Geopolítica: ¿Qué significa la ola azul en las elecciones regionales?
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Aparentemente hay un repliegue del Partido Republicano en la política doméstica de los Estados Unidos. Este suceso posee hondas repercusiones en la formación de criterios en torno a las elecciones intermedias que van a ser cruciales en las dos cámaras. Propuestas consideradas disruptivas por el trumpismo han salido vencedoras. Hay que mencionar la imposición en los votos del ala supuestamente más radical del Partido Demócrata, con Mamdani en la ciudad de Nueva York. Este autoproclamado socialista democrático viene pisando los talones del movimiento MAGA y construyéndose una imagen de contrafigura del conservadurismo duro. Lo cierto es que estas elecciones de base en los Estados Unidos confirman lo que muchos vaticinaron para el maguismo: la rápida finitud de sus poderes totales. Las políticas erráticas de Trump en materia económica, la burla de las bases populares y el descontento con la situación concreta por parte de la clase trabajadora —incluyendo la campaña antilatinos— le han pasado factura a un grupo de poder que creyó contra toda lógica tener impunidad.
Esta pelea hacia el interior de una superpotencia decadente entre globalistas conservadores (MAGA) y ultraglobalistas —como lo define en su canal de análisis en internet el analista Daniel Estulin— ha colocado la política doméstica al borde del colapso: recortes, cierre del gobierno, gastos innecesarios como la remodelación de la residencia del presidente, show mediático pagado con dinero de los contribuyentes, inflación, aranceles que le suben el costo al consumidor interno. Ninguna de las promesas de campaña se ha cumplido y el mundo es un sitio más inestable e inseguro luego de las amenazas aislacionistas de Trump contra los tratados y organismos internacionales y su retórica de guerra, incluso su postura a favor del reinicio de las pruebas nucleares en un gesto para intimidar a Rusia. Sin dudas, era de esperarse un voto de castigo. Voto que, por demás, no responde a propuestas superiores del Partido Demócrata que básicamente está descabezado, atomizado y sin un rumbo; sino al caos, a la antipolítica y la tendencia a actuar contra las instituciones del maguismo. Entre dos males, ahora el menor son los demócratas con sus políticas identitarias y su énfasis en las agendas culturales de recolonización mediante ONGs.
Pareciera que los Estados Unidos está secuestrado entre dos distopías que le impiden avanzar hacia una solución de sus problemas. La cuestión de este país en torno al imperio es de índole existencial. Si cae el dominio, cae el dólar lo cual quiere decir que toda la deuda la pasa a pagar el contribuyente y eso destruiría la economía doméstica que se basa totalmente en la emisión de moneda y en las tarjetas de crédito con tasas de interés cada vez mayores e impagables. ¿Cuál es la ideología que uniría a los Estados, si cayera el nivel de vida de los ciudadanos? Desde luego, no más el sueño americano. Lugares como California tendrían la autonomía necesaria para seguir existiendo como naciones punteras en el mundo; pero otros como Kansas o Maine o Nebraska pasarían a conformar un tercer mundo anglosajón. A las dos distopías de los partidos tradicionales se une la de un futuro sin el dominio del dólar, cosa que aunque la nieguen es totalmente plausible en un mundo donde China —que ha conquistado nuevos mercados— puede no necesitar a los Estados Unidos como comprador de sus productos si se produce una mudanza a otra divisa global.
La democracia de la alternancia además le está jugando una mala pasada a la estabilidad nacional. Mientras el país pudo jugar con los recursos de los demás y era el principal acreedor y socio comercial del mundo; no había problema. Republicanos y demócratas se entregaban el bastón de mando y las transiciones se daban de forma orgánica. Pero cuando se produjo el cisma entre los globalistas acerca de cuál debería ser la receta para salvar el imperio; los intereses se colocaron por delante de los sentimientos patrióticos y hoy el divisionismo que pervive hacia el interior de los Estados Unidos está animado por el hecho de que —al final de cada mandato— viene otro presidente de otra facción totalmente opuesta y deshace las políticas precedentes. A veces eso pasa simplemente por capricho y ego, como hemos visto con Trump y la demolición de las directrices de Biden.
Pero más allá de todo este análisis, el voto latino está en juego en un país en el cual varios puntos se deciden a partir de esta variable. Crecen los latinos que desaprueban al presidente lo cual significa que las tornas —luego de la fallida política migratoria con campo de concentración incluido— han cambiado. Aquí se espera un voto de castigo, incluso en Estados clave para el partido como La Florida. Si eso pasa, la deriva del país hacia el lado azul no tendría precedentes dejando a los rojos sin poder decisorio. Quizás la apuesta de los demócratas, cuando perdieron las elecciones, era precisamente dejar a Trump hacer su juego fallido a la espera de erigirse sobre esos fallos y no sobre una propuesta diferente. El Partido Demócrata juega al rebote a partir del rechazo creado por Trump, no es una oposición legítima, sino un grupo electoral relacionado con poderosos lobbies del estamento corporativo. Los ultraglobalistas están haciendo lo suyo y aspiran a volver en el 2026 en las cámaras y a la presidencia en el 2028. Aquí hay, además, otra variable que los favorece: Trump y su estilo personalista ha impedido que el Partido Republicano genere una alternativa y por ende con el presidente se hunde toda posibilidad en largo tiempo de retornar.
Los ultraglobalistas están haciendo su juego mientras en el mundo varias revoluciones de colores han tenido éxito, quitando gobiernos no afines al imperio anglosajón. Ahí hay que anotar Nepal, Madagascar y el más reciente intento en México. La agenda de poder sustentada en las ONGs y en la colonización cultural está dando un nuevo hijo con cualidades viejas: la generación Z, un ente político amorfo, sin rumbo ideológico, cuyo único sello es una bandera pirata. ¿Qué significa eso?, que todo lo que ha sido parte del entramado de poder de los globalistas no ha estado ausente en este periodo maguista y que ni siquiera el maguismo es algo contrario al globalismo. El trabajo cultural entre los liberales para dominar el mundo ha mutado hacia formas de poder inteligente a partir del ascenso de otros polos como China y Rusia y del fracaso de invasiones en Irak y Afganistán. De alguna manera, Trump intentó un regreso a ese estilo bélico, pero los tiempos son otros. Los globalistas han diseñado la estrategia perfecta: el uso de guerras proxys, la instrumentalización de aliados a partir de favores e intereses y la destrucción de terceros para lograr objetivos geopolíticos. Ahora mismo, Ucrania está en medio de una guerra y Europa se ha desfinanciado comprando el petróleo y el gas más caros posibles. El equilibrio favorece a las élites y marca la decadencia del modelo posterior a 1991, que es una reafirmación del que nace en 1945.
Cuando regresen los demócratas, habrá una revisión de cuestiones de índole formal, pero el proyecto global del imperio es el mismo. Sin embargo, la decadencia evidente de lo económico y la necesidad cada vez mayor de un ajuste en el mundo con respecto a la divisa inflacionaria del dólar; ponen en riesgo ese status. Una desaparición del dólar como activo financiero de las reservas mundiales equivaldría a que la Reserva Federal no podría emitir más dinero y el país pararía de importar. La inflación y el desabastecimiento se tragarían a los Estados Unidos y el presupuesto militar —que mantiene a flote el imperio— se vendría abajo.
Los ultraglobalistas están ansiosos por retornar además para revitalizar la OTAN tan atacada por Trump y proseguir en su plan de cercar a los países rivales. Este contrapunteo entre unos y otros, ultraglobalistas y globalistas conservadores; lo que trae son peores condiciones para la gente, planes macabros de dominio sobre las masas, la destrucción del tejido social a manos de políticas identitarias y la imposición de agendas recolonizadoras.
El imperio está en declive y el espectáculo no es agradable para nadie, sobre todo para los desfavorecidos de siempre. En sus ansias por salvarse y autoconservarse, las élites no van a entender de ningún derecho para los que tienen menos. Vance, heredero ideológico de Trump, aseguró que están en una era postliberal, lo que quiere decir que ellos como clase política desvalorizan los mecanismos democráticos de contrapeso de poderes y aspiran a una perpetuación de fórmulas cercanas a la dictadura. Los Días sin Reyes, aunque están llenos de personas sencillas que poseen reivindicaciones reales y urgentes, justas; también han funcionado como mecanismos de presión internos y orgánicos a la agenda de las revoluciones de colores. Este manual también se ha implementado internamente y por eso los globalistas conservadores han intentado congelar dineros mediante el manejo de los activos.
Lo que las elecciones locales han demostrado es que en materia de alternancia ambos modelos son tan equivalentes como orgánicos y que solo la diferencia de matices los separa. Podrá decirse que el Partido Demócrata posee miembros socialistas, pero en realidad es un grupo político del capital, hiperfinanciado con los fondos más abundantes y comprometidos con el poder corporativo. Ciertamente, entre Obama y Trump hay muchas diferencias de estilo. Uno es inteligente, otro juega al ego; uno creó un estilo de poder que se basa en la hegemonía y el otro solo apuesta por la dominación y la fuerza. Hacia el mundo, los matices son irrelevantes puesto que los objetivos son el sostén del sistema mundo del capital, el poder financiero de Londres/Nueva York, el dólar como divisa global y el Ejército de los Estados Unidos como gendarme. Más allá de eso, están las promesas de campaña que se las lleva el viento sin que signifiquen nada cuando se accede a la Oficina Oval de la Casa Blanca.
Los demócratas sabían que iban a volver en las elecciones intermedias puesto que el proyecto de poder de Trump era inviable. Los análisis de cuál es la crisis que padece el modelo son más realistas y exactos hacia el interior de los azules, aunque sus procedimientos sean a favor de la élite. En cuanto a Trump, para él todo se trata de restaurar mediante presiones el papel de los Estados Unidos y de hacerlo rápido. Retrotraer estructuralmente la economía mundial hasta 1991 no era posible. La década de los 90 que fue la de la Pax Americana absoluta terminó con el ascenso de China y la inundación del mundo con sus productos, sobre todo de los Estados Unidos. Es cierto que China no posee aún paridad nuclear con los norteamericanos, pero su arsenal crece y su moneda se fortalece. Todo parece indicar que en la próxima década los empresarios chinos se habrán adueñado del hemisferio. De ahí la prisa de Trump por invadir Venezuela (la reserva natural más grande de muchos recursos). El tiempo se les acaba a los globalistas y jugar al fin del mundo —aunque les encanta— tampoco es una opción porque por mucho poder que tengan solo existe este planeta para todos.
En estas elecciones se ha demostrado que nada ha sido casual en los últimos tiempos. Los demócratas esperaban su momento, los republicanos hicieron la política fallida que hoy ha llevado a medio país al paro, al subempleo, la pérdida de ayudas sociales, la inflación y el endeudamiento. ¿Qué hará la plutocracia para poder sobrevivir? Tratará de pasarle el cheque de su crisis al mundo, sostener el dólar como divisa a como dé lugar para cambiar bienes por papel y de esa manera manipular el valor de la economía real. Pero con cada vez menos poder militar, con un juego geopolítico más cerrado, los globalistas se sentirán acorralados. El modelo de 1991 no funciona, pero lo quiere llevar como un cadáver redivivo.












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