José Martí: brújula latinoamericanista y antimperialista en su natalicio
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José Martí no fue solo el Apóstol de la independencia cubana, sino también un visionario que comprendió la necesidad de la unidad continental frente a las amenazas del imperialismo. Su vida y obra constituyen un llamado permanente a la dignidad y a la soberanía.
Martí entendió que la libertad de la Mayor de las Antillas no podía concebirse aislada, sino como parte de un proyecto mayor: la emancipación de América Latina. En sus escritos y discursos, insistió en que los pueblos del continente compartían una historia de opresión y una misión común de justicia. Su latinoamericanismo no se reduce a la prédica, sino que es también práctico, orientado a la acción política y cultural, de lo cual es muestra su desempeño como cónsul de varias naciones latinoamericanas en territorio estadounidense y, años más tarde, su aspiración de que la independencia de Cuba sirviera para auxiliar la de Puerto Rico.
La denuncia del imperialismo ocupa un lugar central en su trayectoria política. El autor de La Edad de Oro advirtió tempranamente sobre el peligro que representaba la expansión de Estados Unidos hacia el sur, y alertó que la independencia de las naciones latinoamericanas sería frágil si no se defendía con firmeza frente a las pretensiones hegemónicas. «(…) De impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América», escribió al amigo Manuel Mercado horas antes de morir en combate. Su antimperialismo fue, por tanto, inseparable de la visión de una Cuba soberana y de una América Latina libre.
En este sentido, el Héroe Nacional se convirtió en un referente ético y político para las generaciones posteriores. Su pensamiento ilumina las luchas contemporáneas contra las formas modernas de dominación, ya sea económica, cultural o militar. La vigencia de las ideas del más universal de los cubanos se refleja en la resistencia de los pueblos que, como él en las postrimerías del siglo XIX, reclaman el derecho a decidir su destino sin injerencias externas.
El ideario martiano se nutre de una profunda fe en la educación y en la cultura como pilares de la emancipación. Martí defendió la necesidad de formar ciudadanos críticos, conscientes de su historia y comprometidos con la justicia social. Para él, la resistencia al imperialismo no se libraba únicamente en los campos de batalla, sino también en las aulas, en los periódicos y en la creación artística. «Ser culto es el único modo de ser libre», expresaría en un artículo desde Nueva York, en mayo de 1884.
Hoy, al recordar su natalicio, Martí nos interpela con el mismo impulso que en el siglo XIX logró el esfuerzo común de los cubanos más patriotas de entonces. Su llamado a la unidad latinoamericana y a la defensa de la soberanía nacional sigue siendo una brújula para quienes enfrentamos las nuevas formas de colonización.
Recordar a Martí es, en definitiva, reafirmar el compromiso de construir una América Latina libre, justa y solidaria, capaz de resistir las presiones externas y de proyectar su propia voz en el concierto de las naciones. En su natalicio, el Apóstol vuelve a ser un faro que señala cómo la independencia no es un hecho consumado, pues la independencia, al igual que la construcción de la patria y en ella de una república con todos y para el bien de todos, es una tarea permanente.












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