El manisero no se va

El manisero no se va
Fecha de publicación: 
3 Noviembre 2011
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Fotos: Armando Santana

 

Y aunque la caserita se acueste a dormir, lo mismo sea la siesta que cuando cae la noche, continúa resonando el pregón.

 

Ya no solo es el manisero, también el de quien arregla sombrillas y paraguas, el que vende cloro y lejía, el reparador de colchones (variante cuentapropista del reparador de sueños), y también el que anuncia sus pasteles redondos por dos pesos.

 

La apertura del trabajo por cuenta propia no ha traído solo la novedad de sus brisas a la economía cubana. Lentamente, con cautela y hasta con un tanto de ingenuidad, comienzan a asomar intentos de publicidad –también por cuenta propia- para promover los negocios incipientes.

 

Cuidando de no violar exigencias urbanísticas por las que tendrían que abonar sustanciosas multas, además del pago de impuestos; sobre todo pequeñas cafeterías y restaurantes (paladares, según fueron bautizados a partir de la impronta dejada en la Isla por una novela brasileña) echan mano a toldos vistosos, nombres originales y otros recursos propagandísticos guiados más por la intuición que la profesionalidad.

 

Cuando se llena un poco la cafetería hay que apurar la mano. A la clientela no le gusta esperar

 

Pero no hay que olvidar que la Cuba de los años 40 y 50 estuvo animada por una tradición rica en asuntos de marcas y promoción de productos. Primero por la radio y luego con la entrada de la televisión y el quehacer de las agencias publicitarias, esta isla caribeña pudo preciarse de logros en cuanto a etiquetas, embalajes, anuncios y lemas comerciales. Incluso, fue utilizada como plataforma para el lanzamiento de productos y slogan dirigidos al mercado de América Latina.

 

Entre quienes peinan canas todavía hay quienes recuerdan aquello de «Ron Matusalén, hoy alegre, mañana bien», o a la sonriente Consuelo Vidal indicando, con marcada doble intención, que «Hay que tener fe, que todo llega» para promover al jabón Rina.

 

Esa tradición, donde la cubanía y el humor criollo no estaban ausentes, unida a la siempre creatividad de los habitantes de esta geografía, parecen darse mutuos ánimos y andar abriendo espacio a otras alternativas publicitarias como los volantes… que no vuelan.

 

De un tiempo a esta parte, al menos en la capital, es usual –para lamento de los trabajadores de la higiene comunal- encontrar enganchados en verjas, reposando sobre jardines o escaleras, y en los más originales descansos, pequeños impresos en computadora que promueven muy disímiles servicios. Desde gimnasios hasta clases de idioma; desde prácticas de yoga hasta comida a domicilio.

 

«¿Qué espera? Llame ya», insta una proveedora de comida rápida y gourmet. Con el lema de «El placer del buen comer no puede ser un privilegio» la doña anuncia servicios de cafetería, cenas familiares y para fin de año, buffet para bodas, quince, cumpleaños y otros eventos sociales. Mientras por la otra cara del volante, en apretada letra de pequeño puntaje, informa su amplísima oferta gastronómica.

 

En tanto aquella promueve opciones para abultar barrigas, en el otro lado de la balanza un sujeto desconocido, cuyo nombre comercial u otro apelativo se omite en el anuncio, publicita «La solución para bajar de peso rápido. ¡Quema de 500 a 900 calorías en una hora!» Lo que divulga es el ejercicio en bicicleta estática. Pero peca por una muy larga y didáctica introducción acerca de ventajas cardiovasculares y tonificantes. Atención, Interés, Deseo y Acción, los cuatro clásicos pilares resumidos en la fórmula AIDA, que aspira promover el anuncio publicitario, quedan olvidados con inocencia por estos aprendices de anunciantes.

 

De todas maneras, hay quien, al anunciarse, suple la falta de conocimientos profesionales con el humor y la originalidad. Así, un señor que rellena fosforeras en Sancti Spíritus, recuerda en un letrero junto a su mesa de trabajo que «Abro cuando llego, cierro cuando me voy, y si llega y no estoy, es que no coincidimos». Mientras, el vendedor de mermelada de frutas avisa «Hoy no fío y mañana tampoco».

Está también el de tanto cartel normativo y prohibitivo en su cafetín, que va de seguro al fracaso, como cierto personaje que en la puerta de su timbiriche indica: «Prohibido entrar sin camisa, en camiseta, en chancletas y en short. Prohibido entrar con perros y demás mascotas». Este pobre «prohibidor», quizás pretendiendo conferir a su negocito de venta de pan con pasta, coquitos y refresco instantáneo, el rango de salón de protocolo, va camino a perder hasta el último cliente.

 

Por suerte, no es mayoría la que sigue estos rumbos, y los hay muy buenos en sus anuncios, que hasta incluyen los menús adosados a la pared y también atriles, sin olvidar la propaganda cara a cara. Ese es el criterio de Zuramys Piney, subgerente de servicios gastronómicos en la compañía Habaguanex, de la Oficina del Historiador, quien, con el aval que le da un exitoso quehacer, acota que en oportunidades llega a resultar molesto el asedio a los transeúntes de algunos que así intentan promover sus ofertas alimentarias.

 

«Solo con estar dispuestos para dar explicación o solución al cliente ya es suficiente, no hace falta agobiar», precisa la directiva, quien declara además a Cubasí que «a veces se percibe cierto desespero por vender a toda costa, lo que se traduce hasta en la manera de publicitar sus cartas menú. Estas también tienen normas para enganchar al cliente, incluyendo la organización de los precios y la  manera de diferenciar las ofertas de cafetería (comida ligera) y las de restaurante».

 

«La prosperidad de un negocio no estriba, en última instancia, en cuánto se promueva, sino en lo que constate el cliente. El principal atractivo debe estar en la excelencia y profesionalidad de los servicios» -sentencia convencida Piney.

 

Y no son pocos los que han apostado por el cuentapropismo; suman ya cerca de 300 mil. Es sabido que esta modalidad de empleo no será la salvadora de la economía cubana; pero, entre sus ventajas, que traiga también la de añadir la intuición popular para promover y anunciarse a la experiencia que ha seguido acumulando el país en el quehacer publicitario. Que esa sea una senda más para reafirmar lo autóctono, a la vez que aporte dividendos para quienes se anuncian y satisfacción para estos consumidores y clientes de nuevo tipo.

Comentarios

Hermoso artículo.
Es buena para Cuba la apertura de negocios particulares. En algunos la oferta es buena y los precios también. En otros parece que no son para los cubanos y la mayoría del tiempo se mantienen vacíos, me imagino que si no bajan sus precios, tendrán a la larga que cerrar.
Tanto en las cafeterías particulares como en las del estado hay que mejorar mucho en la rapidez, eficiencia y en el trato a los clientes. Esto es fundamental para mejorar nuestra economía.
Muchos cubanos no podemos visitar cafeterías privadas ni del estado porque solo nos alcanza para comprar la comida que vamos a cocinar en la casa. Espero que algún día suban los salarios a los profesionales para que puedan tener estas opciones.
Creo que la apertura que vive hoy nuestro país es un paso para lograr que nuestra economía se fortalezca. Los negocios particulares controlados por el Estado cubano son una alternativa y una necesidad en los tiempos actuales como una fuente de empleo y servicios a la pobación.

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