Discurso contra la violencia

Discurso contra la violencia
Fecha de publicación: 
24 Noviembre 2021
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Una palabra se repite y es repudiada con razón: violencia. Algunos «bien pensantes» contraponen el socialismo revolucionario acusado de ser violento a otro, que supuestamente es «democrático», pacífico, conciliador, reformista. Los cubanos que habitan hoy la Isla irredenta no vivieron la violencia cotidiana del capitalismo (representada en la figura de Batista), nacieron en su gran mayoría después del triunfo, o unos pocos años antes. Digámoslo de manera gráfica: solo los cubanos que sobrepasan los 70 años conocieron el significado de esa palabra en los años 50 del siglo pasado.

Pero la conciliación, el pacto pacifista que nos proponen es el abrazo entre explotados y explotadores, entre independentistas y neocolonialistas (con sus expresiones locales: neoautonomistas y neoanexionistas) a cambio de pequeñas concesiones; es decir, no la supresión de la explotación o de la sumisión a intereses foráneos, sino su aceptación comprensiva por los de abajo, como si una u otra no fuesen formas de violencia, como si la recompensa que obtendrían los de arriba debiera ser deseada por los de abajo. «No nos entendemos», respondió Maceo en 1878. ¿Estaba entonces preconizando la violencia o reaccionando ante ella?

Por eso, en el Manifiesto de Montecristi (1895), José Martí hablaba de «la guerra necesaria» y escribía, junto a Gómez: «La guerra (es) el producto disciplinado de la resolución de hombres enteros que en el reposo de la experiencia se han decidido a encarar otra vez los peligros que conocen, y de la legación cordial de los cubanos de más diverso origen, convencidos de que en la conquista de la libertad se adquieren mejor que en el abyecto abatimiento las virtudes necesarias para mantenerla». No olvidemos que la Revolución en Cuba fue simultáneamente socialista y de liberación nacional.

El socialismo revolucionario es esencialmente democrático, porque encara la violencia de la dominación en todas sus expresiones –económica, política, cultural, étnica, de género, sobre la naturaleza, sobre las minorías–, es decir, porque se insubordina ante la violencia multidimensional del capitalismo y declara la «guerra necesaria». Aunque la defensa de las minorías tiene un límite, vale admitirlo: no incluye a quienes no renuncian a la explotación. A las que ideológicamente o como «carne de cañón» las defienden, las vacunamos y atendemos gratuitamente en nuestros hospitales, y abrimos para ellas sin distinción las escuelas. Todos los cubanos gozan de iguales derechos y deberes.

Ese acto de rebeldía es sistémico: no solo afecta a las clases más vinculadas a la dominación, y no solo a las potencias que usufructúan ese dominio; afecta a todo el sistema internacional de relaciones imperialistas, porque retira un eslabón de la cadena. Ello explica por qué el capital transnacional se subordina al imperialismo norteamericano en la guerra contra la Isla insurrecta.

Una guerra que tiene su máxima y constante expresión en el bloqueo económico, comercial y financiero –repudiado, pero servilmente acatado por otras potencias–, un acto de violencia criminal, cuyo propósito queda revelado en un documento de 1960, desclasificado por el Departamento de Estado: «La mayoría de los cubanos apoyan a Castro. El único medio posible de alienar el apoyo interno es a través del descontento y el desaliento basado en la insatisfacción y las dificultades económicas. (…)  para ello es necesario que de la manera más hábil y discreta posible, se avance al máximo al negar dinero y suministros a Cuba, para disminuir el salario en dinero y el salario real, con el objetivo de provocar hambre, desesperación y derrocar al gobierno».

Cientos de nuestros ciudadanos (entre ellos niños), han muerto por falta del medicamento, del insumo o de la tecnología adecuados para su enfermedad. Mientras los médicos y enfermeros cubanos salvaban vidas en 40 países del mundo, pobres y ricos, durante la pandemia de la COVID-19, el nuestro era privado, por ejemplo, de respiradores artificiales, y de oxígeno, y de petróleo, e imposibilitado de realizar transacciones para comprar alimentos. El sistema –no se trata de un policía «malo», de un ente aislado– colocaba la rodilla sobre el cuello de un afroamericano hasta asfixiarlo en Minneápolis; e intentaba asfixiar a Venezuela y a Cuba, por insubordinarse.

Desde EE. UU. se ha organizado el terrorismo: 3 478 cubanos han sido asesinados y 2 099 han sufrido heridas que los incapacita de manera permanente. Pueden citarse muchos hechos concretos que viven en la memoria popular, como el incendio de la tienda El Encanto, la explosión de La Coubre o la bomba en un avión civil de Cubana de Aviación que transportaba a 73 pasajeros, entre ellos a jóvenes deportistas de regreso a casa. No son hechos aislados o del pasado. Recientemente se lanzaron cocteles molotov en la Embajada cubana en París –en cuya sede viven familias en servicio diplomático–, y se disparó con un arma automática contra la Embajada de Cuba en Washington.

En el mundo se impone la violencia, el sistema no puede sostenerse sin ella, y la aplica del modo más evidente, sin sutileza alguna. Encarcela con falsos pretextos a sus contendientes populares si entiende que ganarían las elecciones, o depone a presidentes electos con argumentos leguleyos (golpes judiciales). Auspicia fraudes electorales y propicia y respalda golpes de Estado con el beneplácito y la colaboración de instituciones a su servicio, como la OEA. Transforma las elecciones en ferias de mercado, donde lo importante es la imagen –es decir, los millones que se gastan en ello– y no el programa de gobierno. La democracia burguesa, o es un mecanismo de reproducción de la voluntad de la burguesía, o deja de ser considerada democracia. Lo saben los chalecos amarillos en Francia, los que en Chile están hartos del neoliberalismo fascista, los que en Colombia denuncian los asesinatos extrajudiciales, o los que dicen en EE. UU. que «las vidas negras importan». En Cuba no hay desaparecidos, ni asesinados, ni se practica la tortura.

Pero un video ampliamente promocionado muestra a un cubano bravuconear e insultar impunemente a la policía revolucionaria en la calle; cuando es detenido, las redes lo convierten en víctima. Hay quienes no creen en el pueblo y se alían al fortachón del barrio (Estados Unidos), piensan que sacarán ventaja cuando los explotadores regresen. «Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses –escribió José Martí–. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No le alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre». Esos «sietemesinos» piden abiertamente la intervención armada de EE. UU. en Cuba.

Las redes «sociales» acosan a los revolucionarios, y también a los que no participan del debate nacional. Se hacen actos de repudio contra los artistas que no se pronuncian contra su Patria. Algunos se quiebran, otros no. Amenazan a los que viven del otro lado del mar: pueden perder sus propiedades, su permiso de residencia, sus contratos. Qué pena me dan Gente de Zona y Descemer Bueno, porque han renunciado a su dignidad para conservar sus privilegios. Los quebró la violencia de los actos miamenses de repudio. Pero la prensa transnacional habla de actos de repudio en Cuba, se alarma cuando los revolucionarios salen a las calles.

Repudiamos la violencia y cualquier acto lesivo a la dignidad. La razón, la verdad, en un mundo que la desprecia, es nuestra fuerza. Pero hay quienes pretenden que entreguemos el poder pacíficamente, para que el imperialismo recupere el control de nuestras vidas y recursos. ¿Permitiremos el regreso de la violencia capitalista?, ¿capitularemos, después de tanta sangre, de tanto sacrificio? Deben saberlo: la violencia contrarrevolucionaria genera la violencia revolucionaria. Los revolucionarios cubanos estamos contra la violencia, pero defenderemos la paz conquistada.

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