Cuba: Melissa y el extraño poder de las "personas vitamina"
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Corren tiempos duros, de poca luz y no solo eléctrica, como si fuera poco el desafío de sobrevivir a la guerra económica más prolongada de la historia, no sé cuántos virus andan arrasando con las fuerzas físicas y se confabulan con el agotamiento mental y emocional para dejarnos “fuera de combate”. Para rematar, despedimos (espero), la temporada ciclónica con un fenómeno natural devastador, entonces, sí, tenemos 99 papeletas para quejarnos, protestar contra cuanto culpable nos venga a la cabeza o nos dicten aquellos en quienes por desesperación o a plena conciencia decidimos creer, es comprensible, incluso, que no encontremos otra salida que amargarnos la vida y, ya de paso, amargársela al prójimo.
Luego, está la gente como mi amiga Leniuska, la hija de una madre de Río Cauto que, como tantas, lo perdió todo ante la crueldad del huracán Melissa. Desde La Habana, vi como se le llenaban los ojos de lágrimas a esa cubanaza siempre alegre, pero también cómo convencía a medio mundo de acompañarla en el intento de llevar un poco de alivio a su terruño, no solo a su madre, también a sus vecinos, a los de su consejo popular y a los de los barrios vecinos.
Sin tiempo ni para mirar las redes sociales, llenó una guagua enorme, un camión y un carro con la suma de todas las voluntades que quisieron unírsele, agradeció con la misma energía a quienes compartían la ropita de sus niños, tres sacos de leche en polvo, miles de pesos o simplemente echaron una mano en la recogida de donaciones. Tocó todas las puertas con el mismo entusiasmo y consiguió abrirlas casi todas como si fuera dueña de un extraño poder irresistible: el poder de las personas vitamina.
En los últimos años, el término "persona vitamina" se ha popularizado para describir a aquellos individuos que, con su sola presencia, nos inyectan energía, optimismo y serenidad. Según Google, fue acuñado por la psiquiatra española Marian Rojas Estapé, y es un concepto que resalta la importancia de construir un círculo social que nos nutra y nos impulse, en lugar de agotarnos.
Una persona vitamina actúa como un catalizador positivo en nuestras vidas. Su impacto va más allá de un simple "buen humor", según la doctora, tiene un efecto químico y emocional medible, en tanto asegura que la conexión sana con otros puede ayudar a modular el cortisol, la hormona del estrés, e incluso estimular la liberación de oxitocina, la llamada "hormona del amor y la felicidad".
¿Cómo reconocer a las personas vitamina?
Se distinguen por una serie de cualidades que nos hacen sentir mejor, más fuertes y más capaces después de interactuar con ellas, son esos seres que animan, inspiran, transmiten confianza y sacan lo mejor de uno.
Las personas vitamina no compiten por hablar, te escuchan sin juzgar y se esfuerzan por comprender tu perspectiva y tu estado emocional. Ante un problema concreto, evitan el lamento y el drama, más bien se enfocan en buscar soluciones. Poseen una visión de "vaso medio lleno", pero nada de esto implica que minimizan el dolor, sino que buscan el aprendizaje, la salida al mal momento y las motivaciones para seguir adelante.
Una persona vitamina se alegra sinceramente de tus triunfos, disfrutan lo bueno que te sucede, incluso más que tú mismo. La envidia y la crítica destructiva no tienen cabida en su vocabulario. Son tu mayor animador, no porque te adulen o te “inflen”, sino porque confían en tu potencial, en tus competencias para establecer y alcanzar metas.
Rodearnos de "personas vitamina" es una decisión estratégica para nuestra salud mental, tanto como esforzarnos por ser una de ellas. Hoy, el escenario de nuestras vidas tiene una especie de “otra dimensión”: las redes sociales, allí hay, por supuesto, de todo como en botica y allí, también, nos esperan personas vitamina, gente que quizás lo está pasando peor que uno, pero escoge no regodearse en la desgracia sino endurecerse, sin perder la ternura, incorporarse al equipo de los que hacen, de los que buscan un gajito verde al que aferrarse, una hendija por donde pueda entrar el único rayito de sol y llaman al resto para que también lo disfruten.
Están, también, los que mi hija adolescente llamaría vampiros energéticos, que no viven en Río Cauto ni en Guamutas, no conocen a nadie por esos lares, su familia no lo perdió todo como la de mi amiga Leniuska, pero ellos, “atormentados”, son incapaces de movilizarse, tan siquiera de celebrar a los artífices de la mejor noticia: no se perdió ninguna vida humana, ellos siguen buscando muertos en las alcantarillas de su resentimiento y, si es preciso, los inventan.
Así las cosas, entre estos y los que reparan, ofrecen, acompañan, vitaminan el alma de la gente, cada quien escoge qué ser y a quién seguir.












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