¿Viejos… los otros?

¿Viejos… los otros?
Fecha de publicación: 
27 Octubre 2019
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La campaña de comunicación y educación «Envejecer es vivir más» se hace lugar en Cuba desde finales de septiembre último.

Impulsada por el Ministerio de Salud Pública (Minsap), promociona acciones sanitarias para que las personas envejezcan con mayor calidad de vida, y para visibilizarlas en diferentes ámbitos relacionados con su desarrollo.

Así coincidieron en reportar varios medios de prensa nacionales, los que también subrayaron que, para lograr tales propósitos, es preciso hacer conciencia sobre la necesidad de crear espacios y ciudades amigables con las personas mayores.

También abogaban por favorecer la difusión y comprensión integral del envejecimiento activo y sus beneficios, por parte de los distintos actores sociales.

Qué bueno que así sea, pero será difícil alcanzar esa meta.

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La atención a la tercera edad es una prioridad entre las políticas de Cuba, pero en la cotidianidad, empezando por la que alienta puertas adentro de cada hogar, habría que conocer mejor a esos que peinan canas.

Ocurre que en la práctica, en la cotidianidad del cubano, cuando se habla de personas de la tercera edad o se interactúa con ellas, como tendencia, emergen los prejuicios. Y no por impulsos malsanos, no; los prejuicios, prejuicios son, y asoman sus orejas peludas sin que siquiera nos percatemos de ello.

Así las cosas, cuando se habla o piensa en adultos mayores, suele asociárseles con personas «que ya van en retirada»; es decir, necesitados de la ayuda de otros, faltos de capacidades, enfermos...

Es innegable que desde el primer minuto de vida empezamos a envejecer, y también no puede cuestionarse que un organismo de 60 o más años tiene desgastes físicos y mentales que no acompañan a un adolescente.

Pero no son solo signos negativos los que acompañan al envejecimiento ni puede ser visto así, prejuicios mediante.

Mirar, si no, en derredor para ver quiénes son aquellos que, mayoritariamente, andan haciendo colas extenuantes, o caminando y cruzando calles con jabas y carritos llevando provisiones para la alimentación de todo un núcleo familiar.

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Si pueden cuidar a los nietos, hacer mandados, sacar al perrito, echar a andar la lavadora, ¿por qué subestimarlos a veces?

Son personas mayores, por lo regular más allá de los 60, los que se encargan de esas y otras tareas tan necesarias para el buen funcionamiento de los hogares en Cuba. Ellos son también los que, en muchos hogares, se quedan al cuidado de los nietos, o los recogen en escuelas y círculos.

También, en no pocos hogares, las abuelas se encargan de tener la meriendita para cuando el muchacho regrese de la escuela, o de alistar la comida para que, cuando los adultos que trabajan regresen a casa, no tengan que enredarse con la cocina. Entonces, ¿son poca cosa los adultos mayores en Cuba?

La concreta parece decir en voz alta que no lo son, pero, al menos en línea, esta redactora no pudo encontrar ni una sola investigación que argumentara al respecto.

Al buscar caracterización del adulto mayor en Cuba, aparecieron caracterizaciones clínico-epidemiológicas de la fragilidad de esas personas, de sus enfermedades crónicas no transmisibles, de las redes de apoyo social en una Casa de abuelos... pero ninguna indagación de corte sociológico, médico, o de otra índole revelaba cómo eran y qué hacían los ancianos en esta Isla, más allá de sus achaques.

Será difícil —decía— abonar las potencialidades de los cubanos mayores, si, a ciencia cierta, no las conocemos.

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Tendremos que sentarnos a escuchar sus nuevas necesidades, sus miedos, anhelos y alegrías, pero bien lejos de posturas paternalistas y, mucho menos, desde la piedad.

Aun cuando queda camino por andar en ese sentido, igual vale subrayar lo apuntado en disímiles escenarios por el director del Centro de Estudios sobre Población y Desarrollo, Máster en Ciencias Juan Carlos Alfonso Fraga: «El cuidado a estas personas se ha convertido en una prioridad por el elevado nivel de envejecimiento de la población cubana, y dicho envejecimiento no constituye un problema, sino una oportunidad y un reto para el fortalecimiento de las políticas públicas dirigidas a ese sector poblacional».

El primer día de este octubre el mundo celebró el Día Internacional del Adulto Mayor. Nosotros, en esta geografía caribeña, quizás debiéramos aprestarnos a celebrar todos y cada uno de los días del año en función del adulto mayor. Las más recientes estadísticas demográficas parecen estarlo indicando.

Hoy, un 20,4 por ciento de la población (dato de 2018) suma 60 años o más, para un total de 2 millones 286 mil 948. Esa cantidad es mayor a la de la población adolescente entre10 y 19 años.

Falta menos de un año y medio (a partir de 2021) para que la población económicamente activa decrezca, y ya para el 2025, se prevé que abandonen la vida laboral más personas que las que se incorporen a ella. Para entonces, uno de cada cuatro cubanos tendrá 60 años o más.

Ojalá no sea solo para entonces que contemos con las indagaciones necesarias para entender cuánto pueden dar y cuánto recibir esos que rebasan las seis décadas.

Varios textos han criticado las ofertas de empleo, sobre todo en el sector no estatal, donde solicitan muchachas «de buena presencia». Pero no solo discriminan a las y los feos, también a las y los viejos.

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¿Cuántos estudios y diseños en Cuba van en función de un consumo enriquecedor del tiempo libre por parte de los ancianos?

Claro que hay plazas donde la fuerza y agilidad física, la resistencia y el dinamismo, son condición, y esos requerimientos, por lo regular, distinguen, sobre todo, a la juventud. Pero en muchos otros trabajos, más que un cuerpo vigoroso, lo que hace falta es una inteligencia vigorosa, y esa, no tiene edad.

Sin embargo, sus casos hay en que empiezan a recibir miraditas medio atravesadas cuando arriban a la edad de jubilación y continúan en sus puestos, no importa que el rendimiento laboral sea el óptimo, no importa que la profesionalidad y la experiencia sean sus avales.

Justo por estos días, en diálogo con una vecina de poco más de 65 años, ella confesaba lo duro que se le había hecho tener que acostumbrarse a ser subestimada solo por ser vieja:

«Una comenta o aconseja, y es como si estuviera hablando boberías, te atienden casi por lástima. Pareciera como si tus conocimientos, los que aprendiste en las aulas y en la vida, ya no sirvieran para nada; como si tus experiencias fueran cosa del pasado, que no se avienen a lo que hoy se vive. Mi palabra ya no se tiene en cuenta, y no porque mi mente haya perdido facultades, que eso no ha pasado, sino solo porque soy vieja».

Así declaró ante la grabadora pidiendo que no revelara su nombre, «porque va y así doy un motivo más para la burla».

Pero no hace falta anotar aquí su nombre propio; para dentro de cinco años y algunos meses, uno de cada cuatro cubanos seremos como ella. Lo deseable, y para lo que hay que actuar sin improvisaciones, es que entonces no nos sintamos como ella se siente hoy.

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Asumirnos cada uno en nuestra condición de adulto mayor, de la mano de la filosofía, la medicina, la psicología, la ética y más, permitiría revelar nuevas oportunidades, además de lo hecho y lo proyectado por el país para seguir dignificando a la ancianidad.

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