Amada Ramos, maestra de nacimiento
especiales

Amada Ramos, maestra de la primaria Abel Santa María Cuadrado. Podría afirmar que es una maestra de las que ya no existen, pero prefiero decir que es una maestra de las que soñamos y necesitamos multiplicar.
Fotos: Giusette León García
¿Ustedes creen en la predestinación? Pues yo sí, totalmente, y si tenía alguna duda me la borró completamente Amada. Le pregunté por qué ha permanecido durante tantos años frente a un aula. «Imagínate, yo nací el 22 de diciembre», me respondió mientras revisaba, una por una, todas las libretas de Matemática ordenadas sobre su mesa.
¿Por qué el magisterio? «Desde pequeña decía que quería ser maestra, les daba clases a las muñecas, jugaba a la escuelita, cuando ya cogí la carrera, mi familia no quería, trataron de convencerme que estudiara otra carrera, pero ya ves, aquí estoy hace 37 años», concluyó.
La conocí cuando mi hijo era uno de esos niños afortunados que la han tenido entregándoles cariño y exigencia a partes iguales. De hecho, ella es la razón por la que el entonces jefe de enseñanza de la Dirección Municipal de Educación de Plaza me sugirió matricular a mis nenes en la primaria Abel Santa María Cuadrado, yo necesitaba una buena maestra de segundo grado y allí estaba la mejor.

Quiero entrevistarte por el día del educador le pedí. Será sencillo, solo que me digas, por ejemplo, por qué madrugas todos los días para venir a la escuela en medio de tantas dificultades que hay en estos momentos, por qué no renuncias. Alza otra vez la vista y me mira con cara de «lo que se sabe no se pregunta». Sonríe y me recuerda que el aula no solo es su trabajo, es su vida, lo que más disfruta y donde, increíblemente, logra desconectar hasta de los problemas personales: «me motivan mis locos bajitos, como dice la canción», resume.
La mejor maestra del Ejército Libertador, como siempre le digo, es una persona absolutamente modesta: «tú me conoces, pon palabras», me reta. Ella prefiere no hablar de sí misma, no decir que alumnos de hace 20 años la recuerdan como si ayer mismo les hubiera enseñado a leer y escribir, que los jóvenes docentes «se le pegan» para beber de su enorme experiencia, que cuando hace falta una referencia entre colegas salta su nombre inmediatamente, que los padres de sus alumnos la quieren y la respetan hasta el infinito, que no hay un niño o niña en el aula que no la ame. profundamente.

Y no, casi no hace falta que hable, es cierto que la conozco. Sé que prefiere las matemáticas, pero enseña con excelencia todas las asignaturas y también valores y sentimientos. Siempre va linda a la escuela y carga de Diez de Octubre al Vedado y viceversa unos jabucos enormes, cargados de libros y cuadernos y materiales para trabajar.
Podría afirmar que es una maestra de las que ya no existen, pero prefiero decir que es una maestra de las que soñamos y necesitamos multiplicar.
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Ernesto Aragón Espinosa
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