La memoria como refugio (+ libro)

Imagen tomada de https://www.elmundo.es
Hay una frase del escritor colombiano Gabriel García Márquez en el epígrafe de su relato autobiográfico Vivir para contarla (2002) que ilustra muy bien nuestra esencia como seres de memorias y demuestra que no solo somos un mejunje de vivencias que acumulamos y nos acompañan durante nuestra existencia, sino que son imprescindibles para la reconstrucción de la historia psíquica y emocional de cada cual, aunque no permanezcan tal cual los hechos: "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".
Esta expresión resume de forma poética una de las verdades más profundas sobre la naturaleza humana porque si pensamos un momento, la vida no transcurre únicamente en el tiempo, se recobra en la memoria. Y, de hecho, es en ese ejercicio de remembranza cuando psicología y literatura se encuentran.
Desde la neurociencia y la psicología contemporánea sabemos que la memoria no funciona como un archivo inalterable y que cada recuerdo es una reconstrucción. El cerebro no reproduce el pasado con exactitud fotográfica, recompone experiencias, emociones y significados cuando lo evocamos. Recordar es, en cierto modo, volver a escribir la historia.
Quiere decir que no somos solo un repositorio de vivencias, es que en nuestras mentes las idealizamos, las moldeamos para que sean memorables, para que al mirar al pasado todo tenga una identidad determinada y esperanza.
Esta idea que parece romantizada, lejos de interpretarse como una limitación, representa una extraordinaria capacidad de adaptación. Los seres humanos no solo sobrevivimos, le otorgamos sentido a cuanto ocurre. Somos nada sin recuerdos, y esa búsqueda de significado es lo que permite que una pérdida se convierta en aprendizaje, que una derrota sea el punto de partida de un nuevo proyecto y que una etapa difícil no nos defina para siempre.
La literatura comprendió este fenómeno mucho antes de que la ciencia lo estudiara para poderlo describir. Pensemos, los narradores no cuentan únicamente hechos, ellos, en el ejercicio de escribir, exploran la manera en que los personajes interpretan cada pasaje, y es sorprendente cómo dos personas pueden vivir una experiencia similar y construir relatos completamente distintos. La diferencia no reside solo en lo ocurrido, sino en la mirada que se le aporta y en cómo se decide integrar esa vivencia a la historia personal.
En cada caso el relato estará determinado no tanto por el episodio sino por cómo se recibe, cómo se interpreta, y esto tiene que ver también con el carácter y la personalidad de cada quien, además del momento y la circunstancia en que ocurre. Cuando una persona narra su vida, no cuenta una verdad absoluta, sino la versión que permanece en su memoria y el sentido que ha dado a esas experiencias con el paso del tiempo.
Expertos en comportamiento humano consideran este principio como muy relevante y lo utilizan como herramienta inducida para la sanación, no para buscar borrar el pasado, lo cual es imposible, sino transformarlo, convertirlo en suceso amigable. Por eso nos explican que cambiar la narrativa interna no significa negar el dolor, mucho menos minimizar una injusticia o idealizar la realidad, sino reconocer que un acontecimiento no es el único elemento que determina el bienestar psicológico porque lo más importante es lo que logramos construir alrededor de todo suceso.
De acuerdo con información pública, investigaciones sobre resiliencia muestran que quienes logran recuperarse con mayor eficacia de las adversidades suelen desarrollar una narrativa coherente sobre su vida, no con negación de lo ocurrido sino conviviendo con ello, integrándolo como parte de una trayectoria que incluye crecimiento.
La frase que utiliza Gabriel García Márquez en Vivir para contarla refiere que la vida es la que recordamos, y más allá de que nos propongamos superar todo evento, es justo lo que hará una mente sana para continuar: bajará la intensidad de un hecho si fue de impacto negativo, incrementará el brillo de una imagen que recordaremos para siempre, y contaremos el cuento desde la nostalgia y con otros matices, no ex profeso.
Esta estrategia mental a largo plazo nos viene muy bien cuando en la actualidad estamos rodeados por incertidumbre, crisis de todo tipo —económica, política, de valores y existencial— además de pérdidas y cambios constantes. De manera inconsciente esta perspectiva adquiere valor especial porque la memoria puede convertirse en una prisión si solo alimenta el resentimiento, sin embargo puede ser refugio cuando conserva los afectos, los logros compartidos y la certeza de que siempre es posible comenzar de nuevo. Ojalá pudiéramos emplear este recurso con más determinación, pero ya sabemos que la mente es tremenda.
La frase de Gabriel García Márquez no invita a falsear la realidad, sino a utilizar ese principio psicológico como estrategia consciente para comprender que nuestra identidad no depende exclusivamente de lo vivido, sino de la forma en que elegimos asumirlo, y por tanto, narrarlo. En esa narración cotidiana se construyen la autoestima, la esperanza y es la base de cada proyecto de vida.
La existencia humana no se limita a acumular días, sino en dotarlos de sentido. Y esa capacidad de transformar experiencias en relatos auténticos es una de las expresiones más profundas de la salud psicológica gracias a que la memoria discrimina, selecciona, transforma, olvida unos detalles y magnifica otros.
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