Libia: Una luz tras la agresión de la OTAN
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El régimen libio que tiene su sede en Bengazi y no el reconocido por Naciones Unidas en Trípoli ha estado dando muestras de su decisión de salir del estancamiento político, fragmentación militar e injerencia externa, criticando la agresión militar de Estados Unidos a Venezuela y la retirada norteamericana de 31 instituciones de la ONU, desatando un desequilibrio mundial.
El acuerdo de Skhirat en el 2015
Libia permanece atrapado en un círculo vicioso de estancamiento político, fragmentación militar e injerencia externa; los anteriores —desde el de Skhirat en el 2015, que estableció el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) como autoridad legítima con el objetivo de unificar las instituciones, hasta la Conferencia de Berlín en el 2020— no lograron resultados sostenibles, limitándose a pactos entre élites. El alto el fuego de hace seis años sigue siendo frágil, y las elecciones presidenciales previstas continúan postergadas.
El 20 de junio del pasado 2025 se celebró la reunión del International Follow-up Committee on Libya (IFC-L), tras cuatro años sin convocarse. Sin embargo, ninguno de los actores más poderosos parece dispuesto a alterar el statu quo. Tampoco muestran voluntad de seguir la hoja de ruta del comité, que busca crear un gobierno que fortalezca las instituciones, aborde la corrupción y siente las bases de un proceso electoral justo y vinculante. Entre las medidas clave se incluyen:
Modernización del sistema judicial y consolidación del Estado de derecho; diversificación económica más allá del petróleo, reduciendo la dependencia de un recurso vulnerable a crisis externas; racionalización de la administración pública, limitada a organismos eficaces para evitar el despilfarro (en el 2011 había 250 instituciones públicas, y hoy, más de 940); y la cooperación regional e internacional coordinada, con posturas unificadas para abordar las raíces de la inestabilidad.
¿Esperanza?
Aún recuerdo la cruel alegría de la entonces Secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, cuando se enteró del asesinato de Muammar el Gadafi.
El patrón actual de intervenciones unilaterales estadounidenses perpetúa el caos y reduce las perspectivas de estabilidad en general y en Libia en particular.
En este contexto, el petróleo y la migración se han convertido en monedas de cambio utilizadas por potencias externas para negociar desde posiciones de fuerza, mientras la población civil enfrenta apagones, inflación, represión y desplazamientos forzados. No es solo un problema local, sino un epicentro de inestabilidad regional.
En plena reconfiguración del tablero geopolítico del Mediterráneo y en un momento de máxima tensión internacional, el ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional del gobierno libio con sede en Bengasi, Abdulhadi Laweej, quien fue diplomático y político y cercano a Gadafi, ha calificado lo que ha sucedido en Venezuela de ejemplo de imposición de la fuerza sobre la ley, una injerencia directa en los asuntos internos de un país. «Cambiar un gobierno por la fuerza es una violación del Derecho Internacional y de los tratados que rigen las relaciones entre Estados. Independientemente de la relación que cada país tenga con Venezuela, estamos ante una vulneración clara de la legalidad.
«Debemos trabajar por un mundo con múltiples polos, ni unipolar ni multipolar. Esto significa que cada país del mundo, grande o pequeño, debería ser un polo y tener la misma importancia. Hay que frenar la hegemonía unipolar sobre los recursos de los países, especialmente el petróleo, en el caso de Venezuela, por ejemplo», destacó, y agregó:
«Cada caso es distinto, pero el patrón se repite: Panamá, Chile, Colombia, Irak, Libia… La intervención externa para rediseñar gobiernos es una constante. En el caso de Libia, la guerra de 2011 no fue para proteger a los libios, sino para controlar los recursos y redibujar el mapa político del país. No solo le pasó a Gadafi, sino también a Saddam Hussein y a varios de los dirigentes latinoamericanos. Nuestra batalla es recuperar la ley y la legalidad internacional, y no la ley de la selva y de la fuerza».
En respuesta al madrileño diario AS, explicó que el mariscal Khalifa Haftar es el líder de las Fuerzas Armadas y de la Revolución de la Dignidad. Cuando el Daesh controlaba ciudades enteras, nadie se atrevió a enfrentarlo, lo hizo con apenas 200 hombres. «Hoy el este, el medio y el sur de Libia viven en seguridad gracias a esa lucha. Ha impulsado la reconciliación nacional, permitiendo el regreso de miles de libios desplazados y garantizando que la ley se aplique a todos. Libia tiene enormes recursos petroleros, y eso explica por qué el conflicto no se ha resuelto en 15 años. El objetivo de Bengazi es proteger intereses sin integrar una coalición internacional que no amenace a nadie», aseguró, para finalizar:
En fin, el objetivo para 2026, afirmó, es construir un Estado de derecho, combatir la corrupción, garantizar los derechos de las mujeres y minorías y lograr una «paz de valientes», sin vencedores ni vencidos.
Recordatorio
La OTAN agredió en el 2011 a Libia para apoderarse del fondo soberano libio, que tenía 150 000 millones de dólares invertidos en el exterior o depositados en bancos occidentales y, en buena parte, embargados a causa de las sanciones económicas.
Con el dinero, Gadafi estaba a punto de crear un nuevo sistema bancario en África que iba a expulsar al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial y a otros banqueros occidentales en el continente; acabar con los préstamos occidentales abusivos, utilizados para paralizar las economías africanas y, en su lugar, crear el Banco de Inversiones Africano, con tasas de interés muy bajas o incluso sin intereses. Libia había financiado importantes proyectos de infraestructuras en todo África, lo cual permitió empezar a conectar las economías africanas y a romper la sempiterna dependencia de las importaciones de los países occidentales.
Gadafi exigió a las multinacionales petroleras estadounidenses, que habían sido actores importantes en la industria petrolera del país, que pagaran a Libia decenas de miles de millones de dólares en concepto de compensación por los daños que habían causado a la economía libia las sanciones impuestas, a instancias de Estados Unidos, por el Consejo de Seguridad de la ONU.
Además del oro negro, Libia tenía oro blanco: agua, inmensas lagunas subterráneas que se extienden hasta Sudán. El gobierno de Gadafi había perforado 13 000 pozos en el desierto y construido acueductos para convertir 1 600 kilómetros cuadrados de desierto en cultivos fértiles.
Gadafi vinculó el futuro desarrollo económico de Libia y de África más a China y Rusia que a Occidente. Era solo cuestión de tiempo que los planes de la CIA para derrocarlo pasaran a un primer plano.
Poco antes de la agresión, el 14 de marzo del 2011, Gadafi prometió otorgar las concesiones petrolíferas que tenían las empresas estadounidenses y europeas a empresas rusas y chinas.
Los imperialistas querían dividir Libia, un país «inventado» por los colonialistas italianos, para crear gobiernos en Tripolitania, Cirenaica y Fezzan.
Para salir del aislamiento diplomático, Gadafi le financió las elecciones presidenciales a Nicolas Sarkozi en el 2007, que le traicionó cuatro años después, convirtiendo a Francia en la máxima responsable de la guerra. Un espía francés fue quien asesinó materialmente a Gadafi cerca de Sirte, disparándole un tiro en la cabeza a quemarropa.
No solo mataron a Gadafi. El antiguo ministro del Petróleo, Chukri Ghanem, apareció ahogado en el Danubio al año siguiente.












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