA: Lewis y Resto se aliaron con la muerte
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Luis Resto nació en Junco, Puerto Rico, el 11 de junio de 1955. Tenía 6 meses cuando la familia emigró al Bronx neoyorquino con la ilusión de alcanzar una situación económica superior a lo vivido en el Estado Asociado. De niño, adolescente y joven, por desgracia se juntó con lo peor de allá. Incluso pasó una temporada en un centro de rehabilitación debido a una agresión física a un profesor.
Ligado a la violencia barriotera encontró en el pugilismo un medio para descargar odios y desesperanzas, además de una labor para ganarse los frijoles. Entrenó duro, le fue bien en el Torneo Guantes de Oro: titular estatal en 1975 y 76, le caía algún dinerito y se abría la posibilidad de pasar al profesionalismo.
El brinco fue demasiado para él. Lo gris y los anhelos de pesos y gloria se le juntaron. La maldad empezó a vibrar desde su alma y la condujo a la práctica. Amigos y amigas, cuídense siempre de los mediocres y si se les sitúa donde no merecen, ¡ay, Dios!
Su encuentro con Panamá Lewis, le puso la tapa al pomo... de veneno. Su manager lo contactó con apostadores y otros bandidos que manchan el deporte. Nunca había sido un pegador de cuidado. De pronto, laceraba. En el horizonte, el combate con una promesa del cuadrilátero, Bill Collins, de 18 abriles, invicto y bien guiado por su padre, en la vida, en el gimnasio y la esquina del ring.
16 de junio de 1983. El campanazo. Pelean. Sorpresa: el favorito está siendo arrasado. A mediados de las acciones, los puñetazos han dibujado el horror en la faz del Bill. A duras penas aguanta hasta el final. Pero, no hay dudas, Resto gana por decisión en diez. Se cayó el dinero. Varios apostadores jugaron al seguro, ya verán, y son grandes sus ganancias.
La deportividad de padre e hijo desenmascara el crimen. Cuando felicita al triunfador, el progenitor se da cuenta de la ilegalidad de los guantes, del gesto de dolor de Resto cuando le da la mamo. Los toma y entrega donde debe. Exige una investigación.
Canallada descubierta. Le quitaron parte del acolchado, de ahí la queja del sinvergüenza durante el saludo y, de contra, las vendas fueron untadas con una solución de yeso. Por eso el punch aumentado del falso ganador. Era la tercera pelea en que lo hacían.
Las lesiones de la víctima no le permitieron seguir en su carrera y su vista quedó disminuida. Meses después, Bill falleció al chocar su carro con una alcantarilla. Su familia siempre sospechó que acudió al error del suicidio.
Lewis y Resto son expulsados para siempre del deporte de los puños. El púgil cumplió dos años y medio de cárcel por la barbarie. La condena debió ser más fuerte. Posteriormente se le permitió ser trabajador de limpieza en un gimnasio. Pero se las ingenió para enseñar a varios principiantes. No se debió consentir. Las salvajadas son imperdonables.












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